martes, 14 de marzo de 2017

Caminito literario desde las páginas de un sueño











El acto de entrega de premios de I Certamen Literario Internacional Pleamar del Microrrelato Romántico en Quequén, Necochea, provincia de Buenos Aires, me llevó a un encuentro tan enriquecedor como mágico, tan inesperado como hondo, tan inolvidable como historias por contar.
Hay muchas clases de viajes. Todos van a Ítaca. Los que se realizan a otros lugares, países o ciudades. Los que no se ven ni se conocen pero que nos conmocionan y nos cambian: son los viajes a nuestro interior. Están los que navegan en la imaginación, en los deseos o en sueños. Y los que comienzan en la primera página de un libro y continúan en la última. Así me ocurrió con Argentina.
La azotea de la casa familiar en Arafo (Bórcor literario) fue mi sala de lectura durante mi infancia y adolescencia. La cumbre horadada por barrancos, surcada por coladas de lava y abrigada bajo los pinos, al norte. La montaña de Güímar, Gran Canaria en el horizonte y el ancho camino que forma la mar, al sur. Las laderas a este y oeste y por techo un cielo azul, gris, ocre, rojizo, pardusco, según las nubes o los atardeceres. Y entre mis manos los libros en préstamo de la Biblioteca Pública de Arafo.  



La primera vez que recorrí las calles de Buenos Aires, fue con la lectura de los cuentos y poemas de Jorge Luis Borges y Julio Cortázar.
Cuando conocí la ciudad porteña: las avenidas, las calles, las esquinas, cafés, plazas o parques me eran reconocibles. He vuelto, y mi mirada recorre la ciudad entre las páginas que releo y los espacios que quedan entre renglón y renglón. Es la ciudad por la que anhelé caminar en la adolescencia y sus librerías y sus gentes,  lo hacen posible.


La ciudad, a media mañana, estaba en calma, sin ruidos que la perturbaran. Por un instante pensé "silencio, Buenos Aires escribe».
Me encontré de nuevo con la Torre de los Ingleses, donde Clara y su acompañante se bajaron del Ómnibus de Cortázar. Buenos Aires son muchos relatos que se elevan de cuadra en cuadra, discurren por las calles y por las avenidas que parecen no tener fin. Cuentos contados, agazapados, ocultos o aún por ser escritos pero en cada paso, en cada mirada descubro versos que buscan por las esquinas el poema que los ampare. Y me detengo, los siento y me conmueven y, desde el primer día de mi llegada, antes de partir de la ciudad, ya quiero volver. 





La tarde fue un espectáculo de libros en el Ateneo Gran Esplendid. Un paraíso donde se representan millares de páginas, palcos de sala de lecturas y un escenario, tras el telón, donde los lectores-actores-protagonistas toman café y buscan, en un libro abierto, a su autor. Inaudible aún se escucha la voz de Carlos Gardel que una noche dejó sus tangos sobre las tablas del viejo teatro.






Como un gran tablero de ajedrez las librerías van de cuadra en cuadra ante la mirada expectante de los buscadores de libros. Ateneo y Cúspide siguen la secuencia de proximidad, están las que se alinean en la avenida Corrientes con nombres tan seductores como Dickens, Antígona, Jekyll, Losada, Lucas o Luna, entre otras muchas. En la calle Esmeralda encontramos la Librería Anticuaria Helena y Poema 20. 
Una librería que merece una atención especial: la Librería de Ávila. La más antigua de la ciudad, se fundó a finales del siglo XVIII como Librería del Colegio, cercana a la Plaza de Mayo y, después de diferentes reconstrucciones arquitectónicas y de nombres, hoy es un apacible lugar donde libros nuevos se mezcla con el aroma a libros viejos, raros y primeras ediciones.



Pero es la calidez humana la que ahonda ese sentimiento hacia la ciudad. El encuentro con amigos, con conocidos, sobre todo de relaciones que devienen de este blog. Una tarde quedé para tomar un café con la artista y escritora Gilda Ledesma Blashett. La emotiva cita fue en el histórico Café Tortoni. 



Bastó la presentación para iniciar una charla como si la retomáramos del día anterior. Una mujer culta, inteligente, elegante, amable, simpática y, sobre todo, muy empeñada en mostrarme el Buenos Aires artístico, literario, de Cafés bohemios o especiales. Una artista que admiro en plano pictórico y en el literario. Esa misma tarde de martes me mostró la impresionante Colección de Arte de Amalia Lacroze Fortabat en Puerto Madero. Sin duda, con Gilda Ledesma Blashett, conté con una guía de lujo por sus salas. Una colección de obras de Arte argentino y de Arte internacional, que recorrimos entre comentarios, miradas de la artista y el bienestar emocional la contemplación pausada del arte. 
Después, un tranquilo paseo por Puerto Madero entre la nostalgia y la modernidad.





Paseo artístico que continuó el día siguiente cuando nos citamos a las puertas del Museo del pintor argentino Xul Solar que, lamentablemente, estaba cerrado por aquella fecha. No queda más remedio que regresar algún día y disfrutar de la obra de este significativo artista en la historia del arte. Pero el viajero siempre debe continuar su camino. Y nos fuimos al Café Cortázar.  










Después de este alto, entre mitómano y literario, entrañable y acogedor, Gilda me llevó al interesante Museo MALBA, un importante espacio donde se expone una valiosa colección de arte contemporáneo latinoamericano 





 

Nuevamente, supuso un feliz paseo por la pintura y la escultura. Y con la grata sorpresa de encontrar expuesta una fotografía de la artista argentina Alicia Penalba ante su escultura al aire libre Grande Cathédrale, en la Rambla de Santa Cruz de Tenerife.








Continuamos a pie por Libertador hacia el Museo Nacional de Bellas Artes. Un que reúne una d ellas mayores colecciones pictóricas y escultórica de América Latina 
 La tarde del miércoles concluyó en Recoleta, en el histórico Café de La Biela, frecuentado por artistas, cantantes, deportistas y escritores como Jorge Luis Borges, Bioy Casares o Ernesto Sábato. La noche y la luna bonaerense se asomaron a la terraza al aire libre donde compartimos buena charla y cena. 



 Gilda Ledesma Blashett en su incansable deseo de mostrarme la ciudad, me llevó al Centro Cultural Kichner, antiguo y espectacular edificio de Correo. 


Allí, además de admirar el interior y lo que aún queda de su antigua función, pudimos recorrer una exposición, Objetivo Mordzinsky: un viaje al corazón de la literatura hispanoamericana.




Más tarde, atravesamos la plaza contigua, jalonada con casetas con libros, hacia a la Casa Rosada, sede de la Presidencia del Gobierno de Argentina y donde tuve el honor de visitar su Museo. Una instalación anexa, que deja al descubierto los muros y cimientos de la antigua Aduana de Taylor y donde se expone la Historia del país a través de sus Presidentes y sus innumerables objetos históricos. 



La tarde y el lugar para la despedida de una excelente anfitriona a la que nunca agradeceré suficientemente, el tiempo, las charlas, los recorridos artísticos e históricos, fue en el lujos Café Faena. 
Mi actual mirada de Buenos Aires, si cabe, es más intensa y emocionada que antes, gracias a la artista y poeta Gilda Ledesma Blashett. A la que le deberé siempre este paseo por la piel artística y bohemia de la ciudad.


Con su entrañable óleo Gauachito, me despido de  Gilda hasta una próxima vez, para retomar paseos y charlas por la ciudad de Buenos Aires. Gracias amiga por tu generosidad, tu dedicación, tu erudita y cálida compañía.


Gauchito de Gilda Ledesma Blasehtt


Escuchaba Adiós Nonino por mis auriculares, cuando aterricé en el aeropuerto Aitor Piazzolla de Mar del Plata.



Cuando llegué a Necochea un crepúsculo arrebolado y luminoso le daba una atmósfera entre mágica y soñadora. Y mientras me dirigía en taxi a Quequén, pensé en Lebu la primera vez que visité esta ciudad chilena, cuna del poeta Gonzalo Rojas. Como en Lebu, discurría un hermosos río que desembocaba entre espectaculares playas de arena rubia. Cuando por fin recalé en Quequén, el ronroneo de las olas me causó un sereno bienestar. El mar para una isleña es como un barco para un naufrago: la salvación.




Me levanté temprano y me fui al mar, al reencuentro con las olas, con los azules salobres del océano y los dulzones del cielo salpicado de algunos cirros que se desperezaban. Una inmensa playa dorada, aún deshabitada, un paseo marítimo con miradores y  placas con poemas ganadores de los certámenes literarios del Centro Cultural Kemkem. 









Busqué el faro que se elevaba en una pequeña colina y me adentré por las calles de una ciudad que empezaba a conocer y que ahora ya es parte de mi patrimonio emocional. 







A media mañana, llegué a la casa del escritor, director del programa de radio Faro al Sur y Presidente del Jurado del I Certamen Literario Internacional Pleamar del Microrrelato Romántico, Juan Manuel Montero Lacasa. Allí nos conocimos y Ana María Centurión Cienfuegos me enseñó a tomar y cebar mate en una charla cálida, distendida que fue abriendo caminos y tendiendo puentes. Después del mediodía asistí con Juan Manuel Montero al programa Estamos en Contacto que conduce magníficamente Susana Rossi y Matute Altuna en La Radio FM 93.5. Una entrevista con Susana y Juan Manuel que fue una conversación enriquecedora, participativa, cercana. Y que discurrió como una charla entre amigos. Me sentí integrada y feliz desde el principio. Agradecer al programa y a todo el equipo su deferencia y trato en estas horas en Necochea y Quequén. Y a Tomás González Díaz, director de Mínima FM 97.9, que tuvo la generosidad de retransmitir el programa radiofónico, íntegramente, desde Tenerife 











El Centro Cultural Kemkem celebró la entrega de premios, en el Aula Magna de la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires, de los Certámenes de Poesía y Microrrelato: Malvinas Ayer, Hoy y Siempre, tributo a Andrés Mirwald y Certamen Literario Internacional Pleamar, tributo a Néstor Casablanca. 








Una concurrida sala donde se dieron cita, participantes, espectadores, familiares y amigos. Un acto emotivo donde se leyeron los poemas y los relatos ganadores. Debo reconocer que la emoción fue constante pero se agrandó en el instante en que subí a la palestra a recoger el premio y cuando lo dediqué a mi madre y a Arafo, Bórcor literario, y lugar donde aprendí a mirar al mundo y a escribir desde la Biblioteca Pública y la azotea de la casa familiar. 
Carlos Bonserio Carlomagno, Presidente del Centro Cultural Kemkem, me entregó el relato que será expuesto en una placa en un espacio público de Quequén. Comenzar la lectura de Luz de tango ante el público expectante no fue fácil. Leer un relato sobre tango en su patria, ante excelentes escritores y lectores argentinos, me causó un profundo sentimiento de vértigo y, a la vez, de felicidad por compartir letras en el país que tantas me ha dado. 
Conocer y conversar con el público y los participantes en los distintos certámenes fue parte importante y significativa del premio. Cuando salimos de la Universidad, Quequén era luz de luna. Inmensa y tímida detrás de la levedad de unos cirros se elevaba  más literaria que nunca, en un anochecer de letras y versos, de historias y sueños. De la lejanía de las tierras de procedencia a la cercanía de la palabra. Una amable velada con Ana María Centurión Cienfuegos y Juan Manuel Montero Lacasa, que guardaré en el recuerdo emocionado. En las palabras que junto al mar tendieron lazos entre las dos orillas atlánticas tan lejanas en lo geográfico y tan cercanas en los mapas de la palabra y del corazón
























Diana Ochandorena, directora del periódico Estilo Necochea, a la que agradezco su artículo y fotos, me entrevistó para su publicación.

También agradecer a Roberto Fredes su entrevista para un canal de televisión de Necochea. 





Juan Manuel Montero, director del magnífico programa cultural radiofónico Faro al Sur, que se emite todos los viernes de las 16:00 a las 18: 00, hora argentina, tuvo la amabilidad de mostrarme los lugares de Quequén y Necochea donde se ubican los poemas y relatos ganadores que, al aire libre y en placas de cemento, se ofrecen como soporte de lectura en avenidas o en el encantador y sugerente paseo marítimo, donde esa lectura se mezcla con el rumor del mar, el seseo de las olas y la brisa marina que trae el aroma a salitre.



 
Y donde Luz de tango venteará bajo el influjo del faro de Quequén.




Cuando el avión despegó del Aitor Piazzolla,  crepitaba en un rojo incendiado, como si la fundición de Vulcano se hubiera instalado esa tarde en Mar del Plata, como si el horizonte hubiera perfilado sus bordes de carmesí, como si el color del crepúsculo exhibiera mi alegre estado de ánimo.
Palermo, el barrio bonaerense más extenso, de cafés, restaurantes, tiendas de diseños, arte, librerías, etc., fue mi lugar de encuentro con el escritor argentino Pablo Di Marco. Autor de excelentes novelas como Espiral, Las horas derramadas (premio Ategua 2010) o Tríptico del desamparo. Un interesante encuentro en la Librería del Pasaje. Una librería que sólo el nombre nos animan, con un café, a perdernos por sus pasajes, trepar por sus escaleras de madera y sus estanterías repletas de sugerentes libros. Agradezco a Pablo Di Marco su deferencia, su tiempo y la enriquecedora conversación que mantuvimos sobre la literatura y sus aledaños, sus fascinaciones y sus laberintos, sus oportunidades y el anhelo siempre de conocer, de descubrir nueva y prometedoras lecturas. Gracias a Celia Corrons que, desde Valencia, nos puso en contacto.




El cielo lloraba mi última mañana en Buenos Aires. Tomé un taxi a Caminito. Quería despedirme allí d ella ciudad, no con un adiós sino con un hasta pronto. Fue un delicioso paseo bajo la lluvia por sus calles mojadas y el tango como banda sonora que se deslizaba entre mis pasos. Busqué en las esquinas jirones de relatos, frases para comenzar una novela, versos con los que formar un poema secreto. Mi andar quería seguir recorriendo La Boca pero antes de marcharme, me giré, contemplé Caminito y, en silencio, con los labios cerrados canté Volver 





Mi agradecimiento a todos los amigos de Argentina que me acompañaron aquellos días, a los que no pudieron desplazarse y me enviaron amables mensajes como Patricia Hauscarriaga, Luján Fraix..., a los que me llamaron al hotel, especial mención la cálida conversación  con Josefa del Valle Pizarro  que desde La Patagonia, tuvo la amabilidad y deferencia de telefonear y hablar largamente. Al Centro Cultural Kemkem y a su Presidente Carlos Bonserio Carlomagno, al programa Estamos en contacto de La Radio FM 95.3 y Susana Rossi, al escritor y Presidente del Jurado Juan Manuel Montero Lacasa. A Tomás González Díaz por la generosidad de emitir esta entrevista, desde Tenerife, por su emisora Mínima FM 97.9. 

A todos los que hicieron posible en Buenos Aires, Quequén y Necochea que este caminito a un sueño tuviera el más feliz de los despertares.
El telón no se cierra, continúa en los libros



lunes, 27 de febrero de 2017

Entrevista en Estamos en Contacto de FM La Radio 93.5 de Necochea. Argentina. Emitida en Tenerife por Mínima FM 97.9





El pasado 11 de febrero asistí al acto de entrega de premios del I Certamen Internacional Literario Pleamar de Microrrelato, en Quequén, Argentina, que organiza el Centro Cultural Kemkem y que tan acertada y entusiastamente dirige Carlos Bonserio. Evento que comentaré con mayor extensión en una próxima entrada. Ese día tuve el privilegio de asistir  a un programa radiofónico.
Radio Mínima FM 97.9 de Tenerife, emitió el 25 de febrero a las 20:00, hora canaria, el programa ESTAMOS EN CONTACTO de La Radio FM 93.5 de Necochea, Argentina. Programa que dirigen con brillantez y sensibilidad Susana Rossi y Mathute Altuna. La conversación distendida que abarcó diferentes e interesantes temas la condujo Susana Rossi y en la que participó con su mirada sensible, analítica y creativa el escritor y Presidente del Jurado del Certamen Juan Manuel Montero Lacasa. Director, por otro lado, del también excelente programa cultural, que se emite en La Voz de Quequén los viernes de 16:00 a 18:00, hora argentina, y que lleva el sugerente nombre de FARO AL SUR.
Una deliciosa y enriquecedora charla donde la magia de la literatura, la cultura y la comunicación se dieron cita. De la que  derivó el intercambio de reflexiones, comentarios, pensamientos, y con la que tendimos puentes y abrimos caminos entre estas dos orillas atlánticas.
Agradecer profundamente al director de FM Mínima 97.9 de Tenerife, Tomás González Díaz por su apuesta por la cultura canaria y por tener la deferencia de emitir, en su emisora, esta entrevista completa, incluida la publicidad argentina. Por sus amables palabras que agradezco, valoro y son un estímulo para seguir trabajando en este oficio apasionado de escribir.
Para acceder a este entretenido y emotivo programa pinchar en el siguiente enlace:





domingo, 18 de diciembre de 2016

Primer Premio del I Certamen Internacional Pleamar de Mircorrelato

LUZ DE TANGO
Felicidad Batista


Mi microrrlato Luz de tango, ganador del I Certamen Internacional Pleamar de Microrrelato Romántico, está publicado y, también, disponible en este enlace del  Blog Plaza de los Poetas. Quequén, provincia de Buenos Aires, Argentina.



Silba, sombrero ladeado y manos en los bolsillo, notas de bandoneón herido. Melodía de tango que danza, cada noche, entre sus labios. Ve los barcos pasar y ninguno se detiene. La espera, la añora, la desea pero ella no regresa a puerto. El faro le guiña su luz mientras él zozobra frente a la mar oscura. Antes que el alba lo delate se aleja bajo lluvia de salitre. Celosa de la luna que nada en las punteras de sus zapatos, yo parpadeo incesante. Estrella del sur que muero por titilar en sus labios de tango.


Estoy muy feliz por este premio. Mi agradecimiento al jurado y mi felicitación a todos los premiados y al organizador de este Certamen,  el Centro Cultural Kemkem.







jueves, 20 de octubre de 2016

Arafo Pregón Fiestas Patronales 2016





Vídeo Pregón Fiestas Patronales Arafo 2016

La noche del 29 de julio de 2016 no fue una noche más de viernes. Fue la noche. 
Un honor como pocos: la lectura del pregón de las Fiestas Patronales de Arafo. Villa en la que nací y lugar de mis primeras lecturas y relatos. Mi Bórcor literario, escenario real e imaginario, recreado  desde las emociones de la nostalgia y los recuerdos. Desde las historias que escuché, me contaron o simplemente inventé con la ayuda necesaria de cumbres y barrancos, de laderas y mar, de los alisios y la música que recorre sus calles, de pinos y nubes milenarias como el Pino del Señor.
Fue un viaje por el que considero que es un inmenso continente.
El acto fue presentado por Javier Caraballero Morales. Además de la lectura del pregón, se presentó el cartel de la Romería de San Agustín de Yamel Rodríguez León y la magnífica actuación del grupo musical Ensamble dos orillas. Una noche que no olvidaré.
Reiterar mi agradecimiento a la Comisión de Fiestas por esta inesperada y emotiva propuesta, al Alcalde don José Juan Lemes, a la Concejala de Cultura Vanessa Flores Padrón, a todos los que integran la corporación municipal,  los que tuvieron la deferencia de asistir esa noche al Auditorio Juan Carlos I, a los araferos y araferas, a los visitantes y amigos, a la familia. A los que escucharon la transmisión de Sergio Mederos por Radio 6 Tenerife y de Tomás González Díaz Radio Mínima FM, que tuvo la amabilidad de cederme  el audio.

Agradecer a Frasquita Coello Batista por facilitarme las imágenes de la grabación del acto.


PREGÓN FIESTAS PATRONALES DE SAN JUAN DEGOLLADO, SAN AGUSTÍN Y SAN BERNARDO
Por Felicidad Batista Fariña

Buenas y festivas noches

Agradecer al Señor Alcalde, Don José Juan Lemes Expósito, a la señora Doña Concejala de Cultura Vanesa Flores Padrón, por confiar en mi y otorgarme el inmenso honor de presentar el Pregón de nuestras Fiestas Patronales 2016. Al Viceconsejero de Empleo del Gobierno de Canarias y escritor Don Rafael Yanes, al cura párroco Don Juan Francisco Alonos. A toda la Corporación Municipal de la Villa de Arafo por su ayuda y cooperación, a los visitantes, a los amigos, a la familia, a los araferos y araferas que esta noche han tenido la amabilidad y deferencia de asistir. Entendiendo por araferos, por supuesto, no sólo a los que hemos nacido aquí sino, también, a los que han llegado de otros lugares y no han dudado, un sólo instante, en compartir el mismo sentimiento y ser parte activa de nuestro pueblo. Mi madre llegó de las Cuevecitas de Candelaria y siempre se sintió arafera sin renunciar a su origen. Y así tenemos araferos de diferentes procedencias: araferos de Güímar, de Candelaria, de Gran Canaria, de La Palma, de La Gomera, de Aragón, de Valencia, Galicia, de Alemania, de Inglaterra, bueno a estos últimos tengo que volver a preguntarles después de lo del Brexit. 

Mientras caminaba por el angosto y alto pasillo que conecta la calle Rafael Clavijo con la calle Amílcar González, y veía en perspectiva, a un lado, las farolas en hilera y, al orto, las paredes de este Auditorio, me preguntaba para qué me citaba el señor alcalde un lunes de julio. Esa tarde, el sol bajaba por el Pico del Valle, se entretenía entre los pinos del Monte Verde y, en tobogán, se precipitaba por el Barranco de Añavingo. Nos sentamos en la plaza, en torno a un refresco y a un café, y el misterio se desveló rápidamente. El señor alcalde me propuso presentar el Pregón de este año de nuestras Fiestas Patronales de San Juan Degollado, San Agustín y San Bernardo. Recuerdo que el sol también caía, en gotas y a borbotones, de la fuente. Sentí una mezcla de gran honor, privilegio y, al mismo tiempo, de responsabilidad. Y una imagen, como una estrella fugaz cruzó mi memoria. Los zapatos de charol de mi infancia brillando bajo las farolas de la plaza en las noches de pregón, donde, de fondo, el viento sacaba notas a las ramas de los laureles de indias. Confieso que cuando esa imagen de niña espectadora de zapatitos brillantes se miró al espejo de la posible pregonera de 2016, tuve una sensación de vértigo, y, de ese instante de emoción contenida, al honor, a la ilusión y a la magia de esta noche. 

Antes de empezar a pronunciar el Pregón quiero hacerles saber que, aunque estén sentados cómodamente en sus butacas, van a caminar todo el tiempo que dure mi intervención. Será un viaje a Arafo, desde Arafo, por Arafo, incluso desde fuera de Arafo, hasta desembocar en nuestras Fiestas Patronales.
Soy hija de Tomás y de Olga, hermana de Tomás. Vengo del Lomo de atrás, de la antigua calle Galván, hoy lleva el ilustre nombre de Antonio Curbelo; también soy del Aserradero, de la Cruz. Aunque crecí escuchando el sonido de los laúdes, guitarras, mandolinas, trompetas y trombones y proceder de una familia de músicos e intérpretes, tanto por el lado arafero, tatarabuelos, bisabuelos, mi hermano, mis primas Roselia, Dolores y Nieves, primos segundos, como por el materno de las Cuevecitas de Candelaria, de mi tío Alipio Fariña y mis primos Alipio, Marisol, Cecilio e Ise, yo me fui a navegar al mar de las palabras. Pero esas palabras siempre tienen un fondo a partitura y la música se cuela en las historias, en las frases y en muchos títulos de mis relatos como Tormentoso blues, Pasos de danzón, Bolero, Aria nocturna o Tango mar.

Así comienza el relato Detrás del humo, publicado en Valencia, inspirado en una fotografía antigua de la plaza de Arafo, cuyos datos históricos tuvo la amabilidad de facilitarme Febe Fariña.

«El sonido metálico de los platillos aplastó la última nota. El director levantó la visera de su gorra y, con un golpe de mano en el aire, dio por concluida la primera parte del concierto. La batuta rozó el atril y la dejó junto a las partituras. Un mar de sombreros se agitó en la plaza y el oleaje de aplausos rodeó el kiosco donde permanecían los músicos. Las voces gritonas reanudaron las charlas, suspendidas por la irrupción de marchas y melodías de zarzuela. Las madres dejaron corretear a los niños. Las jóvenes, con descaro o sofisticado disimulo, barrieron bancos y muros con la mirada, en busca de sus amores comprometidos o platónicos. Anselmo, aprovechó para echarse un trago de vino. Rosalía, le enderezó el sombrerito a Eladio. Arturo Acuña, detrás de su espeso mostacho, continuó hablando de su inminente viaje a la bisoña república de Cuba. Siete años después de su independencia escondía incontables tesoros. Y él aseguró, ante sus incrédulos vecinos, que regresaría hacendado y rico. Santiago Ferrera, daba caladas a un puro, elaborado por él, con las hojas de tabaco traídas ―única fortuna― de su desastroso periplo de marino de guerra por el Caribe. El resto de borquenses, con las manos en los bolsillos, las piernas cruzadas, los brazos en jarra, sentados y de pie o paseando, quedaron a la espera de la reanudación del concierto.» 

En Nash de 1929 también se refleja esa vertiente musical en lo literario. Publicado en Valencia, cuenta las peripecias de un comerciante inglés que llega a Bórcor (Arafo) en 1931 y por una avería de se automóvil, un Nash modelo de 1929, debe permanecer unos días en el pueblo. 

«Llenó una de sus maletas con la porcelana y se internó en Bórcor. Descubrió que sus callejuelas no eran bulliciosas como las atestadas calles londinenses pero sonaban a música. De pronto el repiqueteo de las notas de un piano se propagaba por una esquina, dos zaguanes más allá surgía la melodía de un clarinete que le recordaba Un mercado persa de Ketèlby. Sin duda era Purcell o Handel el que se descolgaba por un balcón en vibrantes violines. Y no faltaban tubas, fagot, trombones, trompetas o un corno inglés. Cada casa era una caja de resonancia con melodía propia. Pero una voz lo retuvo más tiempo de lo que sus libras le aconsejaban. Quedó cautivo, como seducido por lotófagos,  frente aquella ventana azul de guillotina. Sentado sobre la maleta escuchó Un bel di vedremo. Y recordando sus veladas en el Royal Opera House aplaudió hasta que Ángela Millán asomó por un postigo. Asoleada, y con el pelo castaño recogido en dos trenzas, esbozó una leve sonrisa.» 

En este otro, Tango mar, premiado el pasado diciembre en Buenos Aires la música fluye entre las palabras:

«Y el bandoneón nos sumerge en el tango. Pasos que sigo, persigo en la noche salobre. Pasos por dentro, pasos por fuera. Se va, viene. Voy, lo busco. Giramos en la locura de los violines. Perdidos ya en el laberinto del tango. Sé que cada compás es el último y cada movimiento, lo aleja, me despide. Y la voz del cantante, se alza entre los instrumentos en la  noche triste que el mar envuelve. El bandoneón desgarra el momento y siento la levedad bajo sus brazos que me llevan y traen como olas que alcanzan la orilla, como restos de naufragio, en una playa desierta, en un isla sin música, sin el cadencioso cimbrear de sus antiguas palabras, notas armoniosas que viajaban al otro lado del nuestro tango. […]. Y llega el último. Las notas de arrabal de los violines, el contrabajo, el piano y el bandoneón, desangran el tiempo. Nuestra danza entre ganchos, enrosques, molinetes, giros, trabadas, barridas, boleos, muere en el paso final, en el abrazo que sin querer me da. No escucho los aplausos, ni las voces que piden otro. Este tango terminó. Y sólo espero que en su nuevo puerto, la soledad lo ancle, la nostalgia lo sitie, y que mi olvido single, errante, por los caminitos de la mar que la luna enciende».

Arafo es infancia y patria, adolescencia y sueños. Y el regreso donde el silencio, algún día, me habitará. Es el Bórcor de mis relatos, de mis novelas. Ese lugar imaginario que no ficticio, sino que está construidos con teselas de realidad, de paisajes, de calles, de edificios, que, he ido guardando en el laberinto de la memoria. Para rescatarlos desde el recuerdo y volverlos literatura. De lo que haya escrito, ya esté referido a Buenos Aires, Nueva York, Santiago de Chile o, a mi querida ciudad chilena de Lebu, deviene siempre de vivencias, sensaciones, emociones, historias, destiladas desde el Volcán de las Arenas hasta la playa de Lima. Desde la niñez hasta hoy.
Tenía tres años cuando realicé mi primer viaje. Mi madre me vistió para ir a la Fiesta del Carmen y sin pedir permiso, visado o pasaporte, me lancé al camino y anduve un buen trecho empedrado, lomo abajo, hasta que un vecino, en las cercanías ya del Barrio del Carmen, alarmado por mi aventura en solitario, me devolvió a mi casa, donde todos me buscaban y no se explicaban cómo había sido capaz de llegar al Carmen. No se les ocurrió pensar que yo ya era una caminante de Arafo.
Pocos años después, mi amiga Montse, y yo, teníamos que ir cada tarde a buscar la leche de vaca a la casa de doña Eva y Urbano, en la Calle Nueva. De ese deber, hicimos innumerables expediciones a nuestro imaginarios nuevos mundos. Doña Eva nos vaciaba la leche, de su jarro de aluminio, en nuestras lecheras y nos marchábamos contentas a explorar. Dejábamos las garrafas debajo de algún parral y nos íbamos a abrir caminitos. Atravesábamos canteros, daba igual que estuvieran plantados de papas autodates o quineguas, de habichuelas o de millo. No dudábamos en pisar surcos pero si teníamos cuidado en bordear los semilleros. La misión de descubrir un nuevo camino cada día era nuestro objetivo inaplazable. Cuando el dueño de la finca nos interceptaba teníamos que huir como prófugas. Pero podía ocurrir algo peor, infinitamente peor. Que, en nuestra ausencia, cualquier roedor, gato o un simple golpe de viento volcara las garrafas. Pero, aún, encontrándolas en pie y sin percance alguno, de regreso, desafiábamos las leyes de Newton y le dábamos vueltas a la garrafa como aspa de molino y, no pocas veces, cedía la tapa y, como Cleopatras, nos bañábamos en leche. También, si la noche nos sorprendía, cosa algo frecuente, nos salía el lado astrofísico o la vena poética y nos dedicábamos a contar estrellas y unir constelaciones. Y en eso de mirar a la vía láctea nos olvidábamos de la otra vía láctea, la que se derramaba a nuestros pies. Y quedaba lo peor. Enfilar la empedrada calle Galván y pasar los controles de la dos aduanas. Dos auténticos Checkpoint. La primera, frente a la casa de Nergio y Grecia. Yola, la madre de Montse, la esperaba en la puerta, lo que le ocurría a ella era lo que me esperaba a mi en el segundo puesto fronterizo. En la esquina de la casa de las Amparo, delante de la de Cira y Claudio, la figura de mi madre, con los brazos en jarra, se recortaba en la oscuridad. Ahí, naufragaba la expedición de esa tarde.
Cada sábado hacía otro camino, más largo y sinuoso, con mi abuela Magdalena. Bajábamos hacia El Pino. A veces entrábamos en el almacén de Miguel o hacíamos escala, más abajo, en el de Carmela. Después continuábamos hacia las Cuevecitas, donde vivían mi bisabuelo Agustín y mi familia materna. Recuerdo que mientras caminaba me iba inventado cuentos y poemas. 
Y también estaba el viaje de los sabores, los aromas y la magia del cine. Algunos domingos, muy temprano, antes del amanecer, en la plaza, mi abuela Felicidad y yo, subíamos a la guagua y nos bajábamos en La Hidalga. Dejábamos a un lado la gasolinera de Diógenes y su mujer y entrábamos en la panadería de Ignacio y sus hermanas. Los panes se alineaban sobre la mesa bajo bombillas nevadas de harina, listos para hornear o, los que estaban a punto para el reparto, asomaban, curiosos,  sus picos en las cestas. El sabor cálido al pan crujiente de matalahúga es un de mis paraísos perdidos. Continuábamos por el Carretón a pie hasta llegar a la cueva de mi bisabuela, Madre Lupa, en la playa del Socorro. El aroma a mar envolvía la mañana. Me sentaba en el patio y, una a una, releía aquellas revistas antiguas, que Luciano, el fotógrafo, le había regalado a mi bisabuela y donde venían las biografías y avatares de actor y actrices de Hollywood como Rodolfo Valentino, Pola Negri, Greta Garbo y tantos otros. Cuando me hundía en esta lectura con textura de celuloide, el mar aún podía esperar. 
Para ir a la Escuela, hoy edificio consistorial, tenía dos rutas y a su vez múltiples atajos. Una por el Aserradero. Podía encontrarme con Margarita, Remedios o Luisa Mari en la esquina. Pasaba por delante de la venta de Pedro y Teresa, del garaje de Ismael, Anita y Frasquita, de la capilla de la Cruz. Atravesaba la Plazoleta descampada donde jugábamos al brilé. Dejaba atrás la de Begoña Hernández Batista, artista arafera en Lanzarote, recuerdo el chocolate caliente que nos preparaba su madre Amalia para la merienda. Entraba en la panadería de Valentín Fariña para ir a buscar a mi amiga Cory. Y era fascinante contemplar, por la mañana, ese trajín de panes redondos y, por la tarde, el incesante ir y venir de mujeres con milanas de bizcochos y bizcochones para dejarlos y sus tías los sacaban, más tarde, del horno de leña. Según la hora, podía incluir un polo de cubitera, sabor naranja o limón, en la venta de Nilo. Y otra panadería, la de Arecio y su mujer, asomaba por el callejón cercano.
La otra ruta a la Escuela, bajaba por el Lomo, caminaba o corría sobre  la estrecha acera, es decir, la tajea tapada de cemento. No pocas veces también pista de aterrizaje. Coincidía, a veces, con Merci, Mari Carmen Batista y su prima Merci o Eloina. En ocasiones, pasaba por la venta de Teresa, a un lado del Convento; otras hacíamos escala en la casa la bisabuela de Montse, y allí, su abuela, Madre Fe, nos aprovisionaba de bocadillos con el pan cumplido que hacía su padre, Mundo. Y bien, seguíamos por El Paso de la Flora a buscar tablones a la carpintería de José Daniel o de Efraín para jugar más tarde o bien, optábamos por el Barranquillo (calle Jesús Santiago Guanche) y, Elvira la Catire, una anciana de aspecto extranjero, nos daba caramelos. 
No faltaron las excursiones al Barranco de Añavingo y, sobre todo, a Lo Ramos, a pasar un día junto a los hornos de piedra y las ruinas agustinas. Excursiones donde siempre había tarta de moka y la odiosa, en aquel entonces para mi, ensaladilla rusa. Yo me preguntaba que si la Dictadura había prohibido todo lo que venía de Rusia porque seguía tan libre y andarina la dichosa ensaladilla.
No quiero olvidar la importante aventura de las tarde del domingo, en la primera sesión del Cine Pérez, donde, desde Arafo, viajábamos al otro lado de la gran pantalla. Y que años después reflejé en un relato titulado Primer plano:

«Reconstruí el cine que quedó completamente inundado. Y Bórcor siguió soñando en blanco y negro. Hasta que una noche cayó una fuerte helada. Permanecíamos sentados frente una solitaria estación de trenes. Un hombre con sombrero esperaba entre las sombras del andén. El humo de su tabaco se fundía con la niebla que viajaba por los raíles. De las sombras emergió una mujer de melena rubia. Un zoom acercó su rostro hasta ocupar toda la pantalla. La actriz se hacía llamar Llith Maine pero Teobaldina, la antigua acomodadora del cine, apareció en un primer plano, tan cerca y tan inaccesible.»

Significar, también, las puertas y cancelas que me abrieron a nuevos caminos y las llaves que me dieron para otros, los maestros y maestras: doña Paquita, doña Rosa Mari, doña Juana, doña Crucita, don Joaquín, don Rafael, don Juan Miguel y Doña Josefina, que aunque no tuve la fortuna de que me diera clase, era la directora y su labor educativa ha quedado para siempre. No olvido a mis maestras de los períodos estivales: Nazareth, Edelmirita, Nelsita y Teresa la de Native. 
La ruta a la biblioteca pública en las tardes de la adolescencia. Después de solicitar a Tomás algunos libros en préstamos nos íbamos a la plaza y nos sentábamos junto a la iglesia de San Juan Degollado, a trazar sueños con los libros en la mano. Nos encontrábamos con Rosi, Rosaura Quintero, que está en el cielo, Cande Ferrera, Mari Carmen Encinoso, Bruno, Felipe Anselmo, Francisquita, José Guillermo, Jovita, Juan Carlos, Felipe Neri, Rosa Mari Marrero, Agustín, Cruci, Ramona, Quira y tantos otros. También acudíamos al Centro Cultural o al Casino Unión y Progreso a leer la prensa. Sobre todo el periódico La Tarde que traía poemas, cuentos y un curso de francés.
Pero ese constante viaje interior por los laberintos de Arafo, en distintas épocas y edades, que todos los araferos hemos explorado y exploramos, no sólo ha sido cosa nuestra. Otras voces y colores han jalonado nuestros caminos como los romeros que, desde el norte o el sur  de la isla, van hacia Candelaria. Y de más lejos, han bajado por la cumbre o han zigzagueado por la carretera de los Muritos y nos han visto con el tamiz sus ojos foráneos. Me refiero a los viajeros y viajeras que descendían en mulas por este volcánico Valle de Güímar y pasaron por nuestro pueblo, o se quedaron en él, viajeros y viajeras victorianos, botánicos, ingenieros, investigadores…, ingleses, franceses y alemanes que sobre todo, en el siglo XIX y principios del XX, se adentraron por nuestros barrancos, senderos y paisajes. He aquí lo que escribió en su guía El Valle de La Orotava, el pastor inglés Obert Ward en 1903:

«A los jinetes siempre se les aconseja tener una mula sin herrar para las laderas de estas montaña agrestes. […] Desde el Puerto se tarda cuatro horas y media y dos horas desde Aguamansa. La vista desde el Pico es muy bonita. Un mar de nubes como algodón cubre todo el valle […] Por la otra vertiente, el viajero, puede ver, hacia abajo —a 1.000 pies— un gran cráter flanqueado por picos rocosos. La retama se encuentra en la parte alta. La tierra por la que transitamos está teñida por los colores del arco iris. Uno podría imaginar que un artista ha pintando los colores a una escala gigante. […] El descenso se hace sobre arena negra y suelta, y tenemos dos caminos para elegir: uno por Arafo, más apropiada para las bestias, pero más largo, de tres cuartos de hora y otro directo a Güímar, más corto, pero más abrupto y áspero.»

La fotógrafa inglesa Margaret D’Este nos miró por el objetivo de su cámara en 1909, en su libro En las Islas Canarias con una cámara, escribió: 

«Por fin bajamos al fondo del valle y recorrimos un tramo de finas cenizas negras dispersas con pizcas de escoria de la lava que fluyó en la última erupción. Todo el lugar está quemado, muerto, infernal, desolado con la desolación que rebasa a aquella del desierto. El polvo sube como el humo bajo los cascos de nuestras mulas. Ni una mala hierba o brizna crece sobre el montón de toba volcánica de color negro carbón que bordeamos. Un montículo circular lleno de cenizas, un relieve volcánico de algo más de 200 pies de altura, formado por una gran erupción volcánica, que los geólogos dicen que quizá fundó el antiguo valle de Arafo y levantó el pico actual.
El volcán de Arafo estuvo activo en 1705, emitió un gran un chorro de lava que forma un sinuoso camino, como una serpiente negra hasta casi llegar al mar.»

Sé que después de tanto callejear, andar por senderos y caminos pedregosos, alguien, entre el público, estará pensando que me he olvidado de la panadería de Constante, pero no. Es que aún no he pasado por la Cruz del Valle. Y aprovechando que hemos desembocado en esta cruce de caminos, sólo decir, que Arafo es un intenso continente desde la Cumbre a la mar, de la Esquina donde se vira el agua en las taquillas, a la Esquina de los Carros, desde Perdomo hasta la Morra, desde la Piedra del Barranco del Entonado hasta Las Piedras Vivas, desde La Madriguera y El Fielato hasta El Cuervo o La Choza, desde las Vigas hasta el Polígono industrial, desde Los Loros a la playa de Lima, desde la Casona de Secundino Delgado al Auditorio, podemos arafear y llegar lejos por nuestros caminos.
Antes de ir a las Fiestas Patronales, quiero contarles lo que me pasó un tarde en México Distrito Federal a medidos de los años noventa, cuando nuestras imágenes aún no s difundían por las redes sociales. Estaba sentada, anotando en un cuadernos impresiones de aquel viaje, cuando una mujer desconocida se acercó y me dijo, sin más: «eres de Arafo ¿verdad?» Imagínense la impresión. Podía preguntarme si era canaria, cómo se llegaba  a la Plaza Garibaldi. Yo le respondí «¿tanto se me nota que hasta aquí en Méjico me identifican?». Seguro que si lo hubiera relatado en uno de mis cuentos me hubieran acusado de exceso de imaginación arafera. Les desvelo el misterio. La mujer vivía en Gran Canaria pero, tenía un hermano en Güímar y, recordaba verme subir a la guagua que pasaba por Arafo y en la que ella venía. Y allí, en México, casualidades, nos cruzamos porque ella estaba de paso hacia El Salvador.
Los araferos que vivimos fuera cuando nos encontramos en algún lugar de las Isla, de la Península o del extranjero, edificamos un Arafo de inmediato. Nada más empezar a hablar, extendemos las calles en torno a la plaza y la iglesia de San Juan, levantamos el Barrio del Carmen, el Barrero, el Pino, El Tanque, La Hidalga, La Cruz, los Lomos, la Playa de Lima. Pintamos las laderas que bajan al mar, y las montañas que van desde el Pico del Valle hasta Chafa, recuperamos nuestro acento, nuestras frases, nuestros modismos: frente arriba y frente abajo, nos traemos a las familias, a los amigos y vecinos, si es preciso. Rescatamos acontecimientos, leyendas, anécdotas y antes de despedirnos invocamos la frase que es nuestra consigna, la que el ocurrente e ingenioso Antonio Matamente dijo a una viuda, en el duelo de su marido de cuerpo presente: “mientras no sea más que esto, bien está”. Cuando nos separamos, lo hacemos con el araferismo ondeando en nuestra nostalgia, y, con la certeza de que acabamos de regresar de Arafo.
Ser arafero, les decía al principio, es un sentimiento, no sólo es cuestión de origen y cuando nos vamos lejos o cerca, lo hacemos para sentir la felicidad del regreso, esa que acontece cuando ya desde la autopista vislumbramos el Valle de Güímar y mientras ascendemos el paisaje se nos abre luminoso y las laderas simulan dos largos brazos que nos acogen. Necesitamos sentirnos a salvo bajo la cumbre, entre las nubes que mecen los alisios o los pinos que el sol ilumina al atardecer. Regresar y acunarnos en el regazo del Barranco de Añavingo, de San Agustín de las Madres. 

Las Fiestas Patronales de San Juan Degollado, San Agustín y San Bernardo, eran sacos mojados sobre garrafones de vino entre las macetas del patio. La mesa de la cocina de mi madre, dividida entre legiones de rosquetes a punto de almibarar y las piñas de almendras recién horneadas. Los almuerzos y las cenas copiosas con la familia que vena de Las Cuevecitas y los amigos. Y antes, una larga expedición a Santa Cruz, a Güímar o Arafo, al almacén de Isabelita, a comprar los vestidos y los zapatas para estrenar cada día de las Fiestas, el más elegante, siempre, el de San Juan Degollado, tan asociado este día, como otros, con la figura de padre Vicente. 
Nuestras Fiestas Patronales no son el fin del viaje, sino la estación donde nos detenemos a celebrar de donde venimos, quienes forjaron Arafo desde que lo habitaron los guanches y llegó Juan Núñez hasta hoy. Esos hombre y mujeres que creyeron en esta tierra y la labraron y trabajaron sin descanso. Excavaron galerías y nos dejaron el agua, el pan de leña, el exquisito queso de cabra, la generosa repostería, el buen vino, prestigiosas bodegas familiares y comarcales que triunfan a la mesa y en concursos internacionales, las papas a la flor del caldo, la música, la banda Nivaria, la banda La Candelaria, el coro María Auxiliadora, las rondallas, las Escuelas de Música, tenores, sopranos, profesores de música, músicos, intérpretes en tantas orquestas, coros y lugares, y la sensibilidad para crear, amar y vivir el Arte. Y mientras salimos a la calle, escuchamos el Certamen de Bandas, participamos de los diferentes eventos deportivos y culturales, de la Elección de Reinas y Romera, de la la alegría de las parrandas, de las pellas de gofio y los buches de vino de la Romería de San Agustín, de la Misa, la procesión del Pendón y los actos solemnes del domingo de San Juan Degollado, de la Verbena de San Bernardo, reivindicamos, mientras nos divertimos, nuestra historia.
Y cuando se celebra la historia se cimienta el futuro y sueño con un Arafo que sea siempre ese faro, que alumbre a los barcos del arte que naveguen hacia esa luz que parpadea a la sombra del barranco de Añavingo, desde nuestro buque insignia de la Música, al de las Bellas Artes, las Artes Escénicas y Audiovisuales, el cine, la fotografía, el teatro, la literatura, las bibliotecas, los libros, la lectura. 
Un pueblo construido desde el trabajo, la imaginación creativa y el disfrute del arte en este hermoso Valle de Güímar que compartimos con la Villa de Güímar y la Villa de Candelaria. 
Un pueblo que tiene por frontera el verde de los pinos,  el azul del cielo y la inalcanzable línea del horizonte, donde el mar y el sol se encuentran cada mañana.Un pueblo para arafear. No perdamos ni un minuto más para celebrar la vida, la amistad y el encuentro.

VIVAN LAS FIESTAS PATRONALES DE SAN JUAN DEGOLLADO, SAN AGUSTÍN Y SAN BERNARDO.
VIVA ARAFO.