jueves, 4 de febrero de 2016

La mirada del saurio





Cuando Campiro, con C de cumbre en la novelística de Víctor Álamo de la Rosa, sube al Mareas Brujas, navega hacia el Mar de las Calmas, levanta la caña, la enarbola y el anzuelo, ávido, se precipita al agua, no va a capturar alfonsiños. Pescará a los lectores que vienen de El humilladero, El año de la Seca, Terramores, La cueva de los leprosos e Isla nada. También a los que se zambullen, por primera vez, en el oleaje de Isla Menor. Y atrapará, de nuevo, a quienes se adentraron en ella en la edición de 2001. En cualquier caso, en Campiro que, todos serán arrastrados por las corrientes de las páginas y seguirán, a pie, a nado, a la carrera, en tropel o al galope, los pasos de este pescador que sufre del amor y sus abismos. Y el viento que azuza y empuja la sal a las grietas de sus heridas por un territorio luminoso como cavernario, frondoso como desequido, dulzón como salobre, convulso como en calma.
Campiro, cuando conoce a Celedonia Jesús, cree que en encontrar la clave de una pasión podría residir el misterio de la felicidad. Pero en aquella isla diminuta, trasunto de El Hierro, al sur del sur de Europa, detenida en su huida a América cuando se solidificaron sus lavas, irrumpe un científico y militar nazi, Hans Marcus Mull, que encontrará en la boca de Celedonia todo el estremecimiento y las turbulencias que le faltaban a su mundo exacto. Ella, de espíritu libre y desatado, volcánica y misteriosa, bebedora insaciable de semen, volará por el cielo, entre las cabriolas de la avioneta del alemán, con el mismo ímpetu con el que, a ras de mar, sumergirá en sus mareas al pescador enamorado. Y en ese ir y venir del cielo al mar y del mar al cielo, desatará las tempestades emocionales de tres personajes enfrentados al arrebato del amor, del territorio y de la historia.
Los vientos metálicos de la II Guerra Mundial avientan muerte lejos de la isla Menor y,  ésta, convaleciente de la Guerra Civil, deja que sólo los alisios ululen entre los pinos. Los isleños sobreviven inmersos en sus batallas interiores. Extraen del mar y de la tierra el escaso sustento, pescan alegrías en alguna fiesta, sueñan con la felicidad aunque esta dure el tránsito de una estrella fugaz. Y en ese fluir de lava espesa, irrumpe Hans Marcus Mull. Llega protegido por las autoridades militares de la recién estrenada Dictadura franquista. No sólo se dedica a recopilar datos de la población autóctona sino que también esconde un laboratorio de investigación genética. Tras esa, más que aparente actividad, es el encargado de unir la isla, por medio de su avioneta, con el ejército nazi en Río de Oro, norte de África. Porque bajo el pacífico Mar de las Calmas de isla Menor se ocultan dos submarinos alemanes, listos para intervenir en la contienda bélica.
Víctor Álamo construye desde este triángulo sentimental —triángulo que también tiene la forma de la isla—, un universo que proviene, en parte, de sus novelas anteriores y que en Campiro que se desata y alcanza la profundidad y solidez de ese magma literario que singulariza al escritor. Y en su juego continuo con el lenguaje, moldea las palabras como si fueran material de arcilla pero también las recrea, las transforma, las inventa: frondoverde, aldaboneando, amorodio o en la frase: la luz de la luna explotaba en el ambiente, ilunándolo con tibia desgana. Su prosa suena a música. Pero esa música que fluye a borbotones y armónica, no se compone con notas sobre partituras. El autor la ejecuta, piano, acompasada, sinfónica, allegro ma non troppo, trepidante como una polca, lamentosa o de aria, desde el sonido que destila la poesía.
La poesía que, en Campiro que, constituye la metáfora de una isla para náufragos. Está presente en su estilo, en el lenguaje, en el ritmo, en las constantes imágenes que el escritor construye, en poemas. Emergen referencias explícitas a los manantiales poéticos y narrativos del escritor como Lope de Vega, Góngora, Cervantes y El Quijote, Gracián, Gustavo Adolfo Bécquer o Federico García Lorca; anglosajones como Shakespeare, Wordsworth, Coleridge, Blake, Keats o Yeats, franceses como Baudelaire. En frases sumergidas: enamorado también hasta el polvo de los huesos, que evoca a Quevedo o en La princesa está triste ¿qué tendrá la princesa? en la que se escucha a Rubén Darío. En el personaje del poeta local, Alameda del Rosario, autor del Florilegio altamarino de varia poesía, un guiño irónico que nos hace Víctor Álamo de la Rosa. Pero, sobre todo, en ese poeta bardo que arrojan al mar, desde un barco, y es rescatado por Bruno el farero de Orchilla, Michael Hobbes. Su apellido —en alusión a la filosofía de Thomas Hobbes— ya es una metáfora dentro de la trama de la novela. Todo poeta es un náufrago en su isla interior recóndita, lejana, oculta, desconocida o que flota en mares prosaicos, como también son náufragos los incondicionales y apasionados lectores de versos que arriban a los poemas como a islas, pero para habitarse. Encontramos, en un diálogo del poeta inglés, versos que pertenecen al poema Correo certificado de Víctor Álamo. No es por tanto, un mero recurso literario, es una goleta que agita su velamen, como un personaje más, por los mares de todos los capítulos de Campiro que
La brillante estrategia narrativa no se ancla únicamente en el narrador omnisciente que como periscopio rola de una escena a otra, de una historia a la siguiente, de uno a otro protagonista. Su voz se diluye, en diferentes ocasiones, y emergen los personajes directos y bien ensambladas en el eje principal de la narración. Voces que vienen y van como olas que llegan a la orilla y sitúan al lector en el mismo plano, lugar y campo emocional. La destreza de Víctor Álamo permite que fluyan sin estridencias, sin alterar el tono narrativo, si acaso, le infunde una mayor intensidad.
El sexo es un mar constante, turbulento, dentro y fuera de la isla. Es lava que bulle incandescente en las profundidades de los personajes, explosiona y sus erupciones calcinan lo que encuentran a su paso.  Celedonia es boca de cráter, irresistible e insaciable, tubo volcánico por el que se perderán, una y otra vez, Campiro y Hans. Cada uno con su amor abrasador, herido, sangrante, doliente, desesperado, brutal que ametralla sus corazones y sus esperanzas amatorias, que los sitia. Ellos son islas-amantes unidos y separados por el mar de Celedonia. Son Ulises que no pueden evitar la atracción de los efluvios de la isla de los Lotófagos. Un sexo huracanado que nace, fluye y muere en una cueva. O bulle oculto, en el cuarto que preside un uniforme maldito, bajo la gorra de plato de un militar nazi. Sexo para salvarse, sexo como asidero a la felicidad efímera, pero felicidad, al fin y al cabo.
Sin ser estrictamente una novela coral, en el universo de los pueblos de Masilva y Rijalvo, convive un conjunto de personajes que rodean a los principales, unos se quedarán entre sus páginas, los hay que vienen o van a otras novelas del autor y, están, los reales. Es el caso de José Padrón Machín, cronista oficial de El Hierro, intelectual activo y comprometido con su isla recreada y que Víctor Álamo lo transforma en un personaje que se oculta en una caverna volcánica, después de un fallido fusilamiento, y que comparte suerte con el republicano Pancho Álamo.
La novela con reminiscencias fetasianas de los escritores canarios Isaac de Vega o Rafael Arozarena, del Siglo de Oro español, de la narrativa de América Latina, se expande —como es propio en la literatura de Víctor Álamo— en múltiples pliegues, en varios niveles que se superponen y bifurcan. El hombre y la mujer enfrentados a una geografía implacable, a la búsqueda irrenunciable, por tierra, mar y aire, de la huidiza felicidad, el deseo de la belleza que no impide bregar con el hedor, embarrarse en lo escatológico y tragar humores y vomitar bilis. Pero también es un gran canto a la literatura. A las herramientas que la hacen posibles, a las palabras que el autor esculpe con pasión y a la tinta que las visibiliza. Y no en vano las letras las dibujan los espejismos de los lagartos, las enuncian los nombres de los personajes y hay una historia que se escribe en un rostro porque no había otro soporte posible, siquiera un mendrugo de papel que echarse al bolígrafo.
El lagarto de los Roques de Salmor es el gran y recurrente símbolo de la literatura de Víctor Álamo. La Isla Menor es el reptil autóctono, de apariencia volcánica pero magma en su fondo. Por sus cavidades fluye la vida turbulenta, secreta, apasionada, terrible, reseca o salada, pero que, en cualquier momento, puede ser erupción. El lagarto asomado en las paredes, encaramado en los riscos o entre cascajos, simula mirar como si en su interior nada sucediera. El lector debe tener en cuenta que desde cualquier página los ojos de uno, de dos, de decenas de lagartos lo están acechando. Puede que en ese ímpetu lector, le pasen desapercibidos. Son silenciosos, de movimientos rápidos, pero contemplativos. Están atentos a las expresiones, a las miradas divertidas, inquietantes, lujuriosas, felices, asustadas, concentradas, impacientes, horrorizadas, voyeristas, complacientes, entusiasmadas ante la lectura de Campiro que. Sin duda, una excelente novela que trasciende más allá de la literatura canaria, donde sumergirse a grandes profundidades literarias. No olviden, los lectores, que detrás de esos ojos vivaces de piel barroca, quien mira, quien observa, quien tira del hilo de la historia, agazapado, en el tiempo y en la mirada de los saurios, es el escritor.

Campiro que
Tropo Editores, 2015





Víctor Álamo de la Rosa nació en Santa Cruz de Tenerife en 1969. Es Licenciado en Filología Hispánica y uno de los  escritores canarios más publicado y reconocido internacionalmente. Sus obras han sido traducidas al portugués, francés, italiano, alemán, croata, etc. Fue finalista del Prix Fémina a la mejor obra extranjera editada en Francia en 2005. Premio de Literatura Mercedes Pinto, premio de novela Alfonso García Ramos, premios Isaac de Vega, Taramela de relato corto, Premio del Encuentro Internacional de Literatura 3 Orillas, Almendro Artes & Letras 2013. Premio de Novela Benito Pérez Armas 2013.
Ha publicado seis novelas: El humilladero (1994), El año de la seca (1997), reeditado en 2011 por Tropo Editores, prólogo escrito por el Premio Nobel  de Literatura José Saramago, Campiro que (2001), Terramores (2005), La cueva de los leprosos (2010), Isla nada (2013), Todas las personas que mueren de amor (2015). Libros de relatos cortos como Las mareas brujas (1991) y Mareas y marmullos (2011), Todas las personas que mueren de amor, Premio Benito Pérez Armas (2015). También  ha trabajado la literatura juvenil en El naufragio de los mapas (1998) y Omar el cangrejo (2004). En 1995 publicó un libro de entrevistas titulado Escritores en su tinta. Su obra poética la integran Fósiles o armaduras del tiempo (1989), Ángulos de la medianoche (1990), Altamarinas (1997) y la antología poética Mar en tierra (2002), El equilibrista y los jardines (2013). 


miércoles, 30 de septiembre de 2015

Buenos Aires 1929




Inauguré este blog literario en enero de 2011 con el relato Buenos Aires 1929, que dio nombre a este espacio. Las cien primeras visitas, me pareció una cifra estratosférica. Hoy, hemos alcanzamos las 150.000.
Abrí el Buenos Aires 1929 Café Literario con el propósito de publicar relatos, cuentos, reseñas, artículos y eventos relacionados con el mundo de la literatura. Y, desde sus inicios, no han cesado de pasar exploradores de redes literarias. Lectores, escritores, poetas, narradores, gente inquieta e interesada por la lectura. Muchos se han quedado. He aprendido de los que vienen y van, y de los lugares que ellos me han descubierto en tantos rincones del mundo.
Han transcurrido cuatro años, más de un centenar de publicaciones en este blog y en revistas y libros de España y de otros países como Argentina, Chile, Venezuela, Perú... He recibido premios y también he vivido momentos duros. El último año ha sido, familiarmente, muy triste y mis intervenciones en el blog han sido esporádicas. Aún así, muchos de ustedes han permanecido siempre atentos a cada nueva entrada.
Quiero agradecer las visitas, los comentarios, las conversaciones, las lecturas y, sobre todo, la amistad y cercanía de todos.
Buenos Aires 1929 Café Literario de celebración, presenta, de nuevo, el tango que abrió este blog. Relato publicado en  Los espejos que se miran.

Muchas gracias

Buenos Aires 1929


Siempre te espero sentada en el ambigú frente a una copa de Chartreuse verde. Te abres paso rasgando la nube blanca que envuelve la sala. Me gusta cuando llevas la chaqueta cruzada y el sombrero negro, ligeramente ladeado, y ese cigarrillo viajero entre los dedos y tus labios. Observas el lugar como se despliega el periscopio de un submarino: sigiloso y rolando lento. Tiemblo por si las velas de mi barco no se registran en tu campo de visión y todo me da vueltas como si estuviera atrapada en una puerta giratoria. Y antes de sucumbir al mareo seguro, tu sonrisa me ancla a ti. Entonces, desenfoco tu imagen y me pierdo en las parejas que hilvanan los primeros pasos de un tango. Mis dedos danzarines bailan  al compás de la música sobre la mesa. Y ya percibo tu olor a tabaco de Virginia antes de que levantes el sombrero y me tiendas la mano. Y bebo el último sorbo del licor francés. Mis ojos, ahora sí, se refugian en los tuyos, negros como las noches de tormenta y brillantes como el Río de la Plata cuando mece a la luna llena. Tu mano rodea mi cintura y la mía se aferra a tu hombro; sigo tus pasos seguros mientras el bandoneón me lleva a susurrarte al oído que el mundo somos tú y yo. Entra tu pierna y la mía sube entre las tuyas como gata atrevida, mientras te cuento que el cielo es mi nuevo arrabal. Y tus labios se despliegan cómplices de los míos. Entrelazadas las manos recorro las esquinas de nuestro refugio. Y mi rostro y tu rostro cuando se rozan perecen desafiar los malos presagios. En el Norte, Ricardo, los hombres de negocios se lanzan por las ventanas y la pobreza y la guerra están apostadas en las cercanías de América y Europa. Pero a tu lado viajo en un aeroplano rumbo a las nubes por esta pista de baile. Me llevas, voy, te arrastro, me giro entre tus brazos muralla, me elevas, me persigues, te abandono, me buscas, te encuentro y te revelo, entre las notas del piano, la trama de los violines, y los pasos de tango, que el último minuto puede llegar ya, cuando quiera.



miércoles, 2 de septiembre de 2015

Una jornada particular en Lebu







Fue un septiembre de 2012 cuando abrí mi correo y leí las bases del concurso de microrrelato, Lebu en pocas palabras. Sólo sabía que era la ciudad chilena donde había nacido el poeta Gonzalo Rojas. Recuerdo que lo primero que escribí fue el título: Pensaré en Lebu. Lejos estaba de imaginar que esa frase marcaría mi devenir con la ciudad, sus gentes y su ámbito literario. Obtuve una Mención Especial. Más tarde, participé en X Concurso Literario Gonzalo Roja y fui, nuevamente, premiada, lo que me llevó a recoger el premio a la capital de Arauco, en febrero de 2013. Al año siguiente, ejercí de jurado del XI Concurso Literario, y en agosto de este año, tuve la oportunidad de regresar y presentar, en su Biblioteca Municipal, mi libro de relatos Los Espejos que se miran.





Una noche —8 de agosto—, de nuevo, intensa, emotiva, inolvidable, en torno a una mesa compartida con queridos y estimados amigos, con el escritor y poeta Jaime Ignacio Magnan Alabarce, artífice del acto, con el Taller Literario y amantes de la literatura y su mundo. 






Hablamos de la creación literaria, de mi relación emocional con Lebu, de mis cuentos, dónde y cómo es Bórcor, ese imaginario que se repite en mis relatos y que es real y se llama Arafo, al sureste de la isla de Tenerife. 


Lebu



Arafo (Bórcor literario)



Casa Secundino Delgado, Arafo





El escritor de Lebu, Alfredo O. Torres, el poeta y narrador de Concepción, Herman Johnson Armijo, la narradora de Santiago, Maffi Migliaro, tuvieron la deferencia de comentar y leer algunos de mis relatos. Y mencionar también a la amable y cercana profesora Viviana Flores que nos endulzó la mesa y la tarde-noche













La emoción de reencontrarme con viejos amigos, de compartir charla y pasión por las letras, se intensificó, si cabe, con uno de los regalos que más ilusión me ha hecho recibir, el libro Lebu: de la Leufumapu a su centenario 1540-1962 de J. Alejandro Pizarro Soto. Sin duda, uno de mis mejores premios, un alto honor, una deferencia que valoro y agradezco. Una preciosa edición ilustrada que recoge la historia de Lebu, desde el descubrimiento de Arauco, las guerras, la Independencia, su fundación y devenir hasta comienzos de los años 60 del siglo XX. Desde que conocí y viví a Lebu, siempre lo llevo allá donde voy y hago referencia a su existencia y valores. Recibir este libro, blinda a Lebu en mi corazón. Gracias amigos por tender y abrir ese puente que unirá siempre, el de 1929 que cruza el río Lebu, con esta islas del Atlántico, con Canarias.








Lebu es una preciosa ciudad de la Región de Bío Bío, fundada el 8 de octubre de 1862. Su nombre proviene de la palabra mapuche Leufu, que significa río y abarca una población de más de 20 mil habitantes a los que se suma los de la Isla Mocha. Su desarrollo económico y comercial despega con las explotaciones mineras del carbón al inicio de su fundación. Sufrió notables transformaciones, sobre todo urbanística y de edificaciones nuevas, a los largo de la década de los 90 del siglo XX. El cierre de las minas supuso un cambio importante en su economía, pero hoy es una comuna que lucha, con su flota pesquera  artesanal, las actividades forestales y el turismo, por lograr la posición relevante y de desarrollo que necesita y merece.











La Caverna de Benavides, a 3 kilómetros del núcleo poblacional, es una preciosa formación rocosa que alberga el Festival de Cine de Lebu y da paso a la playa de Millaneco. Un mar espectacular y luminoso que descubrí el verano de 2013.









Lebu es una ciudad que, en damero, extiende sus calles rectas que van al río o vienen de él y siguen hacia los cerros. Casas de colores que se organizan en torno a la Plaza de Armas donde las palmeras canarias se alinean en un paseo que conduce a la Ludoteca. Un espacio de acogida y entretenimiento para niños y, además, lleva a cabo una importante labor cultural que incentiva la lectura desde edades tempranas. El proyecto, que lleva la poeta lebulense Betty Viviana Fernández Herrera en colaboración con Sandra, es activo e incluye importantes adquisiciones de libros, celebraciones, exposiciones, etc. Y donde tuve el honor de donar un ejemplar de Los espejos que se mira.






Muy cerca se encuentra la Biblioteca Municipal, un lugar especial para mi. Alberga la colección de libros de consulta y lectura y es la dinamizadora de muchas actividades literarias y culturales. Importante y participativa es El Club de Amigos de la Biblioteca, cuya alma mater es Jaime Ignacio Magnam Alabarce, que impulsa cada año el Premio Literario Gonzalo Rojas. Este importante premio literario de poesía y cuento es el buque insignia de la ciudad de Lebu. La prestigia, le da nombre y resonancia internacional. Y es un honor para cualquier poeta o narrador contar con su distinción.



Una jornada particular en Lebu que siempre recordaré 






martes, 21 de julio de 2015

Morir siete veces o el amor





La vida es una novela y la novela son muchas vidas. Y, buena parte, delimitadas por la vulnerable línea Maginot que separa realidad y ficción. Beligerante frontera entre los fantasmas propios y lo tangible. Y, en Todas las personas que mueren de amor de Víctor Álamo de la Rosa, lo ficticio y lo real se tocan, se abrazan, enlazan y penetran  fundiéndose  en un todo. Y es el lector y sus variables —personales y literarias—, el que debe navegar por cada opción o por ambas a la vez. Esos sí, arrastrado por las sinuosas y solapadas corrientes que el escritor agita —estratégica y sabiamente— desde el fondo submarino de sus páginas.
Después de poner fin a su ciclo de novelas en el universo literario de Isla Menor, Víctor Álamo, en la reciente y Premio Benito Pérez Armas, no se va al continente o se traslada a otra isla para contarnos su historia. Esta vez el escenario que tejen personajes y trama, se ubica en el interior de una gran metáfora. Más allá de las estancias de una casa, la autopista y carreteras secundarias, el hospital, las pinceladas de paisaje rural, los hoteles o las terrazas, los personajes habitan, desde la solitud enamorada y el amor desvanecido, en una burbuja.
Un hombre enamorado se enfrenta a la muerte del amor. Al mismo tiempo que lucha por vivir, después de sufrir una grave lesión cerebral y una delicada e incierta intervención quirúrgica que lo abisman a una de sus muertes. De las siete que cuenta el personaje, siete como los gatos pero al revés, siete como las siete islas Canarias (más La Graciosa), los bíblicos siete años de pobreza y de abundancia que José interpretó en los sueños del faraón o las siete novelas de Víctor Álamo. Su cerebro se anega de sangre y  su amor, una hemorragia que lejos de coagular, fluye como río impetuoso que va a parar a su mar. A su mar de delirio, deseo, obsesión, tristeza, celos, frustración y traición ¿Por qué todos no amamos igual? De realidad, subconsciencia, levedad, sexo como vida y muerte, sexo como salvación, sexo como refugio, sexo como felicidad efímera, sexo que impregna sábanas y sueños. Arman la sólida metáfora desde donde el autor narra, con aparente sencillez, una compleja  trama. Gladys, ensenada en la que, el enamorado errante de deseo en deseo, quiere anclar. Aunque el oleaje lo empuje, una y otra vez, contra los imperturbables farallones.  Ella va y viene arrebolada, libre, indiferente, apasionada, lejana, ausente, dejándose querer, dejando de querer. Yo voy corriendo a donde tú estés, yo te busco, yo te quiero, yo te cuido, yo voy, mi cabeza va, mi corazón va, lo que quedó de mí después de este accidente va hacia ti, siempre: mi puerto, mi faro, mi isla.
Los capítulos borbotean sin numeración. Fluyen, desde el punto de vista narrativo, en la evanescencia, en el ánimo o desánimo, en la lucidez, en la ensoñación, en la soledad ruidosa o callada, en la escritura compulsiva, escribe y existimos; todo, en un perfecto y eficaz entramado. Sólo las tres partes que conforman la novela —primera, segunda y final— dejan al descubierto la estructura básica.
El amor, el desamor y las muertes, ingresan por urgencias en un hospital-laberinto. Una atmósfera borgiana de pasillos, puertas que se abren a otras puertas, ventanas por donde se cuela el mundo exterior de mar y montaña, de jardines y aves que llegan en la libertad de sus alas, de recovecos y ascensores. Y en ese infierno de días iguales —que suceden como los capítulos, sin nombres ni números—, de amor anhelado y ausente, el personaje, construye su Paraíso. Hasta en los lugares más inhóspitos hay oasis de felicidad. Y aunque la soledad del amor desenamorado lo sitien, no está solo. Le rodean la familia que lo protege, los amigos incondicionales, los compañeros-pacientes, los conocidos que lo visitan, los médicos y enfermeras que tratan de salvar una de sus vidas. Y, sobre todo, sus hijas gemelas, de siete años, que lo adoran. Corretean, juegan, van al colegio, reclaman su atención, se divierten y hacen malabarismos en el borde de las hojas de su cuaderno. Espejismo de una realidad que quiere construir con la mujer que ama y ama, mientras agonizan él y el amor de ella. Todo, al lado del pabellón psiquiátrico. La realidad y la locura, separadas por una puerta.
Pero a medida que el lector ocupa la habitación hospitalaria, avanzan por los pasillos,  descubre rincones y nuevos espacios, sabe que Víctor Álamo, ha construido otra novela en la plata de abajo, la séptima y, otra más, en el sótano y, otra más, en el subsuelo y a la orilla de la mar y en la noche estrellada. El lector ávido, debe husmear en los flancos ocultos, lo que el autor no exhibe, pero que se amontona bajo la piel de la novela, al otro lado de las páginas. Justo, en esos recovecos subyacen, bajo palabras, frases, escenas, acciones, personajes e imágenes, las claves para comprender lo qué sucede arriba, a la que el escritor ha puesto foco, primeros planos y hasta música.
La novela se yergue como un drago que hunde sus raíces en la literatura canaria. Raíces regadas por galerías, manantiales y pozos isleños, sabores dulces como miel de palma, salobres como la maresía y amargos como la retama, agreste, de laurisiva y de isla-burbuja. Isaac de Vega, Rafael Arozarena, Luis Feria… Pero también por aguas canalizadas desde otras literaturas como la estadounidense y ese especial homenaje a La carretera de Cormac McCarthy. De las ramas desciende el rocío fresco de la poesía, que resuena desde del Siglo de Oro hasta los poetas canarios, pasando por los foráneos como Rimbaud, Baudelaire o Wallace Steven. Y un tronco robusto que encierra un mundo mágico, y por el que corre su savia roja como la sangre que se escapa de las arterias rotas del personaje. 
Todas las personas que mueren de amor es un importante giro en la novelística de Víctor Álamo. Tanto, desde el punto de vista del narrador, con un inteligente y sorprendente prisma, como por la temática. Después de cerrar el ciclo de novelas en la Isla del Meridiano con Isla nada. De sepultar bajo las cenizas del volcán, el mundo telúrico y de historias que navegaban por el Mar de las Calmas, serpenteaba por cuevas, corrían por barrancos y bullían por las esquinas, bancales y estancias de Isla Menor. En esta séptima novela, con pinceladas autobiográficas, el autor indaga en el hombre del siglo XXI. Coloca, bajo la lámpara del lector, el mundo que nos rodea, con sus sus trampas, fealdades y su “gran belleza”, su tecnología y nanotecnologías, sus redes y telecomunicaciones, sus avances científicos y espaciales. El ser humano, desde su interior, enfrentado a sus necesidades y carencias emocionales, a la búsqueda irresistible de la felicidad, a la poesía descarnada y ácida de un mundo mejor en la ciencia y en la técnica, pero no, en las consecuencias, a veces catastróficas, ni en los valores. Y la verdad es amar porque amar es darle sentido a la vida. 
Esa ruptura que acomete Víctor Álamo con su novelística anterior, no significa, en modo alguno, la renuncia a su estilo como escritor. El sonido, la musicalidad de su narrativa— armoniosa siempre–, se escucha con nitidez. Los elementos que caracterizan lo canario en su literatura aparecen de manera explícita, sutil o encubierta: mar, flora, fauna —el lagarto que un coágulo dibuja en su cerebro— paisaje, las burbujas como islas, o la insularidad como emoción. Tampoco falta la ironía ni el humor cuando el drama se tensa y la tragedia revolotea. Y esa deliciosa habilidad literaria que posee el autor de escribir, en medio de la narración, versos y también poemas, que se leen como prosa. La madrugada caracolea cielo arriba.

Todas las personas que mueren de amor —una novela que atrapa desde la primera línea y continúa después del punto final—, es la primera de una trilogía que singla la rigurosa e invariable ruta de navegación trazada por Víctor Álamo de la Rosa: dirigir sus naves-libros a puertos-lectores donde sólo atraca la buena literatura: profunda, creativa y de calidad.

Todas las personas que mueren de amor
Ed. Salto de Página, 2015






Víctor Álamo de la Rosa nació en Santa Cruz de Tenerife en 1969. Es Licenciado en Filología Hispánica y uno de los  escritores canarios más publicado y reconocido internacionalmente. Sus obras han sido traducidas al portugués, francés, italiano, alemán, croata, etc. Fue finalista del Prix Fémina a la mejor obra extranjera editada en Francia en 2005. Premio de Literatura Mercedes Pinto, premio de novela Alfonso García Ramos, premios Isaac de Vega, Taramela de relato corto, Premio del Encuentro Internacional de Literatura 3 Orillas, Almendro Artes & Letras 2013. Premio de Novela Benito Pérez Armas 2013.
Ha publicado seis novelas: El humilladero (1994), El año de la seca (1997), reeditado en 2011 por Tropo Editores, prólogo escrito por el Premio Nobel  de Literatura José Saramago, Campiro que (2001), Terramores (2005), La cueva de los leprosos (2010), Isla nada (2013), Todas las personas que mueren de amor (2015). Libros de relatos cortos como Las mareas brujas (1991) y Mareas y marmullos (2011). También  ha trabajado la literatura juvenil en El naufragio de los mapas (1998) y Omar el cangrejo (2004). En 1995 publicó un libro de entrevistas titulado Escritores en su tinta. Su obra poética la integran Fósiles o armaduras del tiempo (1989), Ángulos de la medianoche (1990), Altamarinas (1997) y la antología poética Mar en tierra (2002), El equilibrista y los jardines (2013). 

viernes, 19 de junio de 2015

Cada mañana*




Aparece al amanecer como llegan las buenas o malas noticias: entre las tinieblas que huyen de la noche y los impetuosos rayos de sol que deslumbran.
Sorprende a Manuel ajustando las cinchas de la montura de Coliseo, su fiel alazán. Trajano, Vespasiano cuando el amo está beodo, mueve la cola sin ladrar. Ella se acerca por el camino de tierra que custodian dos hileras de palmeras. Su traje rojo de lunares blancos ceñido a la cintura, flamea como una bandera de señales. Flota sobre zapatillas escarlatas de tacones de aguja y, en la mano, una maleta de madera y cartón. Se detiene frente a Manuel.
—Regreso— insinúa una leve sonrisa carmesí.
Manuel clava la mirada en el colgante de arcilla que se balancea entre sus pechos. Una espiral que él modeló y colocó sobre su cuerpo desnudo, cuarenta años atrás.
—La casa se demolió hace tiempo— le responde cansino.
Ella se encoge de hombros y señala la puerta entreabierta.
—Está ahí.
—Esa, es la otra. La que se construyó después de tu marcha y está deshabitada.
Arquea las cejas, lo besa en los labios, se gira y Manuel, cada mañana, la ve alejarse bajo las palmeras, escoltada por Trajano.
Él acaricia las crines del viejo caballo.
—Ella ha olvidado que la casaron con otro y yo, amigo Coliseo, siempre la contemplo en el último día que hicimos el amor.



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*Mi relato Cada mañana, se publicó, por primera vez, en el blog del escritor Diego Lopa Garrocho: Del Rosa al AmarilloBlog que recomiendo por sus interesantes entradas literarias propias y de poetas y escritores invitados.
Este escritor onubense, administrador de sueños, como  se define, es autor de Las caras de Huelva, William Martin, el hombre que nunca existió, Mis sueños en 39 colores,  entre otros. 






martes, 16 de junio de 2015

20 almas de ciudades





Regreso del viaje de leer El alma de las ciudades: relatos de viajes y estancias del escritor valenciano Fernando R. Genovés Un recorrido sugerente por las ciudades y sus laberintos. No se trata de periplos guiados por espacios comunes, reconocibles o recónditos, sino, más bien, un paseo emocional desde el imaginario literario, cinematográfico, musical y artístico de su autor. 
Es un libro para perderse en las grandes avenidas, andar por estrechas calles venecianas, paladear cafeterías encantadoras, pernoctar en hoteles especiales, adentrarse por paisajes que transportan más lejos, pasear entre edificaciones que escalan al cielo o cuentan, sigilosamente, historia e historias. Que permite al lector subir al tren y bajarse, en cada estación, con maletas de recuerdos y vivencias propias. Pero también descubrir ciudades inéditas.
Nueva York, Ámsterdam, Roma, Berlín, Praga, Estocolmo, Verona... Son, entre otros, destinos de lectura viajera que se abren a páginas literarias, a notas de jazz, de swing..., a planos, secuencias y escenas de películas. Porque las ciudades para los viajeros no se elevan sobre sofisticados trazados urbanísticos o redes de transportes; las ciudades para los viajeros, son espacios emocionales que antes ya se han visitados en poemas, novelas, relatos, filmes, melodías y canciones. Y se camina por sus calles siguiendo el trazado de las palabras leídas, los planos del objetivo de una cámara de cine y de las notas de una melodía, una banda sonora o una Rapsodia azul.
Fernando R. Genovés, con su siempre magnífica prosa, nos embarca en un suculento tour que nos transporta al alma de las ciudades: la que se contempla y la que se siente, la que se percibe y la fantasmal, la que queremos ver y la que late en nuestro imaginario. Ciudades por las que extender las alas viajeras de la lectura y dejarse invadir por lo desconocido, o por una deliciosa nostalgia, esa que nos evoca lugares que un día descubrimos y a los que siempre queremos regresar.
El alma de las ciudades es un gran plan de viajes. Y una exquisita lectura.
Puerta de embarque: Amazon


domingo, 5 de abril de 2015

Crónica de la presentación de Los espejos que se miran







El sábado 21 de marzo se celebró el acto de presentación de Los espejos que se miran, en la Casona Secundino Delgado de Arafo. 







Fue una noche mágica e inolvidable, bajo el cielo de Bórcor. Algunas historias nacieron entre sus calles, bajo la luz mortecina de una bombilla que colgaba en la esquina de una calle empedrada, en el vaivén de las olas que orillan su costa, en el musical, acompasado y afinado viento, entre las páginas y las líneas que leí en tantos libros de su Biblioteca Pública, en los sueños que tejí lejos… En ese largo viaje desde nuestra isla interior, por mares, puertos, cielos desconocidos, travesías  interminables por desiertos helados o secos, por ciudades misteriosas, invisibles  y deseadas, para regresar de nuevo con el silencioso bagaje de historias y narraciones de aquí y de allá.
La tarde era fría y a La esquina de los carros, lugar donde se levanta la Casona de Secundino Delgado, llegaba, desde la cumbre, como río que desciende trepidante por el barranco de Añavingo, una brisa húmeda que goteaba a ratos. La sala vacía. Juan Curbelo, artífice y al que le debemos gran parte del éxito de este evento, daba los últimos retoques









Poco a poco, comenzó  a llenarse la sala. Las sillas se ocuparon y alrededor se ubicó el público de pie. Fuera, permanecía gente que no pudo entrar. 











A las ocho de la tarde, inició el acto el alcalde de Arafo, Juan José Lemes que dio paso al booktrailer  del libro.









El escritor y periodista Rafael Yanes Mesa, tuvo la deferencia y generosidad de realizar la presentación. Una magnífica conferencia sobre la literatura, su sentido, su dimensión y su estrecha y necesaria relación con el lector. En ese dominio del lenguaje que Rafael Yanes ejerce en sus escritos, en general: Un escritor majorero en el periodismo tinerfeño, Géneros periodísticos y géneros anexos, Antología periodística de Ángel Acosta y Comunicación política y periodismo, y en su narrativa, en particular. Chacayca y La tierra que vive desnuda, la primera novela fue finalista del Premio Planeta 2010 y la segunda se adentra en el realismo mágico, desde su peculiar mirada literaria de origen isleño pero de horizontes universales. Así como un pormenorizado análisis de Los espejos que se miran, sus historias, personajes, estilo, técnica… ilustrado con algunas lecturas.





Fermín Gigante Carballo, desde el  fondo de la acogedora sala, siguió con su magnífica lectura e interpretación de Canción triste de country, un relato que publiqué en el libro colectivo Una maleta llena de relatos, de Generación Bibliocafé.











Mi intervención se centró en dos preguntas literarias ¿de dónde vengo? y ¿hacia dónde voy? Ese largo recorrido que partió de Arafo / Bórcor para terminar la noche del 21 de marzo de 2015 con la presentación de Los espejos que se miran. Hablé de este blog Buenos Aires 1929 Café Literario, de sus lectores y del enriquecimiento constante que suponen sus comentarios, aportaciones y sus espacios poéticos y narrativos;  mi periplo por América Latina, mis primeras publicaciones en Venezuela, Argentina, Chile, etc.; los premios, especialmente Lebu. 






Fue el momento en el que María José Pérez, leyó e interpretó el relato corto, Pensaré en Lebu, también desde la ventana del fondo de la sala. 






Hablé de mi feliz y fructífero encuentro con Generación Bibliocafé, por medio de Fuensanta Niñirola, crítica literaria y artista, autora de la portada e ilustraciones y con su editor Mauro Guillén, a quien le debo y agradezco, entre mucho, la edición de este sueño en JAM Ediciones y Generación Bibliocafé.








Cerré mi intervención con los proyectos inmediatos, relatos que se publicarán antes del verano, presentación del libro en Valencia, posiblemente en otoño, y una novela ya terminada, pendiente de una última revisión.





Antes de que el público, subiera a la otra estancia, una asistente al acto, Tita Pestano, pidió la palabra. Había visto el cartel que anunciaba la presentación y le preguntó a Juan Curbelo quién era Felicidad Batista. Después de las explicaciones de Juan, buscó mi nombre en internet, entró en mi blog, leyó una buena parte de las entradas, y de mis publicaciones en otras páginas web, descargó Los espejos que se miran, de Amazon y realizó, a viva voz, un desmenuzado análisis de mis relatos, de mi estilo, de manera de escribir y entender la literatura. Mi sorpresa fue enorme, por su inesperada lectura pero sobre todo, por su certero análisis. Desde aquí le agradezco nuevamente su intervención.
Después, en el piso de arriba, en la antigua cocina de la Casona, les esperaban, productos de Arafo como el vino blanco y afrutado Brumas de Ayosa, el queso de Nicomedes, la miel de Paco, el pan artesano, de horno de leña, de Arecio, entre otros.






Mientras, permanecí firmando ejemplares de Los espejos que ss miran 







Pero el acto no había terminado. El público volvió a ocupar la sala, esta vez de pie y copa en mano. En medio, Ana Torres, del Grupo Revolotearte (Ana Torres y Juan Curbelo) y Fermín Gigante Carballo, leyeron mi relato Tiempo de mar. Fue el instante, en el que sentí que aquel relato ya no me pertenecía. Había nacido muy independiente, nada más crearse, se fue a Chile al Concurso Literario Gonzalo Rojas Pizarro. En la Península, el poeta Jorge del Nozal, le puso voz, en la Casona de Secundino Delgado, el dúo de Ana Torres y Fermín Gigante, con su magnífica interpretación lograron emocionarnos y Juan Curbelo, que desde el piso superior, vació sobre el suelo de madera un cubo de arandelas y tornillos, en un instante preciso de la narración, produciendo un efecto especial que sorprendió al público y agrandó la puesta en escena del relato.









Agradezco al Ayuntamiento de Arafo, al alcalde Juan José Lemes, a la concejala de cultura Vanesa Flores, a Nazaret Fariña, por su receptividad, deferencia y celebración del acto.
Al escritor Rafael Yanes Mesa, por su excelente conferencia y por las charlas que mantuvimos en torno  a la literatura. 
A Juan Curbelo y Ana Torres, Grupo Revolotearte, que con su trabajo, ingenio, constantes ideas y aportaciones lograron que fuera un evento original, dinámico e inolvidable. Y que hicieron un alto en el periplo con su excelente y exitosa obra, Ellas… Agua y Tierra, un homenaje a la memoria colectiva de las mujeres del campo isleño, por los escenarios de las islas. Y pronto más allá. 
A Fermín Gigante Carballo, María José Pérez y Ana Torres, por su gran interpretación de los textos, por su disposición, tiempo y generosidad.
A Patricia Gómez por sus magníficas fotografías.
A todos los que asistieron, a la familia, a los amigos, a la gente que tuve el placer de conocer, a los que no pudieron entrar, a los que desde la distancia estuvieron presentes. 

A mi padre y a mi mi hermano, que me apoyaron y arroparon en una noche feliz pero difícil para nosotros.

A mi madre, que se fue una mañana de finales del pasado enero, pero que estuvo allí, animándome e “iluminándome”—como me dijo mi hermano—, desde esa estrella desde la que ahora nos contempla.

Gracias a todos. Gracias Arafo, gracias Bórcor.