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sábado, 23 de marzo de 2013

La décima campanada




Alberto colocó cuidadosamente su camisa blanca en una silla,  junto a los tejanos que se quitó después. Quemó una a una las hojas de su currículo que tan arduamente repartía a diario desde que, un año atrás, lo despidieron del colegio. Recordó la sonrisa de Alba pocos días antes de recibir la carta que le paró el corazón. Miró el reloj y se tendió sobre la cama. Apagó la luz y esperó en la oscuridad el sonido de las campanas de la iglesia de La Concepción. Contó hasta la novena. La muerte le llegaría en la décima, según le aseguró, aquella mañana, una gitana en la Plaza del Adelantado. Las ramas de las palmeras callaron. La lluvia que babeaba por la boca de las gárgolas de La Laguna cesó. Y sobrevino una negrura sorda. Él se adentró ligero por el viejo túnel de los sueños, pero éstos ya se habían marchado. Ni rastro de voces, de historias absurdas o deseadas, de huidas a cámara lenta, de colores intensos, de gritos en silencio. La muerte, comprendió, era ausencia.
Un estruendo metálico lo devolvió a la vida, a esa vida prestada que otros le alquilaban. Corrió a la ventana sin reparar en las radiantes salpicaduras rojizas del amanecer.  Y los vio allí, golpeando con una barra de hierro la puerta de su casa. Venían a desahuciarlo. Bajó las escaleras y esperó a que irrumpieran. Le mostraron documentos judiciales y le hablaron de sentencias por impago. Salió a la calle. Los vecinos lo rodearon, lo arroparon. Se dejó llevar hasta mi casa. Allí permaneció sentado con la mirada perdida en una fotografía en blanco y negro que colgaba de la pared. 
—Irene, me gustaría saber —habló por fin— qué se oculta tras la niebla. 
Me acerqué y observé pequeñas luces moteadas en la imagen. 
—Es una calle iluminada—aventuré. 
—Puede ser un barco que navega ahogado por la neblina en el Mar del Norte. 
—No —insistí—, es una ciudad despertando a la noche. Tal vez solo son velas que arden cubiertas por su propio humo, o antorchas al borde del camino. 
—No Irene, deben ser almas errantes que vagan con faroles en la mano. 
Me acerqué y aspiré su aroma a naranja y madera húmeda,
—Son amantes  furtivos — Y una leve sonrisa se dibujó en su rostro ojeroso y con barba de días. 
Ya debo irme —dijo a última hora de la tarde—. Al parecer a mis cincuenta años tengo una nueva vida y la he de encontrar. 
Antes de que llegara a la puerta me coloqué a su lado.
—¿Y si esperas aquí, conmigo, a que la niebla se vaya?
Volvió junto a la fotografía.
—La décima campana no sonó, aún me queda tiempo.




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martes, 18 de enero de 2011

El desahucio


Mi vecino Dionisio estaba sentado sobre un baúl en el jardín. Rodeado de muebles a medio embalar, bolsas de plástico llenas de enseres, cajas de mudanza, inmóvil en medio del trajín de hombres de gris que entraban y salían de la casa, sacando sus pertenencias y ubicándolas en camiones. A pesar de su nombre ese día no hacía honor al dios griego. Tenía la cabeza ladeada y ligeramente inclinada, la vista extraviada en las raíces del césped y el rostro desencajado. Su abdomen destacaba por la posición sedente que había adoptado, los mofletes caídos y la cabeza brillaba lisa como una pista de hielo. No se me ocurrió mejor frase que ofrecerle un café que rechazó con un seco no. Supongo que la negación fue el artilugio más contundente que encontró en ese instante para negar su propia realidad. Trabajó duro en su empresa de materiales de construcción y renunció a tanto para comprar aquel adosado en las afueras de la ciudad. Sembró césped, plantó dos naranjos y unos cuantos rosales por deseo de su mujer. Águeda, que no me desagradaba pero a veces evitaba entrar por la puerta principal para no tener que encarame con ella.