domingo, 9 de octubre de 2016

Emily Dickinson, Tenerife y El Teide







Cuando llegué, este verano, a la casa de la poeta estadounidense Emily Dickinson, ya se había marchado. Cuando ella vino a Tenerife navegando en el poema Ah, Teneriffe yo tampoco estaba. Pero en ese desencuentro de siglos y lugares, hubo un instante en la adolescencia donde descubrí a esta discreta, callada y silenciosa poeta que desde su encierro voluntario en la casa familiar, había escrito más de un millar de poemas. Y uno, de un lugar tan lejano y qué tanto impacto debió causarle: el que dedicó al volcán del Teide. 
Un amanecer de agosto de 2016, dejé atrás Boston y, en una guagua (bus) con nombre de personaje literario: Peter Pan, enfilé mi sueño de conocer la ciudad donde Dickinson nació en 1830: Amherst. Poco después, una fina lluvia comenzó a caer, como si el paisaje adquiriera una textura poética y buscara ser contemplado a través de las gotas de agua que se deslizaban parsimoniosas por las vidrieras de las ventanillas.
La guagua se detuvo en la estación de Springfield. Allí debía transbordar a otro bus en dirección Amherst. Los escasos minutos de espera me parecieron siglos. La lluvia se retiró, el sol asomó entre las nubes y una luz brillante refulgía a media mañana. De nuevo en la carretera, el verde del bosque era intenso y de diferentes tonalidades según los rayos luminosos se enredaban entre las ramas. La vía, zigzagueaba a veces y se estrechaba otras. Aparecían granjas solitarias en medio de extensas planicies. Pequeños y ordenados pueblos donde sobresalían los edificios de la iglesia y de la biblioteca. Las millas que restaban hasta llegar a Amherst asomaban en carteles, descontando esos kilómetros que los sueños fueron reduciendo desde mi Tenerife natal hasta la casa donde se habían escrito aquellos poemas que tanto me habían conmovido. Paneles que anunciaban la cercanía del Colegio Universitario de Amherst y la Universidad de Massachussetts. Las casas con porche o columnas al frente jalonaban la carretera que conducía al centro. Por fin una parada donde se bajó una anciana. El vehículo colectivo continuó la ruta hacia una segunda. Descendió una estudiante con maleta grande, su estancia allí, parecía que iba a ser larga. Una mujer de mediana edad me preguntó dónde iba. Me dijo que la siguiente era mi parada. Sonreí por su amabilidad y porque me sentía feliz. La luz del mediodía era deslumbrante, el aire muy cálido y alrededor de las viviendas salpicaban parques y jardines con flores fucsia, rojas o naranjas y hierba de un color casi musgo. 
Camino dos, tres, cuatro manzanas y busco el 280 de Main Street. Me entretengo en los escaparates de  vidrieras de una librería, volveré después. Ando de prisa como si me esperara y temiera llegar tarde. Una calle larga, un restaurante italiano a un lado, una prometedora taberna local al otro y, de repente, el cartel que anuncia la Casa Museo de Emily Dickinson. Ya distingo la construcción de ventanas verdes y paredes amarillo tostado. 





Recuerdo en mi paseo de Evergreens, la casa de su hermano Austin y su cuñada la escritora Susan Huntington Gilbert, hasta la suya, uno de sus poemas:

Mi río corre hacia ti
Mar azul! Me acogerás?
Mi río aguarda respuesta,
Oh mar, muéstrate propicio.
Te alcanzaré arroyos
En parajes moteados 
Oye, Mar, tómame!




 Entro y subo la breve cuesta. Sólo se escucha el picoteo del canto de algunos pájaros y el casi leve murmullo de las ramas de los árboles. Lo demás, es silencio. Rodeo la casa, nadie en el porche, nadie en el jardín, nadie en la entrada. Husmeo por las ventanas y parece tan vacía como el día que murió: el 15 de mayo de 1886. Las puertas cerradas. Recorro los jardines refrescante donde leía y paseaba la escritora. Nadie. Volví a la casa y toqué varias veces. El silencio era la respuesta. Seguí descubriendo rincones y bancos. Me preguntaba que si después de cruzar el Océano Atlántico, de arribar a Boston, recorrer buena parte del estado de Massachussetts y atracar a las puertas de su casa, no me sería posible entrar. Pero una mariposa aleteó cerca de la puerta y ésta se abrió. Salieron varios empleados y me comentaron que, ese día, la Casa Museo permanecía cerrada al público y que regresara al día siguiente. No me era posible. Y sentí que otro océano, tan ancho como el Atlántico se volvía a colocar entre su casa y mi isla. Fue como ver que el viento se llevaba en volandas un montón de poemas escritos en hojas sueltas por otros cielos inalcanzables. Bajé la cuesta hacia Main Street como un verso derrotado y en ese instante, la mariposa volvió a revolotear. Una guía de la Casa me preguntó que si podía regresar un hora más tarde y el libro de poemas de Emily Dickinson volvió  abrirse.
Excepcionalmente, la amable estadounidense, nos permitió pasar a la casa y aquel día fue tan inolvidable como el primero que conocí los versos de la poeta. El silencio habitaba en su interior. Ascendimos la estrecha escalera, escalón a escalón, como si, de alguna manera, tratara de retrasar el momento de desembocar en su cuarto. Casi todo permanecía como lo había dejado. Su cama Luis Felipe, algunos cuadernillos cosidos por ella sobre la colcha, su ropa… y sobre todo, la emoción contenida de estar en aquel lugar de encierro voluntario y, al mismo tiempo, de ventana abierta al mundo desde cada libro que leía y cada verso que escribía. Escuchaba el relato de la guía y trataba de recordar algunos poemas escritos, sentidos entre aquellas paredes. Como los que leía en la azotea de mi casa familiar en Arafo (Bórcor literario) y que partieron de aquel dormitorio de Amherst. Las otras habitaciones, la sala, el comedor, el hall, era todo ese universo que a la poeta le bastó para llegar tan lejos. 
Al salir al jardín no pude evitar dar saltos como la adolescente que leyó a Emily Dickinson en la soledad de la tarde y, décadas después, encontró, bajo otro cielo, los versos originales que la poeta dejó para un tiempo por llegar.





Ella compuso el poema a una isla situada al otro lado del Atlántico, que nunca visitó y de un volcán, que jamás contempló a corta distancia. En el siglo XIX, sobre todo a partir de la segunda mitad, en plena época victoriana, viajeros y viajeras se lanzaron a conocer lugares más allá de Gran Bretaña. Singlaban en barcos a lejanos y exótico países. Sus motivos no sólo fueron comerciales y mercantiles, también científicos y culturales. Muchos de estos hombres y mujeres, retrataron con su mirada, a través de la pintura o la escritura, paisajes, vegetación, arquitectura, costumbres, detalles pormenorizados de las sociedades que conocieron. En ese contexto, Canarias fue, nuevamente en la historia, encrucijada de rutas marítimas. Viajeros que iban o venían de Europa, África, América, Asia y Oceanía. Buena parte de ellos, especialmente las damas victorianas, (pintoras, dibujantes, escritoras) realizaron un detallado documento gráfico y literario de las Islas de esa época. Escritoras, pintoras y viajeras como Anne Brassey, Marianne North, Elizabeth Murray, etc. Es fácil, por tanto, imaginar y deducir que Emily Dickinson, lectora pertinaz, debió estar al tanto de la literatura de viajes británica muy prolija en aquellos años. La autora estadounidense tuvo acceso a algún relato y lámina del volcán que emerge de la isla de Tenerife a 3.718 metros de altura a nivel del mar: El Teide. 
Este Pico emblemático, hermoso bajo la nieve en invierno y volcánico y turgente en verano, conmocionó a la autora americana. Pensemos que Emily Dickinson no conoció el Parque Nacional, ni los colores tornasolados del amanecer, ni las estrellas insinuándose sobre su cono en las noches sin luna, ni las especies endémicas de su entorno, como tajinastes o violetas del Teide o el pinzón azul. Aún, sin viajar físicamente, fue capaz, suba a las naves de unos versos en el de un poema, de navegar hasta la isla de la que hizo emerger su Teide literario.


Ah, Teneriffe - Receding Mountain-
Purples of Ages halt for You-
Sunset reviews Her Sapphire Regiments-
Day - drops you His Red Adieu -
Still clad in Your Mail of Ices-
Eye of Granite - and Ear of Steel -
Passive alike - to Pomp - and Parting -
Ah, Teneriffe - We’re pleading still -

Leer su poesía es recorrer las emociones interiores de cada lector por eso su poética, tan avanzada para su tiempo, llega tan intensamente más de un siglo después. La película Historia de una pasión  —como se ha titulado en España— (A Quiet Passion), es un magnifico acercamiento cinematográfico, no  sólo a su vida, complicada y misteriosa, sino a su poética. Y, sin duda, uno de los grandes méritos de este filme y de su director Terence Davies, es enhebrar sus poemas, en el discurso de la película, con absoluta fluidez y emoción. Muy recomendable para los amantes de la poesía en general y de la de Emily Dickinson, en particular. 




Un artículo anterior, en este mismo blog, se puede acceder en este enlace Canarias en la literatura universal: Emily Dickinson





Excelente traducción de la trilogía bilingüe de los poemas de Emily Dickinson de Ana Mañera Méndez  y María Milagros Rivera Garreta en  Sabina Editorial:

Poemas 1-600



Poemas 601-1200


Poemas 1201-1786






8 comentarios:

  1. Amiga Felicidad eres extraordinaria, que placer leerte. Envidio tu portentosa facilidad para describir cosas, recuerdos,sentimientos o paisajes. Un abrazo y alegre por la sierte de haberte encontrado en este caótico mundo virtual.

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    1. Diego, admirado amigo, agradezco mucho tus palabras y, sobre todo, tu lectura y tu generosa disposición siempre en tu blog del Rosa al Amarillo.
      La suerte es mía, querido amigo.
      Un abrazo hasta la querida y siempre cercana Andalucía

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  2. ¡Bien, bien, bien! Te felicito. Lo lograste y has sabido llevarnos contigo. He vivido leyéndote los nervios de la ilusión, esos previos cuando lo que esperas es lo que tantas veces has deseado, la decepción de tener que volverse estando tan cerca y por fin... pisar por donde ella pisó, curiosear sus manuscritos, su habitación...
    Maravilloso Felicidad.

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    1. Muchas gracias, María Pilar, por tener la amabilidad de entrar en este Café Literario y tomar esta entrada con tu mirada de escritora y, por supuesto, por tu amables palabras.
      Me alegra muchísimo que, de alguna manera, también como lectora viajaras hasta la casa de la enorme poeta Emily Dickinson.
      Un gran abrazo y muchas felicidades por tu onomástica reciente.

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  3. Querida Felicidad, discúlpame el atrevimiento por usar este adjetivo, cuando no nos conocemos, mejor dicho, no me conoces, yo a tí un poco. Desde qué te descubrí, te sigo, y te has convertido en alguien querido para mi.
    No quería dejar pasar ni un día más, sin decirte qué has sido todo un descubrimiento, un feliz y doble descubrimiento, por un lado descubrir tus palabras, tu escritura, y por otro descubrir que hemos crecido y compartido el mismo paisaje, el de ese lugar mágico, ese Bórcor literario.
    Me pregunto cómo es posible qué nunca hayamos coincidido.
    Desde qué supe de ti, sentí la necesidad de saber más, de leerte, de seguir tu trayectoria, tienes eso qué los andaluces llaman "ángel", y qué llega y qué estremece.
    Trasladarte mi orgullo, como arafera, y mi admiración y agradecimiento como lectora.
    Un abrazo

    Verónica Pestano

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    1. Querida Verónica, muy feliz de que me consideres cercana y muy emocionada de que me leas y me leas desde nuestro querido Arafo, Bórcor, No imaginas lo importante que ha sido para mi leer tu comentario. Escribo cada día desde la soledad y el silencio y, cuando alguien te hace saber cómo te lee, emociona y compensa.
      Agradecerte muchísimo tu interés por lo que escribo y me encantaría que nos conociéramos personalmente.
      Muy emocionada, un abrazo grandísimo, Verónica.

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  4. Mi querida Felicidad, regreso tras 4 meses de ausencia por mi delicada salud y aunque me ha dado un respiro, no puedo estar sentada.
    Antes podía recrearme en tus escritos buscando entender tus relatos, hoy te pido me disculpes, es demasiado larga tu entrada y debo de atender primero mi salud, pero quise pasar a saludarte y agradecer los buenos ratos que he pasado siempre con tus relatos.
    Te dejo un beso de ternura

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    1. Querida Sor Cecilia, me alegra mucho que entres a este viejo Blog.
      Últimamente publico poco pero espero retomar de nuevo la actividad en este Café Literario.
      Muchas gracias por tomarte la molestia e interés de comunicarnos pese a tu delicada salud.
      Estimada amiga, mucho ánimo y un abrazo fraterno grande y cálido.

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