La
tarde envejeció pronto y a las cuatro la niebla se deslizó por los jardines y
sitió la casa. Me senté junto a la ventana a contemplar las ramas de los sauces
como si estuvieran nevadas. Abrí un libro de poemas de García Lorca pero ni
siquiera terminé el primer verso. Alguien llamó a la puerta. Era mi vecina Mili
que traía galletas de jengibre recién hechas. Me pidió que las colocara en una
bandeja de cristal tallado que usaba mi abuela. Yo no la recordaba. Mili que ya
bordeaba los setenta insistió. Ella me ayudaría a buscarla. Subimos al desván.
Rodamos y abrimos cajas de las que salieron postales, cartas, las gafas del
abuelo, los trofeos de natación del tío Horacio, fotos antiguas.
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domingo, 8 de enero de 2012
La bandeja de cristal
La
tarde envejeció pronto y a las cuatro la niebla se deslizó por los jardines y
sitió la casa. Me senté junto a la ventana a contemplar las ramas de los sauces
como si estuvieran nevadas. Abrí un libro de poemas de García Lorca pero ni
siquiera terminé el primer verso. Alguien llamó a la puerta. Era mi vecina Mili
que traía galletas de jengibre recién hechas. Me pidió que las colocara en una
bandeja de cristal tallado que usaba mi abuela. Yo no la recordaba. Mili que ya
bordeaba los setenta insistió. Ella me ayudaría a buscarla. Subimos al desván.
Rodamos y abrimos cajas de las que salieron postales, cartas, las gafas del
abuelo, los trofeos de natación del tío Horacio, fotos antiguas.
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