domingo, 22 de diciembre de 2013

FELIZ NAVIDAD

SAN CRISTÓBAL DE LA LAGUNA. FOTO DE LUIS AUYANET PARA I LOVE LA LAGUNA (Facebook)



Mis mejores deseos y que estos días de entrañables y dulces encuentros, brille la magia, las sonrisas, la esperanza, las ilusiones y especialmente, la solidaridad.
Que no falte el regalo de la amistad, del amor y de un buen libro.



FELICIDAD PARA TODOS



EDIMBURGO. FOTO FELICIDAD BATISTA

lunes, 2 de diciembre de 2013

La casa de Jane Austen





Desde que leí las primeras novelas de Jane Austen sentí una intensa curiosidad por conocer su entorno. La ciudad donde vivió, el paisaje que la rodeaba, el rincón de la casa donde escribía clandestinamente. 



Sus novelas inteligentes tienen un elegante dominio de la ironía y no solo narran con destreza e ingenio además ofrecen al ávido y curioso lector infinidad de detalles. Detalles que conforman y configuran personajes e historias y que desde siempre quise observar in situ.






Este verano tuve ocasión de viajar a Inglaterra y aproveché la oportunidad para visitar a Jane Austen en su casa del condado de Hampshire. Viajé en tren desde la estación de Waterloo en Londres hasta la de Winchester. En esta ciudad tomé un bus que me llevó a las cercanías de Chawton a 26 kilómetros. Después de un relajado paseo a pie de apenas diez minutos entré en la pequeña ciudad de  2000 habitantes. Granjas a un lado y otro de la carretera escoltaron el camino hasta llegar a la que fue la casa de la escritora inglesa en los últimos años de su vida.










Una casa museo que conserva algunos objetos personales, cartas, un pequeño piano y sobre todo la mesa donde escribía.




La casa de ladrillo rojo en su exterior consta dos plantas que se comunican por una estrecha escalera de madera. Cocina, comedor y hall en el piso bajo y los dormitorios austeros y de reducidas dimensiones en la parte superior. La rodea un patio con un cuidado jardín inglés y donde se encuentran los cuartos de servicio, almacén y una calesa.













Jane Austen nació el 16 de diciembre de 1775 en Steventon. Más tarde se traslada con su familia a Southampton y finalmente recala en Chawton en 1809. Es aquí donde revisa Sentido y sensibilidad, intenta publicar Orgullo y prejuicio y comienza a trabajar en la deliciosa novela de Mansfield Park. Más tarde escribe dos grandes e inteligente novelas, Emma y mi favorita, Persuasión. 

Recorrí la casa de Chawton con la emoción de los fragmentos de sus novelas revoloteando por mi memoria. Poniendo arquitectura y escenario a tantos capítulos. Me detuve en la lectura de sus cartas, en su letra menuda, en la tinta. Y sobre todo permanecí un tiempo frente a la puerta de la estancia donde la escritora escondía su mundo literario. Esa que chirriaba si alguien venía y le daba un margen de tiempo para ocultar su manuscrito.




Sugerente fue mirar a través de las ventanas de las habitaciones, de los pasillos y de la escalera. Los espacios luminosos a través de los que contemplar el mundo pero también de percibir cómo éste se colaba en interior de la casa.





Jane Austen murió a los 41 años, el 18 de julio de 1817 y está enterrada en la catedral de Winchester. Pero su obra sigue muy viva y es una lectura que no me canso de recomendar y de revisar.





Enlace se accede a la Casa Museo de Jane Austen





lunes, 14 de octubre de 2013

Los últimos marmullos de Isla nada


Reseña publicada en el Diario de Avisos, sección El Perseguidor, del 13 de octubre y en  el suplemento de Artes y Letras de El Heraldo de Aragón el 24 de octubre de 2013


Cartografiar la narrativa de Víctor Álamo es tarea tan apasionante como inacabable. Y lo es por lo profusa y por la hondura, por las diferentes escalas, niveles temáticos y literarios en la tierra como en el mar, o en las intrincadas oquedades del ser humano. Si bien pocos son los lugares de su mapa que quedan por trazar. Y como no resulta extraño encontrar en la selva amazónica, en el desierto de Gobi o en las extensiones heladas de la Antártida, un vehículo de Google fotografiando y digitalizando planimetrías. Antes de avistarlo en Isla nada, saquemos el cuadrante, la brújula, el nonio, el sextante y no sobraría un astrolabio. Y desembarquemos en las cercanías de la portada de la novela. Hacia esa isla sustentada sobre la mirada acuosa de un lagarto. Y en la que se vislumbra una palmera que  cobija un piano y su sonata. Pincelada con esa textura arenosa por la que apetece deslizar las yemas de los dedos. Piel sugerente. Una parte de tierra, aire y cielo, y tres de agua, de mar abisal.
Toda isla es un mundo, todo ser humano es una isla e Isla nada, un territorio poblado de personajes y avatares que navegan y viajan por latitudes personales y geográficas diversas, pero con su propia isla a cuestas. Philip Vernerg, aviador de la Luftwaffe que crea un zoológico de seres humanos, Luisón Montoto, tenor catalán, cuyo devenir es una sinfonía con sus tempos andantes, sus allegros molto vivace, otras non troppo, moderato y sobre todo adagios lamentosos, Domingo Machina, el herreño arqueólogo-cabrero, tan telúrico y místico guanche, Sebastián Sagastizábal el marino vasco que se enrola en un sueño, Janine, esposa de Montoto, devoradora insaciable y a dentelladas del chisporroteante sexo, la familia inuit, la yanomami, la china, la africana, los rescatados del Magreb... Enjambres de vidas que luchan, sobreviven, reniegan o exploran sus destinos, pero todos buscan la felicidad o huyen despavoridos de la desdicha. La felicidad rastreada como El Dorado, perseguida como Ítaca o buceada como la Atlántida. Aunque a veces los personajes olvidan el llano, el Mar de Las Calmas, y se pierden en el infinito itinerario de los laberintos.
El estilo de Víctor Álamo está tejido con destreza y minucioso trabajo de artesano. Palabras cuidadosamente esculpidas como el David que seduce en sus páginas. Frases largas, sinuosas que se acortan con la lectura en un prodigio que deviene de la musicalidad, la acentuación y el ritmo que las impregnan. Siempre estratégicamente dispuestas para significar y referenciar imágenes literarias que impactan, seducen, repelen o emocionan... La poética borbotea como fumarolas de volcán herido. Y donde el lector no siente la presión del autor. Parece como si ese cosmos estuviera ahí de siempre. Pasear por sus esquinas, bajar a sus infiernos, amar, desear, recordar… Todo como si el libro que portara entre las manos fuera un pasaporte a un país conocido e ignoto a la vez. Esta audacia creativa hace que las novelas de Víctor Álamo, especialmente Isla nada, sean un universo que el lector cree explorar y descubrir por sí mismo. De tal manera que no adivinará, ni se adelantará a los acontecimientos que se van encadenando. Sin estar encriptada, la novela sigue el río inescrutable de la vida con sus vaivenes, sus imprevistos, sus rápidos, sus ensenadas, sus continuas sorpresas y sobresaltos. La figura del lector atrincherado en su cómodo sillón será también devastada por el autor. Al que no se le ve pero está agazapado, maniobrando entre línea y línea. Escribiendo y componiendo sigiloso y silente texto y partitura. Porque la novela no solo se lee también se escucha. El arrebolado mar, los silbantes alisios, la cacofónica selva, la gutural África, la estruendosa ópera, la vivace o patética sinfonía, el repiqueteo de las campanas, y las armoniosas notas de piano. El despliegue de una prosa de una gran plasticidad y adaptabilidad. Es fría, afilada, extensa cuando se desliza por los hielos del Ártico. Chisporroteante, vivaz, alegre, rítmica… por las calles cariocas. Azul, turbia, pegajosa cuando se adentra en Sierra Leona. Arabesca, bulliciosa por los zocos de Marruecos. Una parábola de España en el Palacio de Cristal del Retiro de Madrid. La España costumbrista, cainita, sectaria, de reinos de taifas, condenada como un Sísifo a repetir el espíritu de derrota y el estigma perdedor del desastre del 98, en la Guerra Civil, en la Dictadura, en la Democracia, en los tiempos venideros per saecula saeculorum. Una prosa por la que también emergen poetas y poemas recreadas, no cortaría el mar sino volaría su velero bergantín / un hombre enamorado hasta el polvo de los huesos / el eco de un eco. Virtuosismo con el lenguaje que nos permite contemplar y padecer descarnados paisajes humanos. El lector no descansa, en alerta permanente, en desplazamientos a veces sobre el hielo, por la espesura del Amazonas, por la voluptuosa Tenerife, por Canadá literaria o pesquera... escalando las paredes resbaladizas del amor y sus inclemencias térmicas, pero sobre todo por las estepas, por los mares, por los desiertos interiores del ser humano.
 El oleaje erótico, suena y resuena y a veces enmudece en Isla nada. Fluye desbocado, lírico en ocasiones, arrebatado, compartido o cántico solitario. Entra, sale, penetra, huye, inunda de soledades o de fugaz felicidad a los personajes. Instantes, clímax que los ascienden a la cima gustativa, placentera o los precipitan a una sima tenebrosa e infernal.
 La larga despedida de Isla Menor, Isla del Meridiano, Isla El Hierro, Isla Nada, es un periplo por un intenso mapamundi. Por casi todos los continentes, por la compleja red de cuevas, cavernas y capítulos de novelas anteriores, y por la literatura y su continua evocación, reminiscencias de la de aventuras, Stevenson, Verne, Melville. Pero también es un homenaje a la novela y la literatura en un sentido amplio. Baste mencionar el encuentro con el Gaviero en Quebec, esa tempestad shakesperiana que se desata en las cercanías de Madeira o la larga Odisea de los personajes. Cuando se termina de leer Isla nada se tiene la certeza de que el autor fundamenta la plena vigencia de la novela en el siglo XXI, con los genes heredados, sí, pero ya con la fisonomía de los tiempos postmodernos
 La novela es un festín literario, artístico, musical, lingüístico y hasta cinematográfico, imágenes y escenas que se transforman en secuencias. Es alegórica y simbólica, dotada de una polifonía coral y de voces solistas. Cada capítulo, versos sueltos que al final el autor engarza en una planimetría que refleja lo frágil y efímero de la existencia. Tan mutable como el mar o las movedizas dunas del desierto. Y donde los instantes de felicidad se pueden arrebatar a dentelladas en cualquier momento o en cualquier lugar, hasta en el infierno.    
 A medida que avanzamos por este casi puente colgante entre la anterior narrativa de Víctor Álamo y la que viene, el autor va colocando las cargas que explosionarán y arrasarán todo ¿Todo? No. Todo no. Germinan ya novelas que asoman entre historias y personajes reales y/o recreados. El volcán que erupcionó en Isla nada –y que luego la naturaleza del Hierro plagió en un volcán submarino para disimular de donde lo había copiado – dejó bajo sus cenizas proyectos que ya adivinan la nueva cosmogonía de Víctor Álamo. Ícaros que sacuden el polvo volcánico de sus alas y planean desde los abismos de Isla nada.
 Sextalogía literaria que va quedando atrás. Y mientras arrumbamos hacia esos puertos que señala el escritor en sus nuevas cartas de navegación, desde popa aún se vislumbra el lejano fogonazo del faro de Orchilla, los habitantes de la isla Menor alrededor, y la fantasmal figura de Bruno el farero que marmullan (victorligismo): nos encontrarán siempre en el archipiélago de las seis novelas y de los dos libros de relatos.








Víctor Álamo de la Rosa nació en Santa Cruz de Tenerife en 1969. Es Licenciado en Filología Hispánica y es uno de los  escritores canarios más publicado y reconocido internacionalmente. Sus obras han sido traducidas al portugués, francés, italiano, alemán, croata, etc. Fue finalista del Prix Fémina a la mejor obra extranjera editada en Francia en 2005. Premio de Literatura Mercedes Pinto, premio de novela Alfonso García Ramos, premios Isaac de Vega, Taramela de relato corto, Premio del Encuentro Internacional de Literatura 3 Orillas, Almendro Artes & Letras 2013
Ha publicado seis novelas: El humilladero (1994), El año de la seca (1997), reeditado en 2011 por Tropo Editores, prólogo escrito por el Premio Nobel  de Literatura José Saramago, Campiro que (2001), Terramores (2005), La cueva de los leprosos (2010) e Isla nada (2013). Libros de relatos cortos como Las mareas brujas (1991) y Mareas y marmullos (2011). También  ha trabajado la literatura juvenil en El naufragio de los mapas (1998) y Omar el cangrejo (2004). En 1995 publicó un libro de entrevistas titulado Escritores en su tinta. Su obra poética la integran Fósiles o armaduras del tiempo (1989), Ángulos de la medianoche (1990), Altamarinas (1997) y la antología poética Mar en tierra (2002).


Víctor Álamo de la Rosa
Isla nada
Ed. Tropos 2013

miércoles, 4 de septiembre de 2013

De regreso




Después de una ausencia más prolongada de lo prevista regreso con energías renovadas y algunas novedades que iré incorporando al blog. 
La primera es la nueva imagen de la cabecera. Una invitación a leer y compartir un buen café. Pero también a mirar a través de la ventana a otros mundos literarios y dejar pasar la luz diáfana de tantos lugares que iluminan el Buenos Aires 1929. Siempre un enriquecedor intercambio; trueque de historias y emociones, de poemas y vivencias, de crónicas y ensayos, de comentarios y opiniones… 
Pronto comenzaré a publicar e intercalaré relatos con artículos, reseñas, noticias, eventos literarios, culturales y cuanto se relacione con el libro y la literatura. Y también a visitar los espacios amigos
Ha sido un verano de descanso, de paseos, de lecturas, de escritura, de recuperación, de conversación, de familia, de escapadas y por supuesto de momentos sólo con el mar. Un período para reflexionar y perfilar proyectos. Para andar por viejos y nuevos caminos. En ese deambular he ido recogiendo imágenes e historias, coleccionando recuerdos, emociones. Fraguando relatos que un día también andarán por aquí.






Un mar de ilusiones e ideas que ya nadan sobre las olas






De regreso al Buenos Aires 1929 Café Literario


jueves, 25 de julio de 2013

El color de las almendras






«No hay un solo día que no recuerde la noche del naufragio», me soltó de pronto mamá. Sentadas en el viejo pantalán de madera, le había contado la ruptura con Paolo. Que me dolía regresar de nuevo a Florencia y encontrar la casa llena de su ausencia. Cerró el libro de poemas de Cavafis que aún mantenía abierto. La tarde se despedía azul con cirros grises. Siempre taciturna, rompió a hablar en un largo monólogo con la mirada anclada en el horizonte. La tempestad aventaba olas altas como farallones. 
«Tu padre navegaba en los bacaladeros del Norte. Salí a proteger las ventanas y un golpe de viento me arrastró por el jardín, me empujó contra la valla, y rodé por el suelo fangoso. Sola, había librado otros inviernos en esta alejada isla de Whalsay, pero mi espíritu del sur aún no se había adaptado a su aspereza. La tempestad rugía entre dentelladas de relámpagos. Las nubes descargaban agua como toneles reventados. Las ovejas resistían aovilladas junto a la casa. Y la mar atacaba con latigazos de viento y espuma. Cuando por fin pude ponerme de pie vislumbré, entre la lluvia y la niebla, el bailoteo de unas luces en la costa. Eran como estrellas que se hubieran caído al agua. Traté de correr pero la furia del aire me empujaba hacia atrás. Resonó el crujido de una nave despedazada contra las rocas. Siguió una deflagración y aparecieron pequeñas fogatas como islas incendiadas. El olor a algas y salitre se mezcló con el hedor a gasóleo. A empellones alcancé la resbaladiza orilla. Grité pero sólo respondieron el oleaje y la madera que crepitaba en medio de una gran humareda. 
Me adentré en el agua y descubrí a un hombre que flotaba junto a una bengala. Nadé, pero el mar me rechazaba. La marea jugaba a acercarlo y alejarlo. Se perdía en la oscuridad y reaparecía de pronto a más distancia. Las olas me envolvían y cegaban. Agotada, me abandoné para que la corriente me sacara fuera. Fue entonces cuando sentí el golpe de su cuerpo contra mi espalda. Me giré, lo agarré por los hombros y tiré de él hasta sentir las algas y las piedras bajo mis pies.
Le hice vomitar todo el océano que se había tragado. Aunque no pude extraerle aquel que por las noches ahogaría sus sueños de náufrago. Temblando, ensangrentado, y sin apenas ropa conseguí arrastrarlo hasta la casa. Lo sequé, le curé las heridas, y le di comida caliente.  
 Sus ojos, del color de las almendras, venían de contemplar el monstruo que esconde el mar. La piel curtida al sol y a la sal envejecía su rostro hasta los treinta años. Hablaba en un idioma gutural. Me señaló en un mapa el mar Mediterráneo y marcó con una cruz la isla de Paros.  Durante los días que duró la tormenta nos comunicamos por gestos, dibujos y risas. Era un trabajador de una plataforma de petróleo y había salido a pescar con el atrevimiento de quien conoce las Cícladas pero ignora las islas escocesas y el oleaje que las asuela».  
Mamá se quedó en silencio. El mar ya se había tornado rojizo y en el cielo  se acumulaban briznas de nubes parduscas. Nikos se fue en el primer barco que atracó en Whalsay. «Aquí, Irene, el viento y el salitre cicatrizan pronto las heridas», me soltó bajo una llovizna que comenzaba a caer.
Regresamos a la casa. Vi mi rostro en el espejo de la entrada. Y recordé, como una bengala que se prende, cuando Paolo me decía que mis ojos tenían el color de las almendras.



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sábado, 20 de julio de 2013

Despedida de mi ordenador





Primero fue una lluvia de acentos en diagonal. Siguieron líneas de agua en vertical. Y finalmente una pantalla azul con textura de escamas. El ordenador se despidió silencioso y se zambulló en su mar. Después de ocho años toca poner fin a una larga e intensa relación. Conoció mucho más de mí que yo de él pero, al menos, me quedan sus archivos que un amigo salvó antes de sumergirse definitivamente. Echaré de menos sus teclas, el gatito que iniciaba nuestras sesiones y el sonido de las noticias que llegaban. Y a quien me lo regaló decirle que fui muy feliz con él. He iniciado una nueva relación con otro ordenador, será conflictiva al principio y tengo la certeza que menos duradera. Pero estamos en esa deliciosa fase de descubrimiento.
La próxima semana publicaré un nuevo relato y espero ir visitando todos los espacios que tengo sin actualizar. 
Ya estoy navegando por los aires con mi nueva máquina. Vuelo rasante que me hace sentir como en la escena inolvidable de Memorias de África (Out of Africa)






domingo, 12 de mayo de 2013

Desarmando la noche




La mañana que entré en la noche caía una llovizna encendida bajo los rayos de sol. El arco iris se zambullía en el mar y se arqueaba hasta el horizonte. Pero un eclipse cubrió mis días. Y daba igual que inhalara el aroma de las buganvillas o escuchara la algarabía de los niños jugando en los parques. Me perdí en una interminable noche deshabitada, sin estrellas, sin ni siquiera el ulular polvoriento del aire calinoso.
Sostenía un paraguas por el que resbalaba la lluvia y mojaba a Raúl que me miraba amurallado. Él movió varias veces la cabeza mientras me repetía que no, que no podía continuar. Los últimos diez años se derrumbaron como un edificio dinamitado. Y los escombros oscurecieron el día. Vi el agua que discurría como un riachuelo junto a la acera. Pensé, que,  tal vez, era yo que bajaba por la calle diluida. Enmascaré mi perplejidad con un falso «entiendo». Y él se subió el cuello de la chaqueta, se giró, y se alejó con las manos en los bolsillos. Yo también me di la vuelta y me fui en dirección contraria, hundiéndome en la noche.
Dimití del día. Pero cuando la negrura arreció, me fui al frente de batalla. Y recorrí las trincheras del desamar. Al principio fue una lucha desigual, como si en solitario atacara a los guerreros de Xian. Pero poco a poco fui aplicando técnicas de guerrilla. Dinamité recuerdos, destruí fotos, cartas, y otros documentos dolientes. Volé el puente hacia la nostalgia, olvidando canciones y censurando películas. Pero mi avance se detenía siempre ante la imagen de Raúl alejándose de espaldas, bajo la lluvia. Continué nadando en ese mar pedregoso de abandono y ausencia, sin victoria, sin armisticio.
Una tarde, noche para mí, me tropecé con Raúl en una calle estrecha del centrode La Laguna, junto a la iglesia de La Concepción. Me invitó  a un café en el Venezia. Nos sentamos delante de un gondolero que remaba alegre bajo el Ponte Vecchio. Hablamos de lo bien que marchaban nuestras vidas. Raúl me contó su proyecto de dirigir Esperando a Godot, en otoño. Yo envolví mi trabajo en la aduana con papel de celofán. E improvisé los detalles de un próximo viaje a Nueva York. No flanqueamos la línea del pasado ni nos citamos en el futuro. El presente nos inundó entre los canales que colgaban fotografiados por las paredes.
Antes de despedirme le pedí que no se levantara, que permaneciera allí hasta que abandonara el Venezia. Cuando llegué a la puerta del Café, me giré y me despedí levantando la mano.
Me adentré por la calle adoquinada de San Agustín. Las farolas se fueron encendiendo como luces de gas; las estrellas se balanceaban encima los tejados, pero por las esquinas ya se apostaba el amanecer. Ahora, recordaba a Raúl sentado, esperándome.
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miércoles, 17 de abril de 2013

Una maleta llena de relatos




El pasado 10 de abril se presentó el  libro Una maleta llena de relatos en el Bibliocafé, espacio literario y de ocio de Valencia. Un lugar donde comer, ir de tertulia, tomar un buen café o leer, sorbo a sorbo, un libro de los muchos que habitan los anaqueles del local. Novelas, relatos, poemas, ensayos, ocupan las estanterías y bajan a las mesas multiplicando los mundos paralelos, ampliando la red infinita de laberintos que la literatura expande. Idea original y propietario que comparte, José Luis Rodríguez Núñez. Un territorio bajo el imperio de la imaginación pero también de la creación literaria. Donde se celebran cursos, talleres, encuentros y presentaciones de libros. 

domingo, 7 de abril de 2013

Tiempo de mar






Voz de Jorge del Nozal *


Relato premiado en el X Concurso Literario Gonzalo Rojas Pizarro en Lebu (Chile)





*El poeta y pintor Jorge del Nozal que publica y recita su poesía en Duende de poeta tuvo la generosidad y deferencia de hacerme un inmenso regalo y narró desde la profundidad y calidad  de su voz  Tiempo de mar. Gracias Jorge.

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sábado, 23 de marzo de 2013

La décima campanada




Alberto colocó cuidadosamente su camisa blanca en una silla,  junto a los tejanos que se quitó después. Quemó una a una las hojas de su currículo que tan arduamente repartía a diario desde que, un año atrás, lo despidieron del colegio. Recordó la sonrisa de Alba pocos días antes de recibir la carta que le paró el corazón. Miró el reloj y se tendió sobre la cama. Apagó la luz y esperó en la oscuridad el sonido de las campanas de la iglesia de La Concepción. Contó hasta la novena. La muerte le llegaría en la décima, según le aseguró, aquella mañana, una gitana en la Plaza del Adelantado. Las ramas de las palmeras callaron. La lluvia que babeaba por la boca de las gárgolas de La Laguna cesó. Y sobrevino una negrura sorda. Él se adentró ligero por el viejo túnel de los sueños, pero éstos ya se habían marchado. Ni rastro de voces, de historias absurdas o deseadas, de huidas a cámara lenta, de colores intensos, de gritos en silencio. La muerte, comprendió, era ausencia.
Un estruendo metálico lo devolvió a la vida, a esa vida prestada que otros le alquilaban. Corrió a la ventana sin reparar en las radiantes salpicaduras rojizas del amanecer.  Y los vio allí, golpeando con una barra de hierro la puerta de su casa. Venían a desahuciarlo. Bajó las escaleras y esperó a que irrumpieran. Le mostraron documentos judiciales y le hablaron de sentencias por impago. Salió a la calle. Los vecinos lo rodearon, lo arroparon. Se dejó llevar hasta mi casa. Allí permaneció sentado con la mirada perdida en una fotografía en blanco y negro que colgaba de la pared. 
—Irene, me gustaría saber —habló por fin— qué se oculta tras la niebla. 
Me acerqué y observé pequeñas luces moteadas en la imagen. 
—Es una calle iluminada—aventuré. 
—Puede ser un barco que navega ahogado por la neblina en el Mar del Norte. 
—No —insistí—, es una ciudad despertando a la noche. Tal vez solo son velas que arden cubiertas por su propio humo, o antorchas al borde del camino. 
—No Irene, deben ser almas errantes que vagan con faroles en la mano. 
Me acerqué y aspiré su aroma a naranja y madera húmeda,
—Son amantes  furtivos — Y una leve sonrisa se dibujó en su rostro ojeroso y con barba de días. 
Ya debo irme —dijo a última hora de la tarde—. Al parecer a mis cincuenta años tengo una nueva vida y la he de encontrar. 
Antes de que llegara a la puerta me coloqué a su lado.
—¿Y si esperas aquí, conmigo, a que la niebla se vaya?
Volvió junto a la fotografía.
—La décima campana no sonó, aún me queda tiempo.




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jueves, 7 de marzo de 2013

Breve historia de un sueño








A veces los sueños se manifiestan en la noche. Llegan sigilosos y se cuelan en la oscuridad para diluirse en deseos al amanecer. Otros adquieren formas metálicas, ruidos a motor y se elevan al cielo, navegan entre nubes y cuando aterrizan se vuelven Chile.




domingo, 17 de febrero de 2013

El poeta de la emoción*



El pasado febrero viajé desde España Lebu, Chile, para asistir a la entrega de premios del X Concurso Literario Gonzalo Rojas Pizarro. Fueron jornadas de encuentro con amigos, poetas y escritores pero también  un viaje donde conocí y aprendí. 
Con motivo de esta participación, y recibimiento del premio otorgado, he realizado en esta entrada una semblanza del poeta lebulense y he elegido algunos poemas al azar, sin mayor pretensión que el placer de leerlos.





Gonzalo Rojas Pizarro, nace el 20 de diciembre de 1916 en la ciudad chilena de Lebu y fallece en Santiago de Chile el 25 de abril de 2011.
Descendiente de mineros inicia estudios de Derecho que abandona en el tercer año por Pedagogía. Más tarde se licencia en Filología Clásica. Durante su etapa de formación trabajó en el internado Barros Arana en Concepción y participó en la alfabetización de los mineros de Atacama. Entre 1938 y 1941 entra en contacto con el grupo surrealista Mandrágora aunque nunca se consideró surrealista. Y en estos años pasa a ser jefe de redacción de la revista Antártica. De 1946 a 1952 ejerce como profesor en la Universidad de Valparaíso. En 1948 publica La miseria del hombre que tuvo una acogida dispar pero que fue alabado por Gabriela Mistral quien opinó me ha removido, y a trechos, me deja algo parecido al deslumbramiento de lo muy original, de lo realmente inédito. Entre 1952 y 1973 fue profesor de Literatura Chilena y Teoría Literaria en la Universidad de Concepción. Período en el que organiza el I Encuentro de Nacional de Escritores (1958) y el I Encuentro de Escritores Americanos (1960). En 1964 se publica Contra la muerte.

lunes, 21 de enero de 2013

Filtro azul de Felicidad Batista




Agradezco al peruano David Cotos, economista, escritor y un experto y apasionado del cine que me haya invitado a participar en su página web Observando Cine: críticas de películas en la sección cuentos cinéfilos. Es una alegría y un honor.
Les recomiendo vivamente su interesante espacio donde se pueden leer críticas y reseñas de películas. Grandes clásicos, pequeñas joyas que quizá han pasado desapercibidas, cinematografías nacionales, géneros cinematográficos, actores, actrices, directores…, cine independiente, etc. Y con una excelente maquetación fotográfica.
Mi colaboración ha sido con el relato Filtro azul al que pueden acceder pinchando sobre el título y que es mi pequeño homenaje a una película y al cine de autor surgido del grupo de la Nouvelle vague.

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martes, 15 de enero de 2013

Chile nuevamente






La pasada Navidad como un regalo mágico recibí la feliz noticia de que mi cuento Tiempo de mar había obtenido la segunda Mención de Honor del X Concurso Literario Gonzalo Rojas Pizarro, celebrado en Lebu (Chile). Participar en este concurso internacional de reconocida calidad literaria y que lleva el nombre de uno de mis poetas más queridos ya es un gran premio.
La organización del certamen, El Club de Amigos de la Biblioteca Pública Municipal de Lebu que contó con el patrocinio del Gobierno Regional de Bio Bio, y en su nombre el coordinador y Ministro de Fe Jaime Alabarce Magnan, me han invitado a la ceremonia de entrega de premios el próximo 28 de febrero en Lebu. Allí estaremos para compartir agradecimientos y literatura en la ciudad natal del poeta Gonzalo Rojas.
Felicitar al ganador, el valenciano Alejandro Pla, a la primera Mención de Honor Maia M. Blak de Israel y a los 195 participantes.
Agradecer al jurado y a la organización que uno de mis sueños se hiciera realidad.
Dentro de unos días reanudaré la publicación de nuevos relatos.



Playa de Lebu