jueves, 20 de octubre de 2016

Arafo Pregón Fiestas Patronales 2016





Vídeo Pregón Fiestas Patronales Arafo 2016

La noche del 29 de julio de 2016 no fue una noche más de viernes. Fue la noche. 
Un honor como pocos: la lectura del pregón de las Fiestas Patronales de Arafo. Villa en la que nací y lugar de mis primeras lecturas y relatos. Mi Bórcor literario, escenario real e imaginario, recreado  desde las emociones de la nostalgia y los recuerdos. Desde las historias que escuché, me contaron o simplemente inventé con la ayuda necesaria de cumbres y barrancos, de laderas y mar, de los alisios y la música que recorre sus calles, de pinos y nubes milenarias como el Pino del Señor.
Fue un viaje por el que considero que es un inmenso continente.
El acto fue presentado por Javier Caraballero Morales. Además de la lectura del pregón, se presentó el cartel de la Romería de San Agustín de Yamel Rodríguez León y la magnífica actuación del grupo musical Ensamble dos orillas. Una noche que no olvidaré.
Reiterar mi agradecimiento a la Comisión de Fiestas por esta inesperada y emotiva propuesta, al Alcalde don José Juan Lemes, a la Concejala de Cultura Vanessa Flores Padrón, a todos los que integran la corporación municipal,  los que tuvieron la deferencia de asistir esa noche al Auditorio Juan Carlos I, a los araferos y araferas, a los visitantes y amigos, a la familia. A los que escucharon la transmisión de Sergio Mederos por Radio 6 Tenerife y de Tomás González Díaz Radio Mínima FM, que tuvo la amabilidad de cederme  el audio.

Agradecer a Frasquita Coello Batista por facilitarme las imágenes de la grabación del acto.


PREGÓN FIESTAS PATRONALES DE SAN JUAN DEGOLLADO, SAN AGUSTÍN Y SAN BERNARDO
Por Felicidad Batista Fariña

Buenas y festivas noches

Agradecer al Señor Alcalde, Don José Juan Lemes Expósito, a la señora Doña Concejala de Cultura Vanesa Flores Padrón, por confiar en mi y otorgarme el inmenso honor de presentar el Pregón de nuestras Fiestas Patronales 2016. Al Viceconsejero de Empleo del Gobierno de Canarias y escritor Don Rafael Yanes, al cura párroco Don Juan Francisco Alonos. A toda la Corporación Municipal de la Villa de Arafo por su ayuda y cooperación, a los visitantes, a los amigos, a la familia, a los araferos y araferas que esta noche han tenido la amabilidad y deferencia de asistir. Entendiendo por araferos, por supuesto, no sólo a los que hemos nacido aquí sino, también, a los que han llegado de otros lugares y no han dudado, un sólo instante, en compartir el mismo sentimiento y ser parte activa de nuestro pueblo. Mi madre llegó de las Cuevecitas de Candelaria y siempre se sintió arafera sin renunciar a su origen. Y así tenemos araferos de diferentes procedencias: araferos de Güímar, de Candelaria, de Gran Canaria, de La Palma, de La Gomera, de Aragón, de Valencia, Galicia, de Alemania, de Inglaterra, bueno a estos últimos tengo que volver a preguntarles después de lo del Brexit. 

Mientras caminaba por el angosto y alto pasillo que conecta la calle Rafael Clavijo con la calle Amílcar González, y veía en perspectiva, a un lado, las farolas en hilera y, al orto, las paredes de este Auditorio, me preguntaba para qué me citaba el señor alcalde un lunes de julio. Esa tarde, el sol bajaba por el Pico del Valle, se entretenía entre los pinos del Monte Verde y, en tobogán, se precipitaba por el Barranco de Añavingo. Nos sentamos en la plaza, en torno a un refresco y a un café, y el misterio se desveló rápidamente. El señor alcalde me propuso presentar el Pregón de este año de nuestras Fiestas Patronales de San Juan Degollado, San Agustín y San Bernardo. Recuerdo que el sol también caía, en gotas y a borbotones, de la fuente. Sentí una mezcla de gran honor, privilegio y, al mismo tiempo, de responsabilidad. Y una imagen, como una estrella fugaz cruzó mi memoria. Los zapatos de charol de mi infancia brillando bajo las farolas de la plaza en las noches de pregón, donde, de fondo, el viento sacaba notas a las ramas de los laureles de indias. Confieso que cuando esa imagen de niña espectadora de zapatitos brillantes se miró al espejo de la posible pregonera de 2016, tuve una sensación de vértigo, y, de ese instante de emoción contenida, al honor, a la ilusión y a la magia de esta noche. 

Antes de empezar a pronunciar el Pregón quiero hacerles saber que, aunque estén sentados cómodamente en sus butacas, van a caminar todo el tiempo que dure mi intervención. Será un viaje a Arafo, desde Arafo, por Arafo, incluso desde fuera de Arafo, hasta desembocar en nuestras Fiestas Patronales.
Soy hija de Tomás y de Olga, hermana de Tomás. Vengo del Lomo de atrás, de la antigua calle Galván, hoy lleva el ilustre nombre de Antonio Curbelo; también soy del Aserradero, de la Cruz. Aunque crecí escuchando el sonido de los laúdes, guitarras, mandolinas, trompetas y trombones y proceder de una familia de músicos e intérpretes, tanto por el lado arafero, tatarabuelos, bisabuelos, mi hermano, mis primas Roselia, Dolores y Nieves, primos segundos, como por el materno de las Cuevecitas de Candelaria, de mi tío Alipio Fariña y mis primos Alipio, Marisol, Cecilio e Ise, yo me fui a navegar al mar de las palabras. Pero esas palabras siempre tienen un fondo a partitura y la música se cuela en las historias, en las frases y en muchos títulos de mis relatos como Tormentoso blues, Pasos de danzón, Bolero, Aria nocturna o Tango mar.

Así comienza el relato Detrás del humo, publicado en Valencia, inspirado en una fotografía antigua de la plaza de Arafo, cuyos datos históricos tuvo la amabilidad de facilitarme Febe Fariña.

«El sonido metálico de los platillos aplastó la última nota. El director levantó la visera de su gorra y, con un golpe de mano en el aire, dio por concluida la primera parte del concierto. La batuta rozó el atril y la dejó junto a las partituras. Un mar de sombreros se agitó en la plaza y el oleaje de aplausos rodeó el kiosco donde permanecían los músicos. Las voces gritonas reanudaron las charlas, suspendidas por la irrupción de marchas y melodías de zarzuela. Las madres dejaron corretear a los niños. Las jóvenes, con descaro o sofisticado disimulo, barrieron bancos y muros con la mirada, en busca de sus amores comprometidos o platónicos. Anselmo, aprovechó para echarse un trago de vino. Rosalía, le enderezó el sombrerito a Eladio. Arturo Acuña, detrás de su espeso mostacho, continuó hablando de su inminente viaje a la bisoña república de Cuba. Siete años después de su independencia escondía incontables tesoros. Y él aseguró, ante sus incrédulos vecinos, que regresaría hacendado y rico. Santiago Ferrera, daba caladas a un puro, elaborado por él, con las hojas de tabaco traídas ―única fortuna― de su desastroso periplo de marino de guerra por el Caribe. El resto de borquenses, con las manos en los bolsillos, las piernas cruzadas, los brazos en jarra, sentados y de pie o paseando, quedaron a la espera de la reanudación del concierto.» 

En Nash de 1929 también se refleja esa vertiente musical en lo literario. Publicado en Valencia, cuenta las peripecias de un comerciante inglés que llega a Bórcor (Arafo) en 1931 y por una avería de se automóvil, un Nash modelo de 1929, debe permanecer unos días en el pueblo. 

«Llenó una de sus maletas con la porcelana y se internó en Bórcor. Descubrió que sus callejuelas no eran bulliciosas como las atestadas calles londinenses pero sonaban a música. De pronto el repiqueteo de las notas de un piano se propagaba por una esquina, dos zaguanes más allá surgía la melodía de un clarinete que le recordaba Un mercado persa de Ketèlby. Sin duda era Purcell o Handel el que se descolgaba por un balcón en vibrantes violines. Y no faltaban tubas, fagot, trombones, trompetas o un corno inglés. Cada casa era una caja de resonancia con melodía propia. Pero una voz lo retuvo más tiempo de lo que sus libras le aconsejaban. Quedó cautivo, como seducido por lotófagos,  frente aquella ventana azul de guillotina. Sentado sobre la maleta escuchó Un bel di vedremo. Y recordando sus veladas en el Royal Opera House aplaudió hasta que Ángela Millán asomó por un postigo. Asoleada, y con el pelo castaño recogido en dos trenzas, esbozó una leve sonrisa.» 

En este otro, Tango mar, premiado el pasado diciembre en Buenos Aires la música fluye entre las palabras:

«Y el bandoneón nos sumerge en el tango. Pasos que sigo, persigo en la noche salobre. Pasos por dentro, pasos por fuera. Se va, viene. Voy, lo busco. Giramos en la locura de los violines. Perdidos ya en el laberinto del tango. Sé que cada compás es el último y cada movimiento, lo aleja, me despide. Y la voz del cantante, se alza entre los instrumentos en la  noche triste que el mar envuelve. El bandoneón desgarra el momento y siento la levedad bajo sus brazos que me llevan y traen como olas que alcanzan la orilla, como restos de naufragio, en una playa desierta, en un isla sin música, sin el cadencioso cimbrear de sus antiguas palabras, notas armoniosas que viajaban al otro lado del nuestro tango. […]. Y llega el último. Las notas de arrabal de los violines, el contrabajo, el piano y el bandoneón, desangran el tiempo. Nuestra danza entre ganchos, enrosques, molinetes, giros, trabadas, barridas, boleos, muere en el paso final, en el abrazo que sin querer me da. No escucho los aplausos, ni las voces que piden otro. Este tango terminó. Y sólo espero que en su nuevo puerto, la soledad lo ancle, la nostalgia lo sitie, y que mi olvido single, errante, por los caminitos de la mar que la luna enciende».

Arafo es infancia y patria, adolescencia y sueños. Y el regreso donde el silencio, algún día, me habitará. Es el Bórcor de mis relatos, de mis novelas. Ese lugar imaginario que no ficticio, sino que está construidos con teselas de realidad, de paisajes, de calles, de edificios, que, he ido guardando en el laberinto de la memoria. Para rescatarlos desde el recuerdo y volverlos literatura. De lo que haya escrito, ya esté referido a Buenos Aires, Nueva York, Santiago de Chile o, a mi querida ciudad chilena de Lebu, deviene siempre de vivencias, sensaciones, emociones, historias, destiladas desde el Volcán de las Arenas hasta la playa de Lima. Desde la niñez hasta hoy.
Tenía tres años cuando realicé mi primer viaje. Mi madre me vistió para ir a la Fiesta del Carmen y sin pedir permiso, visado o pasaporte, me lancé al camino y anduve un buen trecho empedrado, lomo abajo, hasta que un vecino, en las cercanías ya del Barrio del Carmen, alarmado por mi aventura en solitario, me devolvió a mi casa, donde todos me buscaban y no se explicaban cómo había sido capaz de llegar al Carmen. No se les ocurrió pensar que yo ya era una caminante de Arafo.
Pocos años después, mi amiga Montse, y yo, teníamos que ir cada tarde a buscar la leche de vaca a la casa de doña Eva y Urbano, en la Calle Nueva. De ese deber, hicimos innumerables expediciones a nuestro imaginarios nuevos mundos. Doña Eva nos vaciaba la leche, de su jarro de aluminio, en nuestras lecheras y nos marchábamos contentas a explorar. Dejábamos las garrafas debajo de algún parral y nos íbamos a abrir caminitos. Atravesábamos canteros, daba igual que estuvieran plantados de papas autodates o quineguas, de habichuelas o de millo. No dudábamos en pisar surcos pero si teníamos cuidado en bordear los semilleros. La misión de descubrir un nuevo camino cada día era nuestro objetivo inaplazable. Cuando el dueño de la finca nos interceptaba teníamos que huir como prófugas. Pero podía ocurrir algo peor, infinitamente peor. Que, en nuestra ausencia, cualquier roedor, gato o un simple golpe de viento volcara las garrafas. Pero, aún, encontrándolas en pie y sin percance alguno, de regreso, desafiábamos las leyes de Newton y le dábamos vueltas a la garrafa como aspa de molino y, no pocas veces, cedía la tapa y, como Cleopatras, nos bañábamos en leche. También, si la noche nos sorprendía, cosa algo frecuente, nos salía el lado astrofísico o la vena poética y nos dedicábamos a contar estrellas y unir constelaciones. Y en eso de mirar a la vía láctea nos olvidábamos de la otra vía láctea, la que se derramaba a nuestros pies. Y quedaba lo peor. Enfilar la empedrada calle Galván y pasar los controles de la dos aduanas. Dos auténticos Checkpoint. La primera, frente a la casa de Nergio y Grecia. Yola, la madre de Montse, la esperaba en la puerta, lo que le ocurría a ella era lo que me esperaba a mi en el segundo puesto fronterizo. En la esquina de la casa de las Amparo, delante de la de Cira y Claudio, la figura de mi madre, con los brazos en jarra, se recortaba en la oscuridad. Ahí, naufragaba la expedición de esa tarde.
Cada sábado hacía otro camino, más largo y sinuoso, con mi abuela Magdalena. Bajábamos hacia El Pino. A veces entrábamos en el almacén de Miguel o hacíamos escala, más abajo, en el de Carmela. Después continuábamos hacia las Cuevecitas, donde vivían mi bisabuelo Agustín y mi familia materna. Recuerdo que mientras caminaba me iba inventado cuentos y poemas. 
Y también estaba el viaje de los sabores, los aromas y la magia del cine. Algunos domingos, muy temprano, antes del amanecer, en la plaza, mi abuela Felicidad y yo, subíamos a la guagua y nos bajábamos en La Hidalga. Dejábamos a un lado la gasolinera de Diógenes y su mujer y entrábamos en la panadería de Ignacio y sus hermanas. Los panes se alineaban sobre la mesa bajo bombillas nevadas de harina, listos para hornear o, los que estaban a punto para el reparto, asomaban, curiosos,  sus picos en las cestas. El sabor cálido al pan crujiente de matalahúga es un de mis paraísos perdidos. Continuábamos por el Carretón a pie hasta llegar a la cueva de mi bisabuela, Madre Lupa, en la playa del Socorro. El aroma a mar envolvía la mañana. Me sentaba en el patio y, una a una, releía aquellas revistas antiguas, que Luciano, el fotógrafo, le había regalado a mi bisabuela y donde venían las biografías y avatares de actor y actrices de Hollywood como Rodolfo Valentino, Pola Negri, Greta Garbo y tantos otros. Cuando me hundía en esta lectura con textura de celuloide, el mar aún podía esperar. 
Para ir a la Escuela, hoy edificio consistorial, tenía dos rutas y a su vez múltiples atajos. Una por el Aserradero. Podía encontrarme con Margarita, Remedios o Luisa Mari en la esquina. Pasaba por delante de la venta de Pedro y Teresa, del garaje de Ismael, Anita y Frasquita, de la capilla de la Cruz. Atravesaba la Plazoleta descampada donde jugábamos al brilé. Dejaba atrás la de Begoña Hernández Batista, artista arafera en Lanzarote, recuerdo el chocolate caliente que nos preparaba su madre Amalia para la merienda. Entraba en la panadería de Valentín Fariña para ir a buscar a mi amiga Cory. Y era fascinante contemplar, por la mañana, ese trajín de panes redondos y, por la tarde, el incesante ir y venir de mujeres con milanas de bizcochos y bizcochones para dejarlos y sus tías los sacaban, más tarde, del horno de leña. Según la hora, podía incluir un polo de cubitera, sabor naranja o limón, en la venta de Nilo. Y otra panadería, la de Arecio y su mujer, asomaba por el callejón cercano.
La otra ruta a la Escuela, bajaba por el Lomo, caminaba o corría sobre  la estrecha acera, es decir, la tajea tapada de cemento. No pocas veces también pista de aterrizaje. Coincidía, a veces, con Merci, Mari Carmen Batista y su prima Merci o Eloina. En ocasiones, pasaba por la venta de Teresa, a un lado del Convento; otras hacíamos escala en la casa la bisabuela de Montse, y allí, su abuela, Madre Fe, nos aprovisionaba de bocadillos con el pan cumplido que hacía su padre, Mundo. Y bien, seguíamos por El Paso de la Flora a buscar tablones a la carpintería de José Daniel o de Efraín para jugar más tarde o bien, optábamos por el Barranquillo (calle Jesús Santiago Guanche) y, Elvira la Catire, una anciana de aspecto extranjero, nos daba caramelos. 
No faltaron las excursiones al Barranco de Añavingo y, sobre todo, a Lo Ramos, a pasar un día junto a los hornos de piedra y las ruinas agustinas. Excursiones donde siempre había tarta de moka y la odiosa, en aquel entonces para mi, ensaladilla rusa. Yo me preguntaba que si la Dictadura había prohibido todo lo que venía de Rusia porque seguía tan libre y andarina la dichosa ensaladilla.
No quiero olvidar la importante aventura de las tarde del domingo, en la primera sesión del Cine Pérez, donde, desde Arafo, viajábamos al otro lado de la gran pantalla. Y que años después reflejé en un relato titulado Primer plano:

«Reconstruí el cine que quedó completamente inundado. Y Bórcor siguió soñando en blanco y negro. Hasta que una noche cayó una fuerte helada. Permanecíamos sentados frente una solitaria estación de trenes. Un hombre con sombrero esperaba entre las sombras del andén. El humo de su tabaco se fundía con la niebla que viajaba por los raíles. De las sombras emergió una mujer de melena rubia. Un zoom acercó su rostro hasta ocupar toda la pantalla. La actriz se hacía llamar Llith Maine pero Teobaldina, la antigua acomodadora del cine, apareció en un primer plano, tan cerca y tan inaccesible.»

Significar, también, las puertas y cancelas que me abrieron a nuevos caminos y las llaves que me dieron para otros, los maestros y maestras: doña Paquita, doña Rosa Mari, doña Juana, doña Crucita, don Joaquín, don Rafael, don Juan Miguel y Doña Josefina, que aunque no tuve la fortuna de que me diera clase, era la directora y su labor educativa ha quedado para siempre. No olvido a mis maestras de los períodos estivales: Nazareth, Edelmirita, Nelsita y Teresa la de Native. 
La ruta a la biblioteca pública en las tardes de la adolescencia. Después de solicitar a Tomás algunos libros en préstamos nos íbamos a la plaza y nos sentábamos junto a la iglesia de San Juan Degollado, a trazar sueños con los libros en la mano. Nos encontrábamos con Rosi, Rosaura Quintero, que está en el cielo, Cande Ferrera, Mari Carmen Encinoso, Bruno, Felipe Anselmo, Francisquita, José Guillermo, Jovita, Juan Carlos, Felipe Neri, Rosa Mari Marrero, Agustín, Cruci, Ramona, Quira y tantos otros. También acudíamos al Centro Cultural o al Casino Unión y Progreso a leer la prensa. Sobre todo el periódico La Tarde que traía poemas, cuentos y un curso de francés.
Pero ese constante viaje interior por los laberintos de Arafo, en distintas épocas y edades, que todos los araferos hemos explorado y exploramos, no sólo ha sido cosa nuestra. Otras voces y colores han jalonado nuestros caminos como los romeros que, desde el norte o el sur  de la isla, van hacia Candelaria. Y de más lejos, han bajado por la cumbre o han zigzagueado por la carretera de los Muritos y nos han visto con el tamiz sus ojos foráneos. Me refiero a los viajeros y viajeras que descendían en mulas por este volcánico Valle de Güímar y pasaron por nuestro pueblo, o se quedaron en él, viajeros y viajeras victorianos, botánicos, ingenieros, investigadores…, ingleses, franceses y alemanes que sobre todo, en el siglo XIX y principios del XX, se adentraron por nuestros barrancos, senderos y paisajes. He aquí lo que escribió en su guía El Valle de La Orotava, el pastor inglés Obert Ward en 1903:

«A los jinetes siempre se les aconseja tener una mula sin herrar para las laderas de estas montaña agrestes. […] Desde el Puerto se tarda cuatro horas y media y dos horas desde Aguamansa. La vista desde el Pico es muy bonita. Un mar de nubes como algodón cubre todo el valle […] Por la otra vertiente, el viajero, puede ver, hacia abajo —a 1.000 pies— un gran cráter flanqueado por picos rocosos. La retama se encuentra en la parte alta. La tierra por la que transitamos está teñida por los colores del arco iris. Uno podría imaginar que un artista ha pintando los colores a una escala gigante. […] El descenso se hace sobre arena negra y suelta, y tenemos dos caminos para elegir: uno por Arafo, más apropiada para las bestias, pero más largo, de tres cuartos de hora y otro directo a Güímar, más corto, pero más abrupto y áspero.»

La fotógrafa inglesa Margaret D’Este nos miró por el objetivo de su cámara en 1909, en su libro En las Islas Canarias con una cámara, escribió: 

«Por fin bajamos al fondo del valle y recorrimos un tramo de finas cenizas negras dispersas con pizcas de escoria de la lava que fluyó en la última erupción. Todo el lugar está quemado, muerto, infernal, desolado con la desolación que rebasa a aquella del desierto. El polvo sube como el humo bajo los cascos de nuestras mulas. Ni una mala hierba o brizna crece sobre el montón de toba volcánica de color negro carbón que bordeamos. Un montículo circular lleno de cenizas, un relieve volcánico de algo más de 200 pies de altura, formado por una gran erupción volcánica, que los geólogos dicen que quizá fundó el antiguo valle de Arafo y levantó el pico actual.
El volcán de Arafo estuvo activo en 1705, emitió un gran un chorro de lava que forma un sinuoso camino, como una serpiente negra hasta casi llegar al mar.»

Sé que después de tanto callejear, andar por senderos y caminos pedregosos, alguien, entre el público, estará pensando que me he olvidado de la panadería de Constante, pero no. Es que aún no he pasado por la Cruz del Valle. Y aprovechando que hemos desembocado en esta cruce de caminos, sólo decir, que Arafo es un intenso continente desde la Cumbre a la mar, de la Esquina donde se vira el agua en las taquillas, a la Esquina de los Carros, desde Perdomo hasta la Morra, desde la Piedra del Barranco del Entonado hasta Las Piedras Vivas, desde La Madriguera y El Fielato hasta El Cuervo o La Choza, desde las Vigas hasta el Polígono industrial, desde Los Loros a la playa de Lima, desde la Casona de Secundino Delgado al Auditorio, podemos arafear y llegar lejos por nuestros caminos.
Antes de ir a las Fiestas Patronales, quiero contarles lo que me pasó un tarde en México Distrito Federal a medidos de los años noventa, cuando nuestras imágenes aún no s difundían por las redes sociales. Estaba sentada, anotando en un cuadernos impresiones de aquel viaje, cuando una mujer desconocida se acercó y me dijo, sin más: «eres de Arafo ¿verdad?» Imagínense la impresión. Podía preguntarme si era canaria, cómo se llegaba  a la Plaza Garibaldi. Yo le respondí «¿tanto se me nota que hasta aquí en Méjico me identifican?». Seguro que si lo hubiera relatado en uno de mis cuentos me hubieran acusado de exceso de imaginación arafera. Les desvelo el misterio. La mujer vivía en Gran Canaria pero, tenía un hermano en Güímar y, recordaba verme subir a la guagua que pasaba por Arafo y en la que ella venía. Y allí, en México, casualidades, nos cruzamos porque ella estaba de paso hacia El Salvador.
Los araferos que vivimos fuera cuando nos encontramos en algún lugar de las Isla, de la Península o del extranjero, edificamos un Arafo de inmediato. Nada más empezar a hablar, extendemos las calles en torno a la plaza y la iglesia de San Juan, levantamos el Barrio del Carmen, el Barrero, el Pino, El Tanque, La Hidalga, La Cruz, los Lomos, la Playa de Lima. Pintamos las laderas que bajan al mar, y las montañas que van desde el Pico del Valle hasta Chafa, recuperamos nuestro acento, nuestras frases, nuestros modismos: frente arriba y frente abajo, nos traemos a las familias, a los amigos y vecinos, si es preciso. Rescatamos acontecimientos, leyendas, anécdotas y antes de despedirnos invocamos la frase que es nuestra consigna, la que el ocurrente e ingenioso Antonio Matamente dijo a una viuda, en el duelo de su marido de cuerpo presente: “mientras no sea más que esto, bien está”. Cuando nos separamos, lo hacemos con el araferismo ondeando en nuestra nostalgia, y, con la certeza de que acabamos de regresar de Arafo.
Ser arafero, les decía al principio, es un sentimiento, no sólo es cuestión de origen y cuando nos vamos lejos o cerca, lo hacemos para sentir la felicidad del regreso, esa que acontece cuando ya desde la autopista vislumbramos el Valle de Güímar y mientras ascendemos el paisaje se nos abre luminoso y las laderas simulan dos largos brazos que nos acogen. Necesitamos sentirnos a salvo bajo la cumbre, entre las nubes que mecen los alisios o los pinos que el sol ilumina al atardecer. Regresar y acunarnos en el regazo del Barranco de Añavingo, de San Agustín de las Madres. 

Las Fiestas Patronales de San Juan Degollado, San Agustín y San Bernardo, eran sacos mojados sobre garrafones de vino entre las macetas del patio. La mesa de la cocina de mi madre, dividida entre legiones de rosquetes a punto de almibarar y las piñas de almendras recién horneadas. Los almuerzos y las cenas copiosas con la familia que vena de Las Cuevecitas y los amigos. Y antes, una larga expedición a Santa Cruz, a Güímar o Arafo, al almacén de Isabelita, a comprar los vestidos y los zapatas para estrenar cada día de las Fiestas, el más elegante, siempre, el de San Juan Degollado, tan asociado este día, como otros, con la figura de padre Vicente. 
Nuestras Fiestas Patronales no son el fin del viaje, sino la estación donde nos detenemos a celebrar de donde venimos, quienes forjaron Arafo desde que lo habitaron los guanches y llegó Juan Núñez hasta hoy. Esos hombre y mujeres que creyeron en esta tierra y la labraron y trabajaron sin descanso. Excavaron galerías y nos dejaron el agua, el pan de leña, el exquisito queso de cabra, la generosa repostería, el buen vino, prestigiosas bodegas familiares y comarcales que triunfan a la mesa y en concursos internacionales, las papas a la flor del caldo, la música, la banda Nivaria, la banda La Candelaria, el coro María Auxiliadora, las rondallas, las Escuelas de Música, tenores, sopranos, profesores de música, músicos, intérpretes en tantas orquestas, coros y lugares, y la sensibilidad para crear, amar y vivir el Arte. Y mientras salimos a la calle, escuchamos el Certamen de Bandas, participamos de los diferentes eventos deportivos y culturales, de la Elección de Reinas y Romera, de la la alegría de las parrandas, de las pellas de gofio y los buches de vino de la Romería de San Agustín, de la Misa, la procesión del Pendón y los actos solemnes del domingo de San Juan Degollado, de la Verbena de San Bernardo, reivindicamos, mientras nos divertimos, nuestra historia.
Y cuando se celebra la historia se cimienta el futuro y sueño con un Arafo que sea siempre ese faro, que alumbre a los barcos del arte que naveguen hacia esa luz que parpadea a la sombra del barranco de Añavingo, desde nuestro buque insignia de la Música, al de las Bellas Artes, las Artes Escénicas y Audiovisuales, el cine, la fotografía, el teatro, la literatura, las bibliotecas, los libros, la lectura. 
Un pueblo construido desde el trabajo, la imaginación creativa y el disfrute del arte en este hermoso Valle de Güímar que compartimos con la Villa de Güímar y la Villa de Candelaria. 
Un pueblo que tiene por frontera el verde de los pinos,  el azul del cielo y la inalcanzable línea del horizonte, donde el mar y el sol se encuentran cada mañana.Un pueblo para arafear. No perdamos ni un minuto más para celebrar la vida, la amistad y el encuentro.

VIVAN LAS FIESTAS PATRONALES DE SAN JUAN DEGOLLADO, SAN AGUSTÍN Y SAN BERNARDO.
VIVA ARAFO.



 










domingo, 9 de octubre de 2016

Emily Dickinson, Tenerife y El Teide







Cuando llegué, este verano, a la casa de la poeta estadounidense Emily Dickinson, ya se había marchado. Cuando ella vino a Tenerife navegando en el poema Ah, Teneriffe yo tampoco estaba. Pero en ese desencuentro de siglos y lugares, hubo un instante en la adolescencia donde descubrí a esta discreta, callada y silenciosa poeta que desde su encierro voluntario en la casa familiar, había escrito más de un millar de poemas. Y uno, de un lugar tan lejano y qué tanto impacto debió causarle: el que dedicó al volcán del Teide. 
Un amanecer de agosto de 2016, dejé atrás Boston y, en una guagua (bus) con nombre de personaje literario: Peter Pan, enfilé mi sueño de conocer la ciudad donde Dickinson nació en 1830: Amherst. Poco después, una fina lluvia comenzó a caer, como si el paisaje adquiriera una textura poética y buscara ser contemplado a través de las gotas de agua que se deslizaban parsimoniosas por las vidrieras de las ventanillas.
La guagua se detuvo en la estación de Springfield. Allí debía transbordar a otro bus en dirección Amherst. Los escasos minutos de espera me parecieron siglos. La lluvia se retiró, el sol asomó entre las nubes y una luz brillante refulgía a media mañana. De nuevo en la carretera, el verde del bosque era intenso y de diferentes tonalidades según los rayos luminosos se enredaban entre las ramas. La vía, zigzagueaba a veces y se estrechaba otras. Aparecían granjas solitarias en medio de extensas planicies. Pequeños y ordenados pueblos donde sobresalían los edificios de la iglesia y de la biblioteca. Las millas que restaban hasta llegar a Amherst asomaban en carteles, descontando esos kilómetros que los sueños fueron reduciendo desde mi Tenerife natal hasta la casa donde se habían escrito aquellos poemas que tanto me habían conmovido. Paneles que anunciaban la cercanía del Colegio Universitario de Amherst y la Universidad de Massachussetts. Las casas con porche o columnas al frente jalonaban la carretera que conducía al centro. Por fin una parada donde se bajó una anciana. El vehículo colectivo continuó la ruta hacia una segunda. Descendió una estudiante con maleta grande, su estancia allí, parecía que iba a ser larga. Una mujer de mediana edad me preguntó dónde iba. Me dijo que la siguiente era mi parada. Sonreí por su amabilidad y porque me sentía feliz. La luz del mediodía era deslumbrante, el aire muy cálido y alrededor de las viviendas salpicaban parques y jardines con flores fucsia, rojas o naranjas y hierba de un color casi musgo. 
Camino dos, tres, cuatro manzanas y busco el 280 de Main Street. Me entretengo en los escaparates de  vidrieras de una librería, volveré después. Ando de prisa como si me esperara y temiera llegar tarde. Una calle larga, un restaurante italiano a un lado, una prometedora taberna local al otro y, de repente, el cartel que anuncia la Casa Museo de Emily Dickinson. Ya distingo la construcción de ventanas verdes y paredes amarillo tostado. 





Recuerdo en mi paseo de Evergreens, la casa de su hermano Austin y su cuñada la escritora Susan Huntington Gilbert, hasta la suya, uno de sus poemas:

Mi río corre hacia ti
Mar azul! Me acogerás?
Mi río aguarda respuesta,
Oh mar, muéstrate propicio.
Te alcanzaré arroyos
En parajes moteados 
Oye, Mar, tómame!




 Entro y subo la breve cuesta. Sólo se escucha el picoteo del canto de algunos pájaros y el casi leve murmullo de las ramas de los árboles. Lo demás, es silencio. Rodeo la casa, nadie en el porche, nadie en el jardín, nadie en la entrada. Husmeo por las ventanas y parece tan vacía como el día que murió: el 15 de mayo de 1886. Las puertas cerradas. Recorro los jardines refrescante donde leía y paseaba la escritora. Nadie. Volví a la casa y toqué varias veces. El silencio era la respuesta. Seguí descubriendo rincones y bancos. Me preguntaba que si después de cruzar el Océano Atlántico, de arribar a Boston, recorrer buena parte del estado de Massachussetts y atracar a las puertas de su casa, no me sería posible entrar. Pero una mariposa aleteó cerca de la puerta y ésta se abrió. Salieron varios empleados y me comentaron que, ese día, la Casa Museo permanecía cerrada al público y que regresara al día siguiente. No me era posible. Y sentí que otro océano, tan ancho como el Atlántico se volvía a colocar entre su casa y mi isla. Fue como ver que el viento se llevaba en volandas un montón de poemas escritos en hojas sueltas por otros cielos inalcanzables. Bajé la cuesta hacia Main Street como un verso derrotado y en ese instante, la mariposa volvió a revolotear. Una guía de la Casa me preguntó que si podía regresar un hora más tarde y el libro de poemas de Emily Dickinson volvió  abrirse.
Excepcionalmente, la amable estadounidense, nos permitió pasar a la casa y aquel día fue tan inolvidable como el primero que conocí los versos de la poeta. El silencio habitaba en su interior. Ascendimos la estrecha escalera, escalón a escalón, como si, de alguna manera, tratara de retrasar el momento de desembocar en su cuarto. Casi todo permanecía como lo había dejado. Su cama Luis Felipe, algunos cuadernillos cosidos por ella sobre la colcha, su ropa… y sobre todo, la emoción contenida de estar en aquel lugar de encierro voluntario y, al mismo tiempo, de ventana abierta al mundo desde cada libro que leía y cada verso que escribía. Escuchaba el relato de la guía y trataba de recordar algunos poemas escritos, sentidos entre aquellas paredes. Como los que leía en la azotea de mi casa familiar en Arafo (Bórcor literario) y que partieron de aquel dormitorio de Amherst. Las otras habitaciones, la sala, el comedor, el hall, era todo ese universo que a la poeta le bastó para llegar tan lejos. 
Al salir al jardín no pude evitar dar saltos como la adolescente que leyó a Emily Dickinson en la soledad de la tarde y, décadas después, encontró, bajo otro cielo, los versos originales que la poeta dejó para un tiempo por llegar.





Ella compuso el poema a una isla situada al otro lado del Atlántico, que nunca visitó y de un volcán, que jamás contempló a corta distancia. En el siglo XIX, sobre todo a partir de la segunda mitad, en plena época victoriana, viajeros y viajeras se lanzaron a conocer lugares más allá de Gran Bretaña. Singlaban en barcos a lejanos y exótico países. Sus motivos no sólo fueron comerciales y mercantiles, también científicos y culturales. Muchos de estos hombres y mujeres, retrataron con su mirada, a través de la pintura o la escritura, paisajes, vegetación, arquitectura, costumbres, detalles pormenorizados de las sociedades que conocieron. En ese contexto, Canarias fue, nuevamente en la historia, encrucijada de rutas marítimas. Viajeros que iban o venían de Europa, África, América, Asia y Oceanía. Buena parte de ellos, especialmente las damas victorianas, (pintoras, dibujantes, escritoras) realizaron un detallado documento gráfico y literario de las Islas de esa época. Escritoras, pintoras y viajeras como Anne Brassey, Marianne North, Elizabeth Murray, etc. Es fácil, por tanto, imaginar y deducir que Emily Dickinson, lectora pertinaz, debió estar al tanto de la literatura de viajes británica muy prolija en aquellos años. La autora estadounidense tuvo acceso a algún relato y lámina del volcán que emerge de la isla de Tenerife a 3.718 metros de altura a nivel del mar: El Teide. 
Este Pico emblemático, hermoso bajo la nieve en invierno y volcánico y turgente en verano, conmocionó a la autora americana. Pensemos que Emily Dickinson no conoció el Parque Nacional, ni los colores tornasolados del amanecer, ni las estrellas insinuándose sobre su cono en las noches sin luna, ni las especies endémicas de su entorno, como tajinastes o violetas del Teide o el pinzón azul. Aún, sin viajar físicamente, fue capaz, suba a las naves de unos versos en el de un poema, de navegar hasta la isla de la que hizo emerger su Teide literario.


Ah, Teneriffe - Receding Mountain-
Purples of Ages halt for You-
Sunset reviews Her Sapphire Regiments-
Day - drops you His Red Adieu -
Still clad in Your Mail of Ices-
Eye of Granite - and Ear of Steel -
Passive alike - to Pomp - and Parting -
Ah, Teneriffe - We’re pleading still -

Leer su poesía es recorrer las emociones interiores de cada lector por eso su poética, tan avanzada para su tiempo, llega tan intensamente más de un siglo después. La película Historia de una pasión  —como se ha titulado en España— (A Quiet Passion), es un magnifico acercamiento cinematográfico, no  sólo a su vida, complicada y misteriosa, sino a su poética. Y, sin duda, uno de los grandes méritos de este filme y de su director Terence Davies, es enhebrar sus poemas, en el discurso de la película, con absoluta fluidez y emoción. Muy recomendable para los amantes de la poesía en general y de la de Emily Dickinson, en particular. 




Un artículo anterior, en este mismo blog, se puede acceder en este enlace Canarias en la literatura universal: Emily Dickinson





Excelente traducción de la trilogía bilingüe de los poemas de Emily Dickinson de Ana Mañera Méndez  y María Milagros Rivera Garreta en  Sabina Editorial:

Poemas 1-600



Poemas 601-1200


Poemas 1201-1786






miércoles, 27 de julio de 2016

Las miradas de Felicidad o los viajes de la literatura



Artículo sobre Los espejos que se miran del periodista Sergio Lojendio Quintero, publicado el 27 de julio de 2016 en el periódico EL DÍA






lunes, 23 de mayo de 2016

El encuentro*





 Las olas se desperezan sobre la playa y el seseo de la espuma me acompaña por la orilla. El sol arrebola el horizonte y vislumbro, entre los primeros paseantes, esa sonrisa en la que tanto nadé. Se acerca bajo una mirada de sorpresa y de antigua complicidad. Los besos en la mejillas se deslizan en el extraño roce de la nostalgia. Las frases del paso del tiempo y lo poco que hemos cambiado, nos disfrazan detrás del humo de nuestras cenizas. Rescoldos heridos por el hielo de los años ausentes. Declino la invitación a tomar un café y la aplazo a otro día aún por dibujar en el calendario. Nos despedimos. La mar va borrando nuestros pasos sobre la arena. Y, durante unos instantes, siento la tentación de girarme, correr y decirle: aquella historia no estuvo tan mal. Pero sé que el pasado es como la ficción, niebla que zigzaguea entre realidad y espejismo.




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*El encuentroes un microrrelato que escribí  para el blog del escritor Diego Lopa Garrocho: Blog del Rosa al Amarillo. Blog que recomiendo por sus interesantes entradas literarias del autor y de poetas y escritores invitados.
Este escritor onubense, administrador de sueños, como  se definees autor de Las caras de Huelva, William Martin, el hombre que nunca existió, Mis sueños en 39 colores,  entre otros. 

jueves, 4 de febrero de 2016

La mirada del saurio





Cuando Campiro, con C de cumbre en la novelística de Víctor Álamo de la Rosa, sube al Mareas Brujas, navega hacia el Mar de las Calmas, levanta la caña, la enarbola y el anzuelo, ávido, se precipita al agua, no va a capturar alfonsiños. Pescará a los lectores que vienen de El humilladero, El año de la Seca, Terramores, La cueva de los leprosos e Isla nada. También a los que se zambullen, por primera vez, en el oleaje de Isla Menor. Y atrapará, de nuevo, a quienes se adentraron en ella en la edición de 2001. En cualquier caso, en Campiro que, todos serán arrastrados por las corrientes de las páginas y seguirán, a pie, a nado, a la carrera, en tropel o al galope, los pasos de este pescador que sufre del amor y sus abismos. Y el viento que azuza y empuja la sal a las grietas de sus heridas por un territorio luminoso como cavernario, frondoso como desequido, dulzón como salobre, convulso como en calma.
Campiro, cuando conoce a Celedonia Jesús, cree que en encontrar la clave de una pasión podría residir el misterio de la felicidad. Pero en aquella isla diminuta, trasunto de El Hierro, al sur del sur de Europa, detenida en su huida a América cuando se solidificaron sus lavas, irrumpe un científico y militar nazi, Hans Marcus Mull, que encontrará en la boca de Celedonia todo el estremecimiento y las turbulencias que le faltaban a su mundo exacto. Ella, de espíritu libre y desatado, volcánica y misteriosa, bebedora insaciable de semen, volará por el cielo, entre las cabriolas de la avioneta del alemán, con el mismo ímpetu con el que, a ras de mar, sumergirá en sus mareas al pescador enamorado. Y en ese ir y venir del cielo al mar y del mar al cielo, desatará las tempestades emocionales de tres personajes enfrentados al arrebato del amor, del territorio y de la historia.
Los vientos metálicos de la II Guerra Mundial avientan muerte lejos de la isla Menor y,  ésta, convaleciente de la Guerra Civil, deja que sólo los alisios ululen entre los pinos. Los isleños sobreviven inmersos en sus batallas interiores. Extraen del mar y de la tierra el escaso sustento, pescan alegrías en alguna fiesta, sueñan con la felicidad aunque esta dure el tránsito de una estrella fugaz. Y en ese fluir de lava espesa, irrumpe Hans Marcus Mull. Llega protegido por las autoridades militares de la recién estrenada Dictadura franquista. No sólo se dedica a recopilar datos de la población autóctona sino que también esconde un laboratorio de investigación genética. Tras esa, más que aparente actividad, es el encargado de unir la isla, por medio de su avioneta, con el ejército nazi en Río de Oro, norte de África. Porque bajo el pacífico Mar de las Calmas de isla Menor se ocultan dos submarinos alemanes, listos para intervenir en la contienda bélica.
Víctor Álamo construye desde este triángulo sentimental —triángulo que también tiene la forma de la isla—, un universo que proviene, en parte, de sus novelas anteriores y que en Campiro que se desata y alcanza la profundidad y solidez de ese magma literario que singulariza al escritor. Y en su juego continuo con el lenguaje, moldea las palabras como si fueran material de arcilla pero también las recrea, las transforma, las inventa: frondoverde, aldaboneando, amorodio o en la frase: la luz de la luna explotaba en el ambiente, ilunándolo con tibia desgana. Su prosa suena a música. Pero esa música que fluye a borbotones y armónica, no se compone con notas sobre partituras. El autor la ejecuta, piano, acompasada, sinfónica, allegro ma non troppo, trepidante como una polca, lamentosa o de aria, desde el sonido que destila la poesía.
La poesía que, en Campiro que, constituye la metáfora de una isla para náufragos. Está presente en su estilo, en el lenguaje, en el ritmo, en las constantes imágenes que el escritor construye, en poemas. Emergen referencias explícitas a los manantiales poéticos y narrativos del escritor como Lope de Vega, Góngora, Cervantes y El Quijote, Gracián, Gustavo Adolfo Bécquer o Federico García Lorca; anglosajones como Shakespeare, Wordsworth, Coleridge, Blake, Keats o Yeats, franceses como Baudelaire. En frases sumergidas: enamorado también hasta el polvo de los huesos, que evoca a Quevedo o en La princesa está triste ¿qué tendrá la princesa? en la que se escucha a Rubén Darío. En el personaje del poeta local, Alameda del Rosario, autor del Florilegio altamarino de varia poesía, un guiño irónico que nos hace Víctor Álamo de la Rosa. Pero, sobre todo, en ese poeta bardo que arrojan al mar, desde un barco, y es rescatado por Bruno el farero de Orchilla, Michael Hobbes. Su apellido —en alusión a la filosofía de Thomas Hobbes— ya es una metáfora dentro de la trama de la novela. Todo poeta es un náufrago en su isla interior recóndita, lejana, oculta, desconocida o que flota en mares prosaicos, como también son náufragos los incondicionales y apasionados lectores de versos que arriban a los poemas como a islas, pero para habitarse. Encontramos, en un diálogo del poeta inglés, versos que pertenecen al poema Correo certificado de Víctor Álamo. No es por tanto, un mero recurso literario, es una goleta que agita su velamen, como un personaje más, por los mares de todos los capítulos de Campiro que
La brillante estrategia narrativa no se ancla únicamente en el narrador omnisciente que como periscopio rola de una escena a otra, de una historia a la siguiente, de uno a otro protagonista. Su voz se diluye, en diferentes ocasiones, y emergen los personajes directos y bien ensambladas en el eje principal de la narración. Voces que vienen y van como olas que llegan a la orilla y sitúan al lector en el mismo plano, lugar y campo emocional. La destreza de Víctor Álamo permite que fluyan sin estridencias, sin alterar el tono narrativo, si acaso, le infunde una mayor intensidad.
El sexo es un mar constante, turbulento, dentro y fuera de la isla. Es lava que bulle incandescente en las profundidades de los personajes, explosiona y sus erupciones calcinan lo que encuentran a su paso.  Celedonia es boca de cráter, irresistible e insaciable, tubo volcánico por el que se perderán, una y otra vez, Campiro y Hans. Cada uno con su amor abrasador, herido, sangrante, doliente, desesperado, brutal que ametralla sus corazones y sus esperanzas amatorias, que los sitia. Ellos son islas-amantes unidos y separados por el mar de Celedonia. Son Ulises que no pueden evitar la atracción de los efluvios de la isla de los Lotófagos. Un sexo huracanado que nace, fluye y muere en una cueva. O bulle oculto, en el cuarto que preside un uniforme maldito, bajo la gorra de plato de un militar nazi. Sexo para salvarse, sexo como asidero a la felicidad efímera, pero felicidad, al fin y al cabo.
Sin ser estrictamente una novela coral, en el universo de los pueblos de Masilva y Rijalvo, convive un conjunto de personajes que rodean a los principales, unos se quedarán entre sus páginas, los hay que vienen o van a otras novelas del autor y, están, los reales. Es el caso de José Padrón Machín, cronista oficial de El Hierro, intelectual activo y comprometido con su isla recreada y que Víctor Álamo lo transforma en un personaje que se oculta en una caverna volcánica, después de un fallido fusilamiento, y que comparte suerte con el republicano Pancho Álamo.
La novela con reminiscencias fetasianas de los escritores canarios Isaac de Vega o Rafael Arozarena, del Siglo de Oro español, de la narrativa de América Latina, se expande —como es propio en la literatura de Víctor Álamo— en múltiples pliegues, en varios niveles que se superponen y bifurcan. El hombre y la mujer enfrentados a una geografía implacable, a la búsqueda irrenunciable, por tierra, mar y aire, de la huidiza felicidad, el deseo de la belleza que no impide bregar con el hedor, embarrarse en lo escatológico y tragar humores y vomitar bilis. Pero también es un gran canto a la literatura. A las herramientas que la hacen posibles, a las palabras que el autor esculpe con pasión y a la tinta que las visibiliza. Y no en vano las letras las dibujan los espejismos de los lagartos, las enuncian los nombres de los personajes y hay una historia que se escribe en un rostro porque no había otro soporte posible, siquiera un mendrugo de papel que echarse al bolígrafo.
El lagarto de los Roques de Salmor es el gran y recurrente símbolo de la literatura de Víctor Álamo. La Isla Menor es el reptil autóctono, de apariencia volcánica pero magma en su fondo. Por sus cavidades fluye la vida turbulenta, secreta, apasionada, terrible, reseca o salada, pero que, en cualquier momento, puede ser erupción. El lagarto asomado en las paredes, encaramado en los riscos o entre cascajos, simula mirar como si en su interior nada sucediera. El lector debe tener en cuenta que desde cualquier página los ojos de uno, de dos, de decenas de lagartos lo están acechando. Puede que en ese ímpetu lector, le pasen desapercibidos. Son silenciosos, de movimientos rápidos, pero contemplativos. Están atentos a las expresiones, a las miradas divertidas, inquietantes, lujuriosas, felices, asustadas, concentradas, impacientes, horrorizadas, voyeristas, complacientes, entusiasmadas ante la lectura de Campiro que. Sin duda, una excelente novela que trasciende más allá de la literatura canaria, donde sumergirse a grandes profundidades literarias. No olviden, los lectores, que detrás de esos ojos vivaces de piel barroca, quien mira, quien observa, quien tira del hilo de la historia, agazapado, en el tiempo y en la mirada de los saurios, es el escritor.

Campiro que
Tropo Editores, 2015





Víctor Álamo de la Rosa nació en Santa Cruz de Tenerife en 1969. Es Licenciado en Filología Hispánica y uno de los  escritores canarios más publicado y reconocido internacionalmente. Sus obras han sido traducidas al portugués, francés, italiano, alemán, croata, etc. Fue finalista del Prix Fémina a la mejor obra extranjera editada en Francia en 2005. Premio de Literatura Mercedes Pinto, premio de novela Alfonso García Ramos, premios Isaac de Vega, Taramela de relato corto, Premio del Encuentro Internacional de Literatura 3 Orillas, Almendro Artes & Letras 2013. Premio de Novela Benito Pérez Armas 2013.
Ha publicado seis novelas: El humilladero (1994), El año de la seca (1997), reeditado en 2011 por Tropo Editores, prólogo escrito por el Premio Nobel  de Literatura José Saramago, Campiro que (2001), Terramores (2005), La cueva de los leprosos (2010), Isla nada (2013), Todas las personas que mueren de amor (2015). Libros de relatos cortos como Las mareas brujas (1991) y Mareas y marmullos (2011), Todas las personas que mueren de amor, Premio Benito Pérez Armas (2015). También  ha trabajado la literatura juvenil en El naufragio de los mapas (1998) y Omar el cangrejo (2004). En 1995 publicó un libro de entrevistas titulado Escritores en su tinta. Su obra poética la integran Fósiles o armaduras del tiempo (1989), Ángulos de la medianoche (1990), Altamarinas (1997) y la antología poética Mar en tierra (2002), El equilibrista y los jardines (2013).