sábado, 15 de enero de 2011

El largo viaje



















Enciendo el ordenador y, mientras espero que todos los iconos estén operativos, levanto la mirada y me pierdo en el retrato de finales del siglo XIX que cuelga de la pared. Viajo a ese día en el que Silvia Castro se recoge la hermosa falda almidonada de tafetán verde, o quizá escarlata, para evitar que roce el suelo polvoriento. Y abandona la aldea a primeras horas de la noche bajo el candil de la luna llena. El camino empedrado, sinuoso y angosto lo realiza casi de memoria hasta alcanzar la ruta de los carros y los caminantes que se dirigen a comerciar a la capital. Se une a la caravana y entre historias y silencios, sobresaltos por los socavones de la vía, llega a Santa Cruz cuando el amanecer despunta, rosáceo y con girones lila, por el horizonte. La ciudad la sorprende con sus calles bien adoquinadas, los carruajes, el bullicio de lecheras, vendedores, viandantes, hombres bien vestidos, de ojos claros, blancos como el papel de carta que hablan una lengua extraña y buscan mulas para ir al norte de la isla; de mujeres acompañadas, envueltas en vestidos de brocados, encajes y telas evanescentes. Pero no se deja impresionar por los juegos de seducción de las plazas, las alamedas, las mansiones modernistas que jalonan su ruta al estudio de Fotógrafos Sicilia. Allí, se recoge su melena, coloca una tiara sencilla en el centro y deja al descubierto sus pendientes canarios, se alisa la falda, se coloca delante de un decorado con una columna imposible y una ventana ficticia.
Su mirada no se sitúa frente a la cámara, sale del objetivo, se pierde, quizá, a través de una balconada abierta por la que se asoma el Atlántico y los veleros a punto de partir. Tal vez tuvo la tentación de embarcar pero, generaciones después, alguien tomaría su relevo y se atrevería a pisar otras ciudades. Aquellas que descubrí, cuando escuchaba mis primeros cuentos, en el frontal de una vieja radio Iberia colocada, ahora, cerca de la fotografía antigua y en el que se iluminaban lugares como Bruselas, Stuttgart, Nápoles, Madrid, Tánger, Barcelona, Londres o Lyon.
La sonrisa conserva la expresión segura de una mujer joven que desafió los convencionalismos de su entorno para disfrutar de la libertad de tomar sus propias decisiones. Y rodeada de viejos libros en diferentes idiomas: bengalí, chino, gaélico, finés, sueco, húngaro…; como visados de innumerables travesías que confirman que aunque partió del pueblo para regresar de nuevo, no lo hizo unos días después, su periplo continúa aún en el siglo XXI.

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