Biografía Literaria

Felicidad Batista (Arafo, Tenerife). Licenciada en Geografía e Historia. Especialidad en Historia del Arte. Escritora y bibliotecaria de la Biblioteca de Presidencia del Gobierno de Canarias. Autora de la novela Finis Mare 1ª ed. (2017), 2ª ed. (2018), 1ª reimpresión 2020; Relatos de la Patagonia (2017), 3ª reimpresión 2019 y Los espejos que se miran (2014), 2ª reimpresión 2018.

Ha publicado en treinta y cinco antologías. Ha escrito para revistas literarias en Venezuela, Argentina, Chile, Perú y España. Ha colaborado en secciones literarias de periódicos canarios y de Aragón y Valencia.

Declarada su actividad literaria de Interés Cultural por la Secretaría Cultural de Mar del Plata (Argentina).

Vicepresidenta de la Asociación Cultural Canaria de Escritores-ACTE, donde dirige la colección de narrativa Teide. Socia de la Asociación Cultural Canario Argentina Pedro Lino (ACCA). Pertenece al colectivo literario Generación Bibliocafé de Valencia.

Colabora en las revistas digitales Tamasma Cultura en la sección “Tinta de drago” y en Tenerife en Activo. Pertenece al grupo literario “Voces desde la intimidad”. Participa en el programa de radio cultural Faro al Sur de Argentina con la sección “Desde el otro faro”. Impartió una master class sobre el género del microrrelato en UNICEN, Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires (Quequén), en el I Encuentro Internacional de Microrrelato organizado por el Centro Cultural Kemkem. Participó en el Festival de Literatura y Viajes “Periplo” (Puerto de la Cruz). Jurado de certámenes literarios internacionales en Argentina, Chile y España.

Primer premio I Certamen Pleamar de Microrrelato, Argentina. Segundo Premio 55º Concurso Internacional Poesía y Narrativa, Argentina. Segundo Premio XIII Certamen del Centro Cultural del Tango, Argentina. Tercer Premio XII Certamen del Centro Cultural del Tango, Argentina, Premiada en el Concurso Literario Gonzalo Rojas Pizarro y en el Certamen Internacional Lebu en pocas palabras en Chile. Primeras Menciones, Menciones especiales, de honor y finalista de distintos certámenes literarios nacionales e internacionales.

domingo, 26 de junio de 2011

Tinta negra

Mathew vestía muy extravagante para su época. Portaba trajes oscuros de raya diplomática, pantalones de pinzas, anchos de pernera pero ajustados al tobillo con la vuelta hacia afuera, chaqueta cruzada y pañuelo asomando por el bolsillo superior, camisa blanca y corbata de seda a rayas o a lunares. Su pelo, rubio y liso, permanecía atrapado bajo densas capas de gomina, invencible a cualquier ataque de brisa o viento que se atreviera a sobrevolar su cabeza. En invierno lo cubría con un sombrero borsalino negro, ligeramente ladeado, al estilo de Robert Mitchum, y en verano lo sustituía por un panamá. Los zapatos, siempre de cordones, eran bicolor: negro-blanco o blanco-marrón. Y un cigarrillo, encendido o apagado, colgando de la comisura de los labios. Mathew nunca estuvo contento con su origen, no perdonaba a sus padres, ni a sus abuelos, ni al conjunto de sus antepasados que no hubieran sido extranjeros. Sólo le consolaba pensar que al nacer en las Islas Canarias, en algún momento del siglo XVI o XVII, los fundadores de su estirpe proviniesen de tierras umbrosas y lejanas. Su piel rosácea y el centeno de su cabello lo acercaban a anglosajones, nórdicos, o alemanes, aunque fotos antiguas y documentos de archivos civiles y parroquiales lo desmentían.
Mathew era contable de una agencia de aduanas y cuando se hartaba de las tediosas sesiones de tablas numéricas, mercancías importadas, impuestos de arbitrio y otras cargas fiscales, sus pensamientos se precipitaban, través de los ventanales, y se anclaban en los barcos fondeados en el puerto, dispuestos a zarpar a los Canary Wharf de Londres, a Cádiz, a La Guaira o a Nador.

domingo, 5 de junio de 2011

La Zarina*

Su andar semeja dos platos de una balanza mal equilibrados. Entra en la consulta buscando un aire que hace algún tiempo los pulmones le niegan. Emite una sonrisa para espantar el dolor que las pecas desparramadas por la piel como estrellas apagadas no consiguen ocultar. Doctora todo va bien si no fuera porque ya no fabrican oxígeno para mí. Seguro que sigues fumando y me jura que no hay más tabaco que el que ardió y yo la reto con la mirada y ella me ausculta con la suya. La tensión sube por sus arterias como si el pasado se hubiera vuelto sangre y navegara a gran velocidad por canales angostos. De su pecho emerge un rugido a entrañas de volcán antes de la erupción. Los latidos del corazón parecen sigilosas pisadas de gato y La Zarina musita, que algo va mal, que es imposible que su corazón emita el más leve sonido, que éste se paró hace más de treinta años y yo le sigo la broma, justo cuando comenzó a bombear el mío, y nos sonreímos.
Amalia Valcárcel me vuelve a contar la historia como aquella vez, cuando comencé a trabajar en el hospital y fue mi primera paciente. Se acostumbró a vivir entre los escombros de la sífilis, el whisky de alambique y los recuerdos de la mejor casa de citas de la ciudad.