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lunes, 2 de diciembre de 2013

La casa de Jane Austen





Desde que leí las primeras novelas de Jane Austen sentí una intensa curiosidad por conocer su entorno. La ciudad donde vivió, el paisaje que la rodeaba, el rincón de la casa donde escribía clandestinamente. 



Sus novelas inteligentes tienen un elegante dominio de la ironía y no solo narran con destreza e ingenio además ofrecen al ávido y curioso lector infinidad de detalles. Detalles que conforman y configuran personajes e historias y que desde siempre quise observar in situ.






Este verano tuve ocasión de viajar a Inglaterra y aproveché la oportunidad para visitar a Jane Austen en su casa del condado de Hampshire. Viajé en tren desde la estación de Waterloo en Londres hasta la de Winchester. En esta ciudad tomé un bus que me llevó a las cercanías de Chawton a 26 kilómetros. Después de un relajado paseo a pie de apenas diez minutos entré en la pequeña ciudad de  2000 habitantes. Granjas a un lado y otro de la carretera escoltaron el camino hasta llegar a la que fue la casa de la escritora inglesa en los últimos años de su vida.










Una casa museo que conserva algunos objetos personales, cartas, un pequeño piano y sobre todo la mesa donde escribía.




La casa de ladrillo rojo en su exterior consta dos plantas que se comunican por una estrecha escalera de madera. Cocina, comedor y hall en el piso bajo y los dormitorios austeros y de reducidas dimensiones en la parte superior. La rodea un patio con un cuidado jardín inglés y donde se encuentran los cuartos de servicio, almacén y una calesa.













Jane Austen nació el 16 de diciembre de 1775 en Steventon. Más tarde se traslada con su familia a Southampton y finalmente recala en Chawton en 1809. Es aquí donde revisa Sentido y sensibilidad, intenta publicar Orgullo y prejuicio y comienza a trabajar en la deliciosa novela de Mansfield Park. Más tarde escribe dos grandes e inteligente novelas, Emma y mi favorita, Persuasión. 

Recorrí la casa de Chawton con la emoción de los fragmentos de sus novelas revoloteando por mi memoria. Poniendo arquitectura y escenario a tantos capítulos. Me detuve en la lectura de sus cartas, en su letra menuda, en la tinta. Y sobre todo permanecí un tiempo frente a la puerta de la estancia donde la escritora escondía su mundo literario. Esa que chirriaba si alguien venía y le daba un margen de tiempo para ocultar su manuscrito.




Sugerente fue mirar a través de las ventanas de las habitaciones, de los pasillos y de la escalera. Los espacios luminosos a través de los que contemplar el mundo pero también de percibir cómo éste se colaba en interior de la casa.





Jane Austen murió a los 41 años, el 18 de julio de 1817 y está enterrada en la catedral de Winchester. Pero su obra sigue muy viva y es una lectura que no me canso de recomendar y de revisar.





Enlace se accede a la Casa Museo de Jane Austen





martes, 23 de agosto de 2011

Al caer la noche



Ningún mañana puede restaurar nuestros rayos
William Wordsworth


El diamante fue extraído en Sudáfrica y tallado en Amberes. Primero perteneció a mi bisabuela y mi madre se lo entregó a Manuel el día de nuestra boda. Me gusta contemplarlo bajo la lámpara de Tiffany y extraerle toda la gama luminosa que es capaz de irradiar. Lo acerco, lo ladeo, lo someto a las sombras, lo envuelvo en el humo del cigarrillo o simplemente elevo la mano y lo enfrento a la noche vigilante al otro lado de la ventana. Cuando la puerta de su estudio se abre y escucho sus pasos discretos sobre la alfombra del pasillo, apago la luz y giro la sortija acariciando el viejo diamante granate. Se detiene, supone que ya duermo, sus pisadas se alejan escalera abajo, cierra la puerta principal y asciende hasta mi habitación el crujido de la gravilla aplastada por las suelas de piel que caminan hacia el Nash de 1929. El motor ronronea en la noche y muere en la carretera que lleva al club. Desalojo la oscuridad, salgo precipitadamente al pasillo y como el adicto al opio inhalo su aroma mezcla de tabaco Cavendish holandés de pipa y menta. Persigo su rastro ingiriendo hasta la última partícula del efluvio que me regresa la imagen de sus amplias espaldas cubiertas por un elegante esmoquin negro y su cabellera peinada con una delgada senda en el lado izquierdo de la cabeza. Mis brazos se abren mientras busco su cuerpo como si aún estuviera aquí y simulo rodearlo. Introduzco mis manos bajo los bíceps musculosos de antiguo remero universitario, avanzan hacia el pecho y se deslizan por el abdomen firme y la imagen fenece al sur de su ausencia

sábado, 15 de enero de 2011

¿Mark Twain o Samuel Langhorne Clemens?


Asisto atónita a la pulcra revisión que una editorial estadounidense ha realizado de Las aventuras de Huckelberry Finn y Las aventuras de Tom Sawyer, a instancias de algunos profesores universitarios del sur de los Estados Unidos. La intención de estos eruditos es la de dulcificar algunos términos despreciativos, como nigger o injun, que escuchados en el siglo XXI pueden resultar ofensivos. Aunque lo que debe escandalizar es que, una vez más, una interpretación personal prevalezca por encima del arte y de la creación. Pero la gravedad de este atropello es que sienta un terrible precedente. Resulta preocupante que a partir de ahora, en nombre de una determinada visión moral, se pueda invadir y modificar una obra literaria hasta hacerla digerible y cercana a esos posicionamientos. Grave fue, por ejemplo, la tropelía que cometió el editor Gordon Lish con los textos de Raymond Carver, suprimiendo hasta un cincuenta por ciento de De qué hablamos cuando hablamos de amor.