Biografía Literaria

Felicidad Batista (Arafo, Tenerife). Licenciada en Geografía e Historia. Especialidad en Historia del Arte. Escritora y bibliotecaria de la Biblioteca de Presidencia del Gobierno de Canarias. Autora de la novela Finis Mare 1ª ed. (2017), 2ª ed. (2018), 1ª reimpresión 2020; Relatos de la Patagonia (2017), 3ª reimpresión 2019 y Los espejos que se miran (2014), 2ª reimpresión 2018.

Ha publicado en treinta y cinco antologías. Ha escrito para revistas literarias en Venezuela, Argentina, Chile, Perú y España. Ha colaborado en secciones literarias de periódicos canarios y de Aragón y Valencia.

Declarada su actividad literaria de Interés Cultural por la Secretaría Cultural de Mar del Plata (Argentina).

Vicepresidenta de la Asociación Cultural Canaria de Escritores-ACTE, donde dirige la colección de narrativa Teide. Socia de la Asociación Cultural Canario Argentina Pedro Lino (ACCA). Pertenece al colectivo literario Generación Bibliocafé de Valencia.

Colabora en las revistas digitales Tamasma Cultura en la sección “Tinta de drago” y en Tenerife en Activo. Pertenece al grupo literario “Voces desde la intimidad”. Participa en el programa de radio cultural Faro al Sur de Argentina con la sección “Desde el otro faro”. Impartió una master class sobre el género del microrrelato en UNICEN, Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires (Quequén), en el I Encuentro Internacional de Microrrelato organizado por el Centro Cultural Kemkem. Participó en el Festival de Literatura y Viajes “Periplo” (Puerto de la Cruz). Jurado de certámenes literarios internacionales en Argentina, Chile y España.

Primer premio I Certamen Pleamar de Microrrelato, Argentina. Segundo Premio 55º Concurso Internacional Poesía y Narrativa, Argentina. Segundo Premio XIII Certamen del Centro Cultural del Tango, Argentina. Tercer Premio XII Certamen del Centro Cultural del Tango, Argentina, Premiada en el Concurso Literario Gonzalo Rojas Pizarro y en el Certamen Internacional Lebu en pocas palabras en Chile. Primeras Menciones, Menciones especiales, de honor y finalista de distintos certámenes literarios nacionales e internacionales.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Papá Noel se acerca


Los techos de Bórcor se fueron blanqueando a lo largo de la tarde. Copos de nieve se posaban en las tejas y los verodes apenas asomaban por encima de la capa blanca que empezaba a sepultarlos. Los carámbanos se colgaban de los aleros. Columnas de aromático humo de madera de tea se escapaban por las chimeneas y  se perdían en la negrura de las nubes. Mezclas de olores dulzones rondaban por toda la casa. Permanecía apostada detrás de la ventana, atenta a cualquier luz que pudiera aparecer en el cielo Bórcor. Papá Noel se acercaba en su trineo volador. «¡Dácil!» gritó mamá desde la cocina donde, incansable, preparaba la cena de Nochebuena. Sobre la mesa lucía un pastel de Navidad. Debía llevárselo a la señora Eloísa Valcárcel. «¡Oh, no!» musité ante la imperativa mirada de mamá. No era el momento de contrariarla. Una llamada a Papá Noel y su visita, esa noche, quedaría cancelada. Me ayudó a calzar mis botas rojas de Wellington, me abotonó el abrigo azul, me colocó la capucha, me abrió el paraguas y me dijo que no tardara.
Crucé el jardín dándole patadas a la nieve que se esparcía como azúcar. Siempre le tuve miedo a la gélida anciana. Evitaba pasar por su casa desvencijada y solitaria. Pero un atardecer de otoño oí gemidos en su jardín. Me acerqué de puntillas. Era un esquelético espantapájaros jugando con el viento y, en la huida, tropecé con su mirada de hielo. Era alta, melena blanca y ojos grises que nadaban en un rostro adusto. «Niña ¿qué estás buscando?», me preguntó. No paré de correr hasta llegar a casa sin aliento y sin la cartera de clase. Eloísa Valcárcel la trajo y le contó a mamá que se me había caído, sin más detalles.
Las Wellington rojas se hundían en el suelo blanco y se hacía difícil avanzar. La nieve caía iluminada bajo las farolas y en las cercanías de la plaza mayor, el cielo se cubría de centenares de luces de colores. La callejuela que llevaba a su casa estaba mal alumbrada. Toqué en la puerta con los guantes puestos y deseé que no estuviera. Abrió enseguida. Le tendí el pastel. Me invitó a pasar. Me negué. Insistió. La nieve arreciaba. Entré temblando de frío. Me llevó a la sala que permanecía en penumbra. Muebles viejos, sillones tapizados en tafetán granate y verde, cortinas raídas, ningún adorno de Navidad, ni aromas dulces. Encendió la chimenea y me pidió que me acercara al fuego. La nieve no paraba de caer «¿Me tienes miedo?» me preguntó cuando empecé a sollozar. «Un poco —balbució— pero no lloro por eso, es por Papá Noel que llegará a casa y no me encontrará». «Cuando pare de nevar regresarás con tus padres». Desapareció y al poco rato entró con un enorme arcón polvoriento. Lo abrió. Dentro guardaba un abeto tallado en madera con bolas envueltas en papel amarillento y guirnaldas de colores. Me pidió que la ayudara. Lo sacamos, limpiamos cuidadosamente cada adorno y le colocamos velas que yo encendí una a una. Después extendió un mantel con muérdagos y flores de Pascua. Puso el pastel en el centro, junto a una lata de galletas de jengibre donde niños victorianos patinaban y se deslizaban en trineo. Preparó un chocolate que bebí deseando que no contuviera una pócima maléfica. El tiempo pasaba y fuera se acumulaba la nieve. Terminó sirviendo una sopa improvisada. Cuando recogió los platos la acompañé a la cocina. La nieve cubría el alféizar de la ventana. «Mira hacia el bosque de pinos»,me indicó con la mano. Allí parpadeaba una luz, Papá Noel estaba cerca y aún no había pasado por casa. Di saltos de alegría.
Salimos al jardín, la nevada había cesado. Pasamos junto al espantapájaros convertido en un estilizado muñeco de nieve. Casi volábamos y, en una de las aceras, Eloísa resbaló y cayó de bruces. La ayudé a levantarse mientras reíamos. Cuando llegamos a casa sacó de debajo de su abrigo una muñeca de trapo con unas trenzas pelirrojas de estambre. «Papá Noel la dejó la Navidad que se llevó a mi hija en su trineo». Me besó en la frente y se fue arrastrando la nieve con su abrigo.


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jueves, 4 de octubre de 2012

Pensaré en Lebu



Lebu es la capital de la provincia de Arauco, a 651 kilómetros de Santiago de Chile. Fue fundada el 8 de octubre de 1862 junto  al río que le da nombre.  Su nacimiento está vinculado al inicio de la explotación del carbón que favoreció su rápido desarrollo en el siglo XIX. Junto a la minería, la pesca y el turismo son otras actividades económicas. Es una hermosa ciudad costera en el regazo de un valle que surca el río Lebu rumbo al mar. Aquí nació el gran poeta Gonzalo Rojas.

El Club de Amigos de la Biblioteca de Lebu convocó el I Concurso de Microcuentos Lebu en Pocas Palabras para celebrar el 150 aniversario de su fundación. Se presentaron 115 relatos y el Jurado concedió una Mención Especial a mi cuento Pensaré en Lebu. Estoy feliz y honrada por el premio y agradezco  a los organizadores y al jurado esta distinción. Siempre pensaré en Lebu



jueves, 27 de septiembre de 2012

La visita




Lucila apartó los escasos rizos amarillentos que caían lánguidos sobre su frente. Las venas cruzaban el dorso de la mano como un ramal de ríos turbios, bajo una piel rosácea y acartonada. Durante unos segundos la mantuvo suspendida en el aire, como si fuera a comenzar un discurso, pero la dejó caer sobre el regazo. Yo no disponía de mucho tiempo pero debía esperar a que me hablara. Su lucidez era intermitente. Recibía las visitas, recostada sobre un gran sillón de mimbre, con las piernas apoyadas sobre un escabel. Su cuarto permanecía iluminado por una decena de velas rojas. La anciana, traficante de espíritus desde la pubertad, vivía recluida en el 112 de la Avenida de los Pinos. Empeñada en concertar citas entre los vivos y los del más allá a cambio de una generosa voluntad. Nervioso, aguardé a que Lucila me concediera audiencia. 
Transcurrió la mañana. Por la tarde me entretuve en el jardín. Contemplé la lluvia que caía mansa y se hacía gotas entre lirios y crisantemos. Sólo cuando en el cielo se mezclaron jirones de nubes negros y grises, me mandó llamar. Me senté a su lado. Me quité el sombrero. Sus ojos acuosos y sanguinolentos se clavaron en los míos. 
—Soy Damiano Nicolás. 
—Lo sé. 
—Desde hace un año un espíritu me sigue y quiero saber quién es
—¿Lo ha visto?—me preguntó. 
—No. Tengo que averiguar dónde vivía y contactar con alguien que lo conociera. 
—¿Te ha hecho saber si tiene qué cumplir una vieja promesa?
—No, deseo aclarar una grave confusión. Todo empezó  en el aeropuerto, el día que iba a embarcar para reunirme con mi familia y me retiraron el pasaporte. Mis cuentas corrientes y tarjetas fueron bloqueadas. Mi nombre y mis datos desaparecieron de los registros. Inicié, entonces, un largo peregrinar por ventanillas, oficinas públicas,  registros civiles... Hasta mi escribanía fue clausurada. Hay otro, posiblemente uno de tus clientes, que se ha apropiado de mi identidad. Usted debe saber a quién me refiero. Quizá su mujer haya venido a pedir su intersección para comunicarse con él. 
Lucila sopló las cinco velas que tenía a su lado. La habitación quedó en penumbra. Sus labios amoratados y su rostro  apergaminado relucían en la oscuridad.  Miró hacia el techo como si de allí descendieran sus conocimientos. Suspiró hondo, me apartó el sombrero y sus manos frías estrecharon las mías. 
—Aquí, regresan todos y el 112 de la Avenida de los Pinos —la anciana ya acusaba el paso del tiempo—, es ahora tu residencia.
 —Lucila, usted se equivoca,  esta es la suya.
— Sí, y también, es tu casa desde hace un año.



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lunes, 17 de septiembre de 2012

Nostalgia



Podía cortar los días con un cuchillo y seccionar las horas con un bisturí, pero era incapaz de retener aquellos sonidos. Ni rescatarlos cuando el presente se volvía tedioso.
Un extraño mal afectaba a algunas mujeres de mi familia. Padecíamos el síndrome del olvido fragmentario. Mi abuela recordaba el día de su boda pero no con quién se había casado. La tía Jimena no paraba de preguntar quiénes eran esos niños que correteaban por la casa. Mamá se fue a  América y nunca regresó porque en su mente naufragó el nombre del puerto del que zarpó. Mis hermanas Adela y Bony olvidaban sus amores y cambiaban de amantes en una sucesión interminable.  
Mi pasado huyó por el espejo retrovisor a los treinta años. Conducía por la angosta carretera flanqueada de eucaliptos y flamboyanes encendidos que llevaba a Bórcor. En la radio se coló Nostalgias. La melodía y la letra sonaron como el grito de un bandoneón cuando se abre y cae sin mano que lo sostenga. La memoria desafinó. Las canciones escalaban a mi oído solitarias sin nada ni nadie a quien evocar. No hubo aria, bolero o tango que pudiera enlazar a una mirada, al roce de unos labios, a las sábanas de noches furtivas, secretas o irrepetibles. Un desierto musical empedró mis recuerdos.
Viajé a Nueva York porque era la ciudad donde los ruidos no dormían. Las sirenas de bomberos, policías y ambulancias se mezclaban en un coro que clamaba a distintos ritmos hasta el amanecer. La repetición de cada noche simulaba memoria. Una tarde en Bryant Park leí la noticia de un tratamiento experimental para los aquejados del olvido fragmentario. No tardé en sumarme al proyecto como paciente voluntaria. En las primeras semanas apenas noté mejoría. Encerrada en una habitación escuchaba sin cesar relatos de amores rotos, traiciones y, lo más asombroso, deseos de olvidar. Hasta que en una sesión larga de blues sentí una punzada en el pecho. Luego fue una opresión y días más tarde una insoportable tristeza. Al mes, recostada y con los ojos cerrados el tango irrumpió, me rodeó y sentí sus pasos entrando y saliendo de mi memoria. Entonces sonó Nostalgias y caminé por una calle mojada. Un aire frío arrastraba a la niebla. Las luces de la noche aún nadaban en los charcos. Pasé a su lado. Esperaba a alguien delante del Café de la esquina. Su mirada excavó la mía y los labios prohibidos regresaron para herirme de nuevo. Un instante donde su aroma a tabaco avivó en mi piel aquellas horas clandestinas. Y sentí deseos de refugiarme en su cuerpo como un rescoldo se enciende entre las cenizas. Quise dar la vuelta y romper aquel adiós que nos dimos. Pero al pasado no se regresa, solo se recuerda.
Me había curado del olvido pero padecería para siempre de nostalgia.


Nostalgia es la entrada número cien en el Buenos Aires 1929 Café Literario. Quiero agradecer a todos por su presencia, por sus comentarios o por sus lecturas anónimas que han  permitido que este espacio literario, que nació con una intención muy minoritaria, se haya ampliado y enriquecido.
GRACIAS A TODOS




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martes, 11 de septiembre de 2012

Los colores de la memoria de Edvard Munch


Abrir la primera página de  Edvard Munch: el alma pintada es dar el primer paso por el vestíbulo que conduce a las salas que iremos recorriendo y contemplando la obra, la vida y la evolución constante del  pintor noruego. Es un compacto bastidor sobre el que la autora, Fuensanta Niñirola,  ha extendido un lienzo sobre el que ha trazado con finas pinceladas de historia, literatura, biografía, lugares y paisajes, movimientos y técnicas artísticas el escenario y los interiores de un creador trascendental en el arte de la última centuria, pero también ha dibujado la panorámica de una época convulsa donde bullían y germinaban tendencias, corrientes, autores y artistas con sus crisis, sus luces y sus manchas oscuras. Enmarcado con precisión y amenidad.
Comentó en una entrevista Federico Fellini: me hubiera gustado hacer cine en 1920, haber tenido 20 años entonces. Haber podido aprovechar la época de los pioneros. Este privilegio lo tuvo Edvard  Munch que nació en 1863, momento en el que en París el movimiento impresionista que se está fraguando corta las amarras con el arte academicista y se lanza al mar de la experimentación de  una nueva manera de concebir la pintura tanto conceptual como técnicamente. De estas fuentes primigenias se nutrirá Munch y con mayor hondura, a partir de su primera visita a la capital francesa en 1885, del expresionismo de Van Gogh, Ensor y sobre todo de Gauguin. Coetáneo del puntillismo de Seurat, del expresionismo alemán de Die Brücke y Der Blaue Reiter a quienes influirá, del fauvismo francés, del cubismo, del surrealismo con quien guarda cierta coincidencia onírica. Pero también la literatura ejerce una gran importancia en su obra como Dostoievski, Baudelaire, Mallarmé a quien conoce y retrata o los dramaturgos nórdicos Strinberg e Ibsen. La música baila entre sus colores en algunos de sus lienzos. En palabras de Fuensanta Niñirola, Edvard Munch es un artista independiente, personalísimo; un jinete solitario, una estrella que brilla sola en el firmamento del arte europeo, aunque no exento de influencias y ligazón en su paleta y estilo.
Es un pintor donde vestigios del romanticismo pictórico, ciertas pinceladas del realismo, el impresionismo, el expresionismo y el simbolismo confluyen con otros estilos. Pero es el simbolismo la constante en su obra. En las líneas, la luz, las pinceladas finas o amplias, sueltas o medidas, los colores, el uso del color –apunta Niñirola- es simbólico en Munch por lo que resulta muy subjetivo y a veces difícil de interpretar. Una cara verde sugiere sufrimiento o angustia, mientras que una cara roja simboliza ira o muerte.  Y se advierte claramente en los temas representados: la vida y  la muerte. El erotismo, el sexo, la mujer poseen una dimensión simbólica y metafórica, más que psicológica. Sus obsesiones acentuadas por las crisis nerviosas, agravadas por el alcohol, forman parte de sus cuadros. La autora teje a lo largo de seis capítulos la compleja personalidad del pintor con su producción artística, enfocando miradas y perspectivas desde las que el lector puede ver y admirar  o profundizar en sus cuadros y sus múltiples versiones y series. Intercaladas estratégicamente encontramos fichas que definen movimientos artísticos, técnicas y materiales, la relación artística del pintor con el dramaturgo sueco Strinberg, escritos de Munch extraídos de sus Diarios y  su vinculación con la fotografía.
Pronunciar el apellido Munch es visualizar un Grito angustioso, de un clamoroso silencio que se expande por el lienzo y que resuena como un eco en el interior de quien lo contempla. Es la obra insignia que suele ocultar al gran público una ingente producción de igual o superior intensidad y calidad que Niñirola nos va desvelando paso a paso con rigor y plasticidad. En el desolado panorama bibliográfico de obras que analicen la trayectoria vital y artística de Edvar Munch en nuestro país, este pormenorizado y desmenuzado estudio nos acerca de una manera didáctica y placentera a las claves artísticas y personales del autor atormentado por sus fantasmas familiares y su incapacidad para relacionarse con los demás. Su soledad no derivaba de una marginación social sino fue una elección del propio artista. Él era consciente de que cualquier aceptación implicaba renuncia. Apunta Niñirola, Munch está convencido de que no hay alegría sin dolor, que son dos caras de la misma moneda.
El legado de Munch se centra mayoritariamente en su prolífica obra reunida en gran parte en su Museo de Oslo y en multitud de soportes derivados de las variadas técnicas que empleó desde óleos, litografías, aguafuertes, xilografías, fotografía, etc. y en su influencia en el arte posterior tanto en la pintura como en el cine.  Es el caso del cine expresionista alemán o en ciertas composiciones de Igmar Bergman. Sin olvidar su importante relación con el teatro y la literatura. Y que llega hasta el arte actual. Un ejemplo lo encontramos en el pintor inglés David Hockney (Bradford 1937) que emplea el recurso de la memoria para pintar en su estudio. Munch escribió al respecto un siglo antes: No pinto lo que veo sino lo que vi.
La portada la ilustra Vampyr donde una mujer hunde sus labios en el cuello de un hombre, es un símbolo de lo que este libro ejerce sobre el lector. Extrae su atención apasionada sobre Edvard Munch, su obra y su entorno tan convulso, inestable, cambiante, vanguardista como el propio pintor. Siguiendo la línea pictórica de Munch, la autora traza líneas concéntricas en perspectiva, diagonal o combadas que nos van llevando al núcleo, a la esencia del pintor noruego. Un libro de arte que se lee como una novela.
Fuensanta Niñirola está estrechamente vinculada con el Arte y la Literatura.  Licenciada en Filosofía y Letras y en Bellas Artes, ha trabajado en su obra artística y ha impartido docencia en artes plásticas. Es diseñadora gráfica, ilustradora en papel y medios digitales y crítica literaria. Sus análisis y reseñas bibliográficas aparecen en revistas, portales web  y en su blog La hora azul bajo el seudónimo de Ariodante. Ha publicado relatos en libros colectivos como en El desván de las palabras, Cuento de otoño y otros relatos  y en Nueve relatos y un cadáver.
Datos del libro:
Título: Edvard Munch: el alma pintada
Autora: Fuensanta Niñirola
Editorial:  Ártica, 2012
ISBN: 978-84-938792-3-5
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lunes, 3 de septiembre de 2012

Volverá


La guirnalda de luces que me lanzó Fabián  estuvo a punto de caer sobre la cabeza de la abuela que dormía en la terraza. En un movimiento de malabarista la atrapé pero una bombilla verde acabó rota. Una fina lluvia de partículas atravesadas por la luz de la tarde tintinearon a su alrededor. Abrió los ojos y su mirada ausente se fue al mar. Como un periscopio rastreó la superficie y se ancló a un velero que reverbera en la distancia. ¡Volverá! exclamó y se abandonó en las redes de su sueño. Aún recuerda al abuelo aseguró mi primo al que azucé para que se diera prisa. La inauguración de la casa sería dentro de unas horas y aún quedaban adornos por colocar. Hortensias en los muros, palmeras enanas en los rincones, jarrones de jazmines, orquídeas y esterlicias, y mesas de mármol estratégicamente dispuestas con vistas al océano o en el interior luminoso y acristalado del salón. Las bebidas bajo la temperatura adecuada, los canapés a punto de llegar con un servicio de camareros y mi marido en su despacho revisando sus aburridos pleitos. Presumía que nuestro chalet se construyó gracias a sus dilatadas horas en los tribunales. Como si mi tienda de decoración interior no contribuyera a edificar un sueño ganado al mar. Sí, la idea de domesticar las olas que reptaban por las rocas fue mía. Descubrí desde un barco la cala sin playa y como una aparición divina visioné una cascada de casitas descolgándose por el paisaje escarpado. Sería un nuevo Positano. Mis amigos se rieron de la idea y mi marido levantó la ceja con desdén. Un año después aquel terreno yermo y baldío se fue vistiendo de una arquitectura marinera. Una urbanización que vista desde el mar simulaba un trasatlántico azul y blanco atracado en la roca. A la que añadimos un largo pantalán de hormigón y madera, una pequeña playa de piedras protegida por una escollera y censores que ahuyentaban a las molestas gaviotas.
Los invitados llegaron a la puesta del sol. Sentados o de pie, en corrillo o solitarios y con una copa en la mano contemplamos los rayos rojizos que se fueron zambullendo en el horizonte azulón y grisáceo. La noche entró cuajada de estrellas y decidimos apagar las luces y dejar solo las antorchas. La abuela Celina desde la terraza de su habitación navegaba por sus mares interiores y de vez en cuando gritaba ¡volverá!
Astrud Gilberto silenció el murmullo de las olas deshaciéndose contra la escollera y pronto nos sumimos  en la algarabía de la fiesta. Bailando la conga la casa vibró bajo nuestros pasos. Cuando la música se detuvo la urbanización entera temblaba. Nos miramos intentando averiguar qué ocurría. Un rugido ronco de alimaña herida se propagaba por los cimientos de la edificación. De las tuberías y desagües comenzó a manar una densa espuma. Surtidores de agua salada brotaban de las paredes. Las habitaciones se inundaban como camarotes de un barco que zozobra. Se desató una estampida general, arramblando mobiliario, decoración y plantas. Rompían ventanas, desgarraban puertas y como náufragos sin chalecos salvavidas trepaban por el acantilado. En la desesperación por encontrar la salida y alejarnos cuanto antes del lugar olvidamos a la abuela. Su antorcha aún permanecía encendida en la terraza. Mi marido y yo regresamos en su búsqueda. No fue fácil acceder, el agua entraba en oleaje a su habitación. Tratamos de convencerla pero como un viejo capitán de barco se negaba a abandonar su puesto. Tiramos de ella. Abuela que el agua sube por las grutas submarinas y la urbanización se hunde. Ha vuelto musitó, el mar ha vuelto.
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domingo, 22 de julio de 2012

La maleta



A todos los clientes del Buenos Aires Café Literario 1929.
 Feliz verano y feliz invierno austral.
Nos encontraremos a la vuelta de un descanso.






Los farolillos rojos cuelgan en zigzag del cielo de las calles. Sus vientres de acordeón se iluminan al crepúsculo. Esquivo a paseantes y marineros atareados. Las mesas de la terraza del Café Pirata Amaro están abarrotadas. Giro por la primera transversal por temor a ser reconocida y continuo por la trasera del bar. La maleta va dando saltos en el vaivén de la acera. Si pudiera soltarla la dejaría y correría hasta asegurarme que no me persigue.
Espero verla pasar en el mismo banco en el que hablamos por última vez. La noche en las que las olas morían en los ojos de Julia. Arribaban deshilachadas a su mirada de salitre. La maresía  se anexionaba el muelle y las barcas se mecían bajo una luna rolliza, empachada de luz. Te vas.  Mentí, será lo mejor. Adónde. Volví a mentir, a la otra isla en el barco de las diez. Te despediste de Héctor me preguntó quedamente. No, dije la verdad. Recuerdo, y sentí que iba a empuñar un cuchillo dentado, cuando de niñas jugábamos a descubrir caminos por los alrededores de Bórcor. Ya había introducido el arma y ahora la retorcía. Tú le dabas nombres mitológicos, la ruta de Ítaca y yo románticos, el sendero de los besos robados. En los días de lluvia nos refugiábamos en la casa de mi abuela y nos disfrazábamos con su ropa de juventud. En una ocasión estuvimos una semana sin cruzarnos palabra porque las dos queríamos lucir el mismo vestido de noche. El barco despuntaba por el horizonte. Me refugié en la casa de mi tía Elisa cuando en el Instituto te perdí El Túnel de Sábato y no me atreví a confesártelo. Nos reímos tanto, resistía en silencio su daga dentada, cuando nos perdimos por las calles de Nueva York porque no conocíamos más distancia que la que enlazaba Bórcor con el mar. El ferry ya ha atracado. Antes de partir, el océano se había sentado entre las dos y no nos mirábamos, debes saber que fui yo quien lo seduje. Nunca me enamoré de él pero no pude evitarlo. Compartimos la misma piel, los mismos labios, el mismo deseo y esa fosa abisal engulló nuestra amistad, fueron sus últimas frases. Me alejé arrastrando la maleta. Subí al primer barco de los muchos que abordaría. Durante siete años he trabajado en cruceros sin apenas tocar tierra firme.
Las luces del puerto enmarcan la silueta de Julia. Mencey salta a su lado. Pasea sin Héctor a escasos metros pero no advierte mi presencia.  Se aleja hacia el pantalán donde mi nuevo crucero me espera. Tiro de la valija y la sigo a distancia. Mencey se gira y corre hacia mí. Julia se acerca sorprendida y me  interroga, de regreso a Ítaca. Me sonríe. Suelto la maleta que se desliza por la rampa del paseo marítimo.
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domingo, 8 de julio de 2012

La gasolinera

El amanecer parpadeaba en el horizonte como la línea negra que perfilaban sus ojos. Acuosos, vencidos por la madrugada, se buscaban entre los lunares de herrumbre que se dispersaban por el azogue. Los cirros carmesí enredándose en el bosque al otro lado de la carretera se dibujaban en sus labios que repasaba bajo la luz desgastada que colgaba sobre el espejo. Salió del baño suspendida en los tacones de aguja y se sentó junto a la ventana que daba a los surtidores. Me pidió un café y su edad joven se me hizo incalculable. Encendió un cigarrillo y le advertí que estaba prohibido. Insistió que no había nadie en el local. Dejó escapar el humo y lo apagó. Como cada mañana desde hacía más de un año esperaba la llegada de Ezequiel. El viejo aparcaba la camioneta y entraba cubierto por una gorra azul petróleo con la visera deshilachada. Enjuto y algo desgarbado se sentaba frente a ella. Intercambiaban unas frases apenas audibles y antes de marcharse la mujer abría el bolso y le entregaba un pequeño fajo de billetes. Después de tomarse un café se alejaba en su oxidado auto. Me preguntaba qué relación mantenía el viudo y ya jubilado mecánico de nuestro taller con aquella desconocida. La mujer que todas las noches se situaba al borde de la carretera comarcal y esperaba a los esporádicos clientes que atravesaban esta solitaria ruta.

Una madrugada de enero en la que la escarcha anidada entre las hojas de las acacias caía temblorosa sobre el asfalto me acerqué con una taza de café caliente. Traté de convencerla para que entrara antes de que se congelara. Me sonrió por primera vez bajo la escasa luz que llegaba de la gasolinera. Hace mucho tiempo que estoy helada. Y la deseé más que otros amaneceres y regresé solo al almacén. Me devolvió la taza y me pidió otro expreso. Se sentó donde acostumbraba. Las mesas permanecían vacías. Yo estaba al otro lado de la barra secando y colocando vasos. Ezequiel aparcó delante de los surtidores. Esta vez no se acercó a la mujer. Se dirigió a mí y me pidió unos chocolates. Antes de salir la miró pero la mujer había posado sus ojos en la camioneta. Alguien lo acompañaba pero no pude saber de quién se trataba hasta varios días después.

Desde esa madrugada la desconocida no regresó. Una mañana cuando mi servicio estaba a punto de concluir Ezequiel entró dispuesto a comprar dos cañas de pescar. Pasaría unos días de acampada junto a la laguna de Los Tilos.  Compró provisiones para dos y me ofrecí a llevárselas a la camioneta. Sentía una curiosidad abrasadora. Ya veo que no va solo. Un Ezequiel distendido me presentó a Manuel de apenas diez años. Tenía su custodia hasta que la madre, una sobrina de su mujer,  saliera de prisión.
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domingo, 1 de julio de 2012

El haz de faro

Dos cirros volaban hacia el mar. Pasaron por encima del faro y se precipitaron hacia el acantilado. La luz de la mañana se arrastraba por sus paredes y formaba lagunas de sombras en el suelo. El mar se perdía y se encontraba en los laberintos de las rocas y su aroma a salitre se mezclaba con el café que preparaba Amelia. Desde la ventana de la cocina del faro contemplaba a Belisario caminando al son que marcaban las olas aún dormidas. Las manos en los bolsillos, la cabeza hundida entre los hombros, la camisa ondeando como un pañuelo blanco que dice adiós.
Los días habían devorado el calendario como caníbales y cuando se percató solo le quedaban las últimas horas. Su mundo se apagaba. Yo permanecía en la carretera y los veía moverse lentos como si quisieran alargar los minutos. No quería que nos encontráramos,  sería tan doloroso. Amelia salió del faro con dos tazas humeantes. Su cuerpo de actriz italiana de los años cincuenta se recortaba contra el sol. Ya juntos se sentaron frente al mar en silencio. Solo se escuchaba el murmullo del agua salada. Bebieron el café sorbo a sorbo como si saborearan el mar. Y convocaran los días  de nieblas espantados por el ulular de la sirena. Las noches de lluvia turbia y mar rabioso, veteadas por las luces que no cesaban de girar. Cuando acabaron de tomar el café se dieron la vuelta y se quedaron como dos barcos en la noche siguiendo al faro. Lo rodearon como los presos caminan en círculo, detrás les seguían sus sombras. La brisa meció el cabello de Amelia y bajo la gorra de Belisario bailaba su pelo ondulado.  Entraron. Durante horas no los volví a ver.
El cielo copió el color del mar. El faro se erguía custodiado de tabaibas que reptaban por el suelo volcánico. Aparecieron a últimas horas de la tarde y se quedaron allí, uno junto al otro, con las espaldas apoyadas en la pared. La luna menguante llegó al anochecer con  algunas estrellas salteadas. Dos pardelas cenicientas se elevaron desde el acantilado y planearon sobre ellos graznando ruidosamente. Se levantaron y contemplaron el agónico haz de luz de su faro. Cuando el ronroneo de su coche se perdió ahogado por el rugido del mar, me acerqué. Me habían dejado la puerta abierta. Subí como un cazador furtivo de luces viejas de mar y en pocos minutos puse en marcha el nuevo sistema automático de iluminación.
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domingo, 6 de mayo de 2012

Sincopados


Veo aparecer a Alma Valle mientras ausculto los bolsillos del pantalón y de la chaqueta buscando el mechero. Mi cigarrillo sin encender bailotea entre mis labios cuando pasa a mi lado. Nos miramos como dos chacales con cuentas pendientes. Ella entra y se pierde en la algarabía de la sala. Yo aún permanezco unos instantes quemando mis pensamientos en las antorchas que alumbran el jardín. Pero pronto el aire frío que estrecha las calles me empuja al interior. La barahúnda se confunde con el sonido del mambo. El oleaje humano me acerca y aleja de mi mesa. Me uno a ellos  y muevo los brazos y las piernas como mis sitiadores. El ritmo viaja por mi cuerpo entregado ya a la danza caribeña cuando vislumbro la cinta y la pluma en la cabeza de Alma. Los dedos de banana de su último amante aprietan su cintura y ella le sonríe como si mirara a otro. Resultan una curiosa pareja, él vestido como un pretor romano y ella de alegre flapper. Sigo de largo al compás que marca la orquesta en dirección a la barra. Él toma su mano y ella comienza a girar en perfecta sincronía con las notas. Me esfuerzo por romper la muralla humana que baila entusiasmada el mambo número cinco. El pretor descuida el estrado y la chica moderna de los años veinte se zafa de sus manos. Tropieza conmigo y me vuelvo, mi solitario antifaz me delata. Bailamos el uno frente al otro retándonos a un duelo que vengue el pasado. Y pone su mano en mi hombro y yo la mía en su espalda. Nos vamos alejando del romano hasta perderlo de vista. Las parejas de baile nos empujan en su frenética danza  y nuestros cuerpos se juntan. El rugido de los trombones penetra en la sala. Su mirada cae en mis labios y la mía se propaga por toda su piel. El número del mambo, sí, cinco años sin vernos, desde que no acudió a la cita de aquel hotel en Madrid. Cuando las trompetas resuenan se separa y pienso que lo hace para no sentir. La busqué, la llamé pero solo volvió el eco del silencio. La música le obliga a seguir mis pasos. Nos conocimos en el tren de San Sebastián a Madrid y durante unas semanas el mundo dejó de existir. Me acerco a su oído para pedirle cuentas por su incomparecencia y por las promesas incumplidas, pero los pensamientos enmudecen y solo escucho la palabra ¡mambo! en la voz de los músicos. Sus caderas se balancean enloquecidas y mi deseo encalla desorientado en sus proximidades. Agonizan las últimas notas de los saxofones. Nos soltamos para aplaudir. Me giro y atisbo la pluma de Alma acercándose a la salida. Separo, empujo, desplazo parejas para abrirme paso pero cuando logro alcanzarla ya el romano le coloca su toga sobre los hombros. Me acerco, se quita el antifaz, permanezco con el mío, y ante el pretor le miento, aquel día no me presenté en el  hotel porque descubrí que no sentía nada por ti. Sostuvo la mirada, lo supuse cuando me desperté en el hospital cinco semanas después de que un auto me atropellara aquella tarde y nadie preguntara por mí. Baja los últimos escalones y se aleja con el pretor por el camino de antorchas mientras la toga flamea a sus espaldas. El mambo italiano vuelve a poner a bailar a la sala.
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domingo, 29 de abril de 2012

La órbita de un recuerdo





La punta del lápiz dejaba una estela negra sobre el papel. Mis dedos lo aferraban con fuerza para que las líneas no se desviaran. Formé pulseras sobre una vía láctea imaginaria a las que les colgaba planetas. Poco a poco el sistema solar se fue completando. La clase permanecía en silencio. Cuando comencé a girar alrededor de Saturno, la puerta se abrió como si la abatieran los alisios. César Millán irrumpió en el aula. La maestra fue hacia él. Le pidió que se calmara y trató de sacarlo al pasillo pero él la empujó. Todos abandonamos nuestras galaxias y atendimos a su ruidosa conversación. «No permitiré que acabes con nuestra relación». «Sabes que esto no puede continuar». «Amelia —me pidió nerviosa— vete a buscar a la directora». Pero César me cerró el paso. Furioso, rodeó su cuello con las manos y la zarandeó. El rostro asustado de la maestra se difuminó en una nebulosa como la que envolvió el espacio sideral de mi dibujo.
Recordé aquel día en el que un Mini Morris, de techo negro y laterales granate, se arrastraba sinuoso como un sarantontón por la carretera de lombriz que subía hasta Bórcor. Una llovizna de principios de otoño se filtraba entre las acacias y los laureles de la plaza mayor. Bajo los árboles o la techumbre del quiosco contemplamos la llegada de la nueva maestra que conducía su auto. Una mujer de mediana edad que vestía un traje de oro refulgente,  sandalias mostaza de tacón y rostro intensamente maquillado. Venía acompañada por su marido, Héctor Galván, el flamante juez de paz. César Millán, concejal, la saludó a ella antes que al juez. Les presentó a algunas autoridades y le indicó su nueva casa. 
Hasta aquel día mi vida giraba en torno al universo de mi familia. Cuando la abuela viajaba a la ciudad siempre me traía cuentos con la forma recortada del protagonista. Así, antes de abrirlo pasaba el dedo índice por las orejas arqueadas de un ratón, las triangulares de los cerditos o las volutas laterales de los osos. Si me aburría acudía a la casa de mi bisabuela. Una mujer con el coraje de los huracanes. De joven comerciaba con los ingleses. Pertrechada de frutas partía del sur de la isla, remontaba los barrancos, subía a las montañas y descendía al otro valle. Sus peripecias, las noches a la luz de la luna o de un farol, con la ventisca en contra, la lluvia, y el frío siguiendo sus pasos o la visita helada de la nieve, las relataba a su corrillo de amigas que, tazas de café en mano, las aderezaban con historias de desconocidos despeñados por las laderas, acuchillados en cuevas, mujeres que aparecían y desaparecían entre la niebla o los llantos de niños que nunca se encontraron. Imagen, en blanco y negro, de viudas, vírgenes que no fueron amadas y esposas varadas en el mismo lugar que sus maridos las abandonaron por Cuba o Venezuela, y que practicaban el trueque de historias para ahuyentar el tedio de la vida.

La maestra nos abrió las puertas de ciudad marítima, Las Palmas de Gran Canaria, cosmopolita, con un gabinete literario, teatros, cines, ópera. Nos trajo algo desconocido, palabras que rimadas contaban historias. Y nos presentó a Rubén Darío, a Juan Ramón Jiménez, a Gabriela Mistral, a Góngora o al Lazarillo de Tormes.

Le tiré del pantalón pero me apartó de un manotazo. La maestra se zafó de sus garras, cruzó un pupitre y comenzamos a gritar y golpear las mesas hasta que llegaron otros maestros que lo sacaron a la fuerza.

Esta noche en el Llano de Ucanca, rodeada de mis alumnos de Bachillerato, mientras les señalo las constelaciones, sus nombres y sus formas, recuerdo ese día en el que mi padre pasó a ser sólo César Millán.

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Foto tomada de imágenes de Google

domingo, 18 de marzo de 2012

Los cuentos de Dácil


Levanté la mirada del microscopio y percibí al otro lado de la ventana la noche oscura como una galaxia sin planetas ni constelaciones. Me apresuré  a anotar los últimos datos y registros. Si no me demoraba un minuto más llegaría a tiempo de leerle un cuento a Dácil y brindar con Alberto por mi treinta y cinco cumpleaños.
Coloqué cuidadosamente el instrumental esterilizado,  separé la cantidad necesaria y guardé el resto de los cultivos en el frigorífico.
Salí disparada al pasillo. La percusión de los tacones sobre las baldosas me acompañó hasta el ascensor. Un cartel pegado en la puerta advertía que estaba fuera de servicio. Me aguardaba un largo descenso de nueve pisos. Los peldaños permanecían en penumbra y los descansillos eran apenas visibles por una tenue luz de escasos vatios. No sé cuántas plantas me quedaban para alcanzar la salida pero al sonido de mis pasos se añadió otro más lejano. Miré hacia atrás pero no vi a nadie. Aceleré la bajada. Salté los escalones de dos en dos y algunos de tres en tres. Me detuve un instante y solo escuché el resoplido de una máquina  de   vapor que palpitaba en mi pecho. Reanudé la marcha y volvieron las pisadas fuertes. Me tranquilicé pensando que alguien más se había quedado trabajando. Giré y esperé el encuentro. Un desconocido bajó las escaleras con las manos en los bolsillos del abrigo. Su rostro moteado de sombras se aproximó. Frente amplia, hilvanes del tiempo en torno a los ojos y una cabellera en vías de extinción. Sujeté el bolso como arma de defensa. Sé que aquí está prohibido fumar pero no va a decir nada. El humo blanquecino y el tabaco ardiendo iluminaron su nariz ancha como un helipuerto. Permanecí expectante. Quiero que me acompañe de nuevo al laboratorio. Imposible, mi hija me espera. Lo sé. Un estremecimiento como el rugido del tren cuando atraviesa un túnel recorrió mi cuerpo. Suba usted primero yo la seguiré. Abrí el laboratorio y las luces lechosas nos pusieron al descubierto. Siempre relaciono estos lugares con la morgue. Supuse entonces que estaba ante un loco y corría peligro. Deformación profesional supongo y arqueó las cejas. Debió reparar en mi expresión de máscara griega. Quién es y qué quiere, me desesperé. Es curioso, Ethel, pero nuestros trabajos se parecen. Usted analiza minuciosamente el comportamiento de los microorganismos y yo también investigo pero a otros a especímenes más alargados. La niña en casa, el desconocido reteniéndome, el tiempo que se escapaba como humo de nitrógeno. Le grité. Tranquila. Abra el bolso. No. Hace tiempo que conocemos sus actividades. Cada noche cuando todos se van usted permanece más horas investigando. En realidad trabaja en lo suyo. Me arrebató el bolso y el mundo despareció bajo de mis pies. Está pálida, siéntese. Introdujo su mano y rescató el tubo congelado. En este recipiente de metal, Ethel, se lleva a casa las células madre que reproduce para inyectar a su hija después de los tratamientos de quimioterapia. Y sabe que su práctica va contra la ley.
Observo la calle desde el banquillo de la sala del tribunal. Los jacarandas desnutridas por el invierno mueven sus esqueléticas ramas al silbido de los alisios. Pero solo pienso en la sonrisa de Dácil cuando entraba en su habitación a  leerle un cuento.
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domingo, 19 de febrero de 2012

Él




Tlatelolco

El mercado de Tlatelolco hervía en aromas, plumajes, en rojos intensos, en añiles, verdes selváticos, amarillos como el oro de Moctezuma. Y en ese marasmo de indígenas, cestas de frijoles y maíz descubrí tu rostro azteca, oval, broncíneo. Quise extender la mano y acariciar  la textura de tu piel, pero turistas japoneses me lo impidieron ávidos por fotografiar este mural de Diego Rivera.

Soluble

Kafka nos miraba desde la portada del libro. Tu voz lamentosa como un bolero caía en cascada entre los dos. Me refugié en tus ojos de océano. Hice senderismo por cada una de las líneas que bordeaban tus labios y después me perdí en el laberinto de tu espesa cabellera. Cuando me encontraron, la cafetería ya estaba vacía y tu rostro ancho se había disuelto en el café.

Mirada

Dicen que el mundo se ha terminado. Que el sol se fugó con las nubes y los ríos se volvieron estériles. Aseguran que los mares se hundieron y las cordilleras se precipitaron laderas abajo. La noche apagó las estrellas y la luna murió. No lo sé. Tus ojos achinados me impiden ver.


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domingo, 12 de febrero de 2012

En el atardecer


Una ráfaga de aire cálido le vuela la gorra de capitán a Ernesto Mendoza. Se tambalea en su barca Mar de Estrellas mientras intenta cazarla al vuelo. A pesar de sus acrobacias y contorsiones no logra atraparla. Cae al agua y navega sin timón arrastrada por la corriente. Su quilla la forman el ancla y los galones dorados. El marinero tozudo intenta pescarla con un garfio pero la gorra surca libre sin nadie que la gobierne. Ernesto rema con las fuerzas de un lobo de mar curtido en las tormentas. El sol reverbera en sus cabellos blancos que se izan como velas. La piel de brea de días de salitre y sol brilla en el ocaso. La gorra singla hacia alta mar y el capitán boga sin descanso. Pareciera que su propia vida se aleja con ella. Pese a los años, y que ya apenas sale a pescar, aún conserva la fuerza para aumentar los nudos de la embarcación que va errática o esquivando los remolinos que salpican la mar.

Agradecimiento



Quiero agradecer al  escritor, profesor y comunicador onubense Diego Lopa Garrocho la deferencia que ha tenido publicando en su magnífico y prestigioso blog Del rosa al amarillo uno de mis relatos La viajera de invierno

Es para mí un honor participar en su espacio donde la poesía, las colaboraciones y las múltiples actividades culturales e intelectuales del  autor de Las caras de Huelva o El hombre que nunca existió, se dan cita.

Gracias y estoy muy feliz de que se reciba mi relato en un lugar tan acogedor y de tan excelente literatura

domingo, 5 de febrero de 2012

El vigilante de los cielos




La lluvia en los hoteles no tiene sonido. Se la ve cortando el aire o danzando al ritmo del viento. Abrillantando las fachadas de los edificios o entelando la noche. Y por más que aguzara el oído solo escuchaba las voces del pasillo. Terminé de retocarme la línea de los ojos y bajé a cenar. Me ofrecieron una mesa desde la que seguir contemplando el invierno. Mi rostro quedó suspendido frente a la calle y el ventanal me devolvió una expresión ausente y me sonreí. El carmín se expandió y mi cara pareció aligerarse de las valijas del pasado. Sentada en un archipiélago de mesas ocupadas o vacías, observé de soslayo al resto de los comensales. Allí se congregaban las parejas jóvenes y cómplices, las de mayor edad que comían en silencio y sin mirarse. No faltaba la familia bulliciosa, ni los huéspedes solitarios frente a su copa de vino. Brindé a la nada.

¿Tiempos difíciles para las bibliotecas?


La sociedad tecnológica, enredada en los laberintos de la comunicación digital y virtual, se ha ido anquilosando y, al mismo tiempo, ha perdido la flexibilidad de sus articulaciones mentales. El pensamiento expulsado al ostracismo y la reflexión clausurada por lentitud, han propiciado que el dogmatismo se instale como verdad absoluta sin apenas contestación. Así, acostumbrados a la inmediatez y a lo instantáneo, la dialéctica se considera una reliquia del siglo XIX.  Y en ese escenario emergen agoreros, sibilas mal documentadas, adivinadores iletrados que vaticinan el fin de la biblioteca. Como si el advenimiento de los nuevos formatos electrónicos requiriera tanto espacio como para aniquilar todo el peso que soportan los anaqueles ¿Se aproxima la biblioteca tradicional al cierre por incompatibilidad con los nuevos accesos a la cultura? ¿Se transformará en un lugar de visitas como la casa museo de un escritor? Su evolución histórica parece contradecir a quienes les auguran una muerte cercana.

domingo, 29 de enero de 2012

Alcaravanes en la noche


Graznidos de alcaravanes se multiplicaron en el eco del barranco en aquella noche calurosa. Algunas piedras del sendero se despeñaban cuando tropezábamos entre las sombras que dejaba la luz del candil. Fantasmas de higueras trepaban por la ladera. Raúl arrastraba los pasos y, de vez en cuando, tenía que empujarlo con los cañones de la escopeta. La cabeza le bailoteaba hacia delante y las manos atadas a la espalda le temblaban. El grito de los pájaros arreciaba con el gimoteo de mujer asustada que emitía el poeta. ¡Más rápido cobarde! le gritaba. Él quería retrasar la llegada a la boca del cráter.

domingo, 8 de enero de 2012

La bandeja de cristal


La tarde envejeció pronto y a las cuatro la niebla se deslizó por los jardines y sitió la casa. Me senté junto a la ventana a contemplar las ramas de los sauces como si estuvieran nevadas. Abrí un libro de poemas de García Lorca pero ni siquiera terminé el primer verso. Alguien llamó a la puerta. Era mi vecina Mili que traía galletas de jengibre recién hechas. Me pidió que las colocara en una bandeja de cristal tallado que usaba mi abuela. Yo no la recordaba. Mili que ya bordeaba los setenta insistió. Ella me ayudaría a buscarla. Subimos al desván. Rodamos y abrimos cajas de las que salieron postales, cartas, las gafas del abuelo, los trofeos de natación del tío Horacio, fotos antiguas.