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domingo, 13 de febrero de 2011

Los libros invisibles




Amanece en Nueva York y por la Quinta Avenida se aproxima un taxi amarillo que se detiene y del que desciende Audrey Hepburn. Es la primera escena de la película Desayuno con diamantes (Breakfast at Tiffany’s, 1961). Desde una imagen espectacular se ve a la protagonista de espaldas, vestida con un impecable traje negro de noche. El zoom de la cámara la reduce a un plano medio que, en contrapicado, lee el letrero de la joyería Tiffany & CO. Se acerca al escaparate mientras el plano se abre. La cámara la rodea, ya la podemos visionar de perfil, instante en el que abre su bolsa, extrae un cruasán, un vaso de café y comienza a desayunar mientras contempla, a través del cristal, las joyas de la tienda neoyorquina. La banda sonora de la canción Moon River la envuelve.

sábado, 15 de enero de 2011

¿Mark Twain o Samuel Langhorne Clemens?


Asisto atónita a la pulcra revisión que una editorial estadounidense ha realizado de Las aventuras de Huckelberry Finn y Las aventuras de Tom Sawyer, a instancias de algunos profesores universitarios del sur de los Estados Unidos. La intención de estos eruditos es la de dulcificar algunos términos despreciativos, como nigger o injun, que escuchados en el siglo XXI pueden resultar ofensivos. Aunque lo que debe escandalizar es que, una vez más, una interpretación personal prevalezca por encima del arte y de la creación. Pero la gravedad de este atropello es que sienta un terrible precedente. Resulta preocupante que a partir de ahora, en nombre de una determinada visión moral, se pueda invadir y modificar una obra literaria hasta hacerla digerible y cercana a esos posicionamientos. Grave fue, por ejemplo, la tropelía que cometió el editor Gordon Lish con los textos de Raymond Carver, suprimiendo hasta un cincuenta por ciento de De qué hablamos cuando hablamos de amor.

sábado, 8 de enero de 2011

La ira necesaria

Los parques públicos de Sarajevo, Mostar y otras ciudades de Bosnia-Herzegovina, están llenos de tumbas de jóvenes soldados —siempre permanecerán jóvenes— entre las que juegan los niños. Son los muertos de la ira. La noche de los cristales rotos con la quema de miles de libros, el saqueo de tiendas y secuestro de judíos, en la Alemania de 1938, marca el inicio de la ira colectiva, ruidosa, silenciosa o cómplice, que desembocará en el Holocausto. Los Tribunales de la Santa Inquisición practicaron la ira de la intolerancia. Los colonizadores llevaron a América la cólera de la avaricia y con ella la destrucción. Está la más temible: la oculta, la solapada, la que habita y se confunde con la envidia o los celos y se manifiesta de manera sutil e hiriente. Una palabra poco extensa en la forma pero insondable en el contenido. Se la puede categorizar, estructurar, organizar, codificar, analizar desde el punto de vista psicológico, psiquiátrico, sociológico, o lingüístico. Casi siempre, ligada a esa connotación que Séneca denominó como la pasión más sombría. Sin embargo, la ira posee, también, una vertiente catalizadora, capaz de actuar como una argamasa con la que edificar construcciones sólidas, estéticas y creativas.