lunes, 14 de octubre de 2013

Los últimos marmullos de Isla nada


Reseña publicada en el Diario de Avisos, sección El Perseguidor, del 13 de octubre y en  el suplemento de Artes y Letras de El Heraldo de Aragón el 24 de octubre de 2013


Cartografiar la narrativa de Víctor Álamo es tarea tan apasionante como inacabable. Y lo es por lo profusa y por la hondura, por las diferentes escalas, niveles temáticos y literarios en la tierra como en el mar, o en las intrincadas oquedades del ser humano. Si bien pocos son los lugares de su mapa que quedan por trazar. Y como no resulta extraño encontrar en la selva amazónica, en el desierto de Gobi o en las extensiones heladas de la Antártida, un vehículo de Google fotografiando y digitalizando planimetrías. Antes de avistarlo en Isla nada, saquemos el cuadrante, la brújula, el nonio, el sextante y no sobraría un astrolabio. Y desembarquemos en las cercanías de la portada de la novela. Hacia esa isla sustentada sobre la mirada acuosa de un lagarto. Y en la que se vislumbra una palmera que  cobija un piano y su sonata. Pincelada con esa textura arenosa por la que apetece deslizar las yemas de los dedos. Piel sugerente. Una parte de tierra, aire y cielo, y tres de agua, de mar abisal.
Toda isla es un mundo, todo ser humano es una isla e Isla nada, un territorio poblado de personajes y avatares que navegan y viajan por latitudes personales y geográficas diversas, pero con su propia isla a cuestas. Philip Vernerg, aviador de la Luftwaffe que crea un zoológico de seres humanos, Luisón Montoto, tenor catalán, cuyo devenir es una sinfonía con sus tempos andantes, sus allegros molto vivace, otras non troppo, moderato y sobre todo adagios lamentosos, Domingo Machina, el herreño arqueólogo-cabrero, tan telúrico y místico guanche, Sebastián Sagastizábal el marino vasco que se enrola en un sueño, Janine, esposa de Montoto, devoradora insaciable y a dentelladas del chisporroteante sexo, la familia inuit, la yanomami, la china, la africana, los rescatados del Magreb... Enjambres de vidas que luchan, sobreviven, reniegan o exploran sus destinos, pero todos buscan la felicidad o huyen despavoridos de la desdicha. La felicidad rastreada como El Dorado, perseguida como Ítaca o buceada como la Atlántida. Aunque a veces los personajes olvidan el llano, el Mar de Las Calmas, y se pierden en el infinito itinerario de los laberintos.
El estilo de Víctor Álamo está tejido con destreza y minucioso trabajo de artesano. Palabras cuidadosamente esculpidas como el David que seduce en sus páginas. Frases largas, sinuosas que se acortan con la lectura en un prodigio que deviene de la musicalidad, la acentuación y el ritmo que las impregnan. Siempre estratégicamente dispuestas para significar y referenciar imágenes literarias que impactan, seducen, repelen o emocionan... La poética borbotea como fumarolas de volcán herido. Y donde el lector no siente la presión del autor. Parece como si ese cosmos estuviera ahí de siempre. Pasear por sus esquinas, bajar a sus infiernos, amar, desear, recordar… Todo como si el libro que portara entre las manos fuera un pasaporte a un país conocido e ignoto a la vez. Esta audacia creativa hace que las novelas de Víctor Álamo, especialmente Isla nada, sean un universo que el lector cree explorar y descubrir por sí mismo. De tal manera que no adivinará, ni se adelantará a los acontecimientos que se van encadenando. Sin estar encriptada, la novela sigue el río inescrutable de la vida con sus vaivenes, sus imprevistos, sus rápidos, sus ensenadas, sus continuas sorpresas y sobresaltos. La figura del lector atrincherado en su cómodo sillón será también devastada por el autor. Al que no se le ve pero está agazapado, maniobrando entre línea y línea. Escribiendo y componiendo sigiloso y silente texto y partitura. Porque la novela no solo se lee también se escucha. El arrebolado mar, los silbantes alisios, la cacofónica selva, la gutural África, la estruendosa ópera, la vivace o patética sinfonía, el repiqueteo de las campanas, y las armoniosas notas de piano. El despliegue de una prosa de una gran plasticidad y adaptabilidad. Es fría, afilada, extensa cuando se desliza por los hielos del Ártico. Chisporroteante, vivaz, alegre, rítmica… por las calles cariocas. Azul, turbia, pegajosa cuando se adentra en Sierra Leona. Arabesca, bulliciosa por los zocos de Marruecos. Una parábola de España en el Palacio de Cristal del Retiro de Madrid. La España costumbrista, cainita, sectaria, de reinos de taifas, condenada como un Sísifo a repetir el espíritu de derrota y el estigma perdedor del desastre del 98, en la Guerra Civil, en la Dictadura, en la Democracia, en los tiempos venideros per saecula saeculorum. Una prosa por la que también emergen poetas y poemas recreadas, no cortaría el mar sino volaría su velero bergantín / un hombre enamorado hasta el polvo de los huesos / el eco de un eco. Virtuosismo con el lenguaje que nos permite contemplar y padecer descarnados paisajes humanos. El lector no descansa, en alerta permanente, en desplazamientos a veces sobre el hielo, por la espesura del Amazonas, por la voluptuosa Tenerife, por Canadá literaria o pesquera... escalando las paredes resbaladizas del amor y sus inclemencias térmicas, pero sobre todo por las estepas, por los mares, por los desiertos interiores del ser humano.
 El oleaje erótico, suena y resuena y a veces enmudece en Isla nada. Fluye desbocado, lírico en ocasiones, arrebatado, compartido o cántico solitario. Entra, sale, penetra, huye, inunda de soledades o de fugaz felicidad a los personajes. Instantes, clímax que los ascienden a la cima gustativa, placentera o los precipitan a una sima tenebrosa e infernal.
 La larga despedida de Isla Menor, Isla del Meridiano, Isla El Hierro, Isla Nada, es un periplo por un intenso mapamundi. Por casi todos los continentes, por la compleja red de cuevas, cavernas y capítulos de novelas anteriores, y por la literatura y su continua evocación, reminiscencias de la de aventuras, Stevenson, Verne, Melville. Pero también es un homenaje a la novela y la literatura en un sentido amplio. Baste mencionar el encuentro con el Gaviero en Quebec, esa tempestad shakesperiana que se desata en las cercanías de Madeira o la larga Odisea de los personajes. Cuando se termina de leer Isla nada se tiene la certeza de que el autor fundamenta la plena vigencia de la novela en el siglo XXI, con los genes heredados, sí, pero ya con la fisonomía de los tiempos postmodernos
 La novela es un festín literario, artístico, musical, lingüístico y hasta cinematográfico, imágenes y escenas que se transforman en secuencias. Es alegórica y simbólica, dotada de una polifonía coral y de voces solistas. Cada capítulo, versos sueltos que al final el autor engarza en una planimetría que refleja lo frágil y efímero de la existencia. Tan mutable como el mar o las movedizas dunas del desierto. Y donde los instantes de felicidad se pueden arrebatar a dentelladas en cualquier momento o en cualquier lugar, hasta en el infierno.    
 A medida que avanzamos por este casi puente colgante entre la anterior narrativa de Víctor Álamo y la que viene, el autor va colocando las cargas que explosionarán y arrasarán todo ¿Todo? No. Todo no. Germinan ya novelas que asoman entre historias y personajes reales y/o recreados. El volcán que erupcionó en Isla nada –y que luego la naturaleza del Hierro plagió en un volcán submarino para disimular de donde lo había copiado – dejó bajo sus cenizas proyectos que ya adivinan la nueva cosmogonía de Víctor Álamo. Ícaros que sacuden el polvo volcánico de sus alas y planean desde los abismos de Isla nada.
 Sextalogía literaria que va quedando atrás. Y mientras arrumbamos hacia esos puertos que señala el escritor en sus nuevas cartas de navegación, desde popa aún se vislumbra el lejano fogonazo del faro de Orchilla, los habitantes de la isla Menor alrededor, y la fantasmal figura de Bruno el farero que marmullan (victorligismo): nos encontrarán siempre en el archipiélago de las seis novelas y de los dos libros de relatos.








Víctor Álamo de la Rosa nació en Santa Cruz de Tenerife en 1969. Es Licenciado en Filología Hispánica y es uno de los  escritores canarios más publicado y reconocido internacionalmente. Sus obras han sido traducidas al portugués, francés, italiano, alemán, croata, etc. Fue finalista del Prix Fémina a la mejor obra extranjera editada en Francia en 2005. Premio de Literatura Mercedes Pinto, premio de novela Alfonso García Ramos, premios Isaac de Vega, Taramela de relato corto, Premio del Encuentro Internacional de Literatura 3 Orillas, Almendro Artes & Letras 2013
Ha publicado seis novelas: El humilladero (1994), El año de la seca (1997), reeditado en 2011 por Tropo Editores, prólogo escrito por el Premio Nobel  de Literatura José Saramago, Campiro que (2001), Terramores (2005), La cueva de los leprosos (2010) e Isla nada (2013). Libros de relatos cortos como Las mareas brujas (1991) y Mareas y marmullos (2011). También  ha trabajado la literatura juvenil en El naufragio de los mapas (1998) y Omar el cangrejo (2004). En 1995 publicó un libro de entrevistas titulado Escritores en su tinta. Su obra poética la integran Fósiles o armaduras del tiempo (1989), Ángulos de la medianoche (1990), Altamarinas (1997) y la antología poética Mar en tierra (2002).


Víctor Álamo de la Rosa
Isla nada
Ed. Tropos 2013