domingo, 27 de febrero de 2011

El poema del tren

Desde la ventana de casa observo como la silueta deslizante del tren de las seis se vislumbra y apenas se escucha el silbido ronco que emite. Unas veces lo enmarcan los tonos rojizos del amanecer, otras me recuerda a una estrella del cine negro que camina, insinuante, por las calles de Nueva York o Chicago, bajo los grises del otoño, o las cortinas movibles de la lluvia. Atraviesa el llano y calculo que me restan veinte minutos para bajar a la estación. Allí lo espero. Me gusta subirme temprano cuando apenas hay pasajeros y los vagones casi desiertos le otorgan ese aire elegante. Me acomodo en un asiento que dé a las vías del tren y me dejo mecer por su traqueteo e invadir, ahora sí, por el sonido nítido de su avance. Es el único lugar donde permito que la voz de Darío se desate con su letanía de promesas, de intentos fallidos, de separación temporal, conveniente, necesaria. Me acaricio el vientre donde nuestro hijo permanece ajeno a las deserciones, a las noches vacías, a la estación donde nadie nos esperará.

domingo, 20 de febrero de 2011

El concierto

Los músicos fueron ubicándose en sus distintas secciones y una extraña cacofonía invadió la sala. Los violines, cerca del público, con las violas y los chelos, los instrumentos de viento y metal detrás, el piano y el arpa, los contrabajos a un lado y la percusión cerrando la orquesta. La sala se oscureció y sólo fulgían los destellos de las trompas, trompetas y trombones. El director salió por una puerta lateral, cruzó el escenario en penumbra, tendió la mano al primer violín, saludó al público que palmeaba por cortesía. Nos dio la espalda, levantó los brazos como un águila abre sus alas antes de echar a volar. Sus manos comenzaron a aletear con las primeras notas de la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorák. Poco me importaba el sonido destilado, los contrapuntos coloristas, los arpegios acompasados. Mi mirada viajó por la platea y se posó sobre sus hombros, lo abracé en la distancia como tantas veces, desde aquel otoño cuando tropecé con Gabor Jaceck a la salida de un hotel y sus partituras rodaron y se desordenaron por la acera y la calzada, y mi ordenador fue a parar a un charco de lodo; él juró en arameo, luego supe que era en húngaro, y yo en canario. Y de aquellos sonidos discontinuos vino una cena y la noche que envolvió nuestros cuerpos en una banda sonora desconocida, hasta entonces, para mí. Los edificios de Nueva York, la ensenada del río Hudson arribaron a la sala desde las partituras, pero yo permanecía en cada una de las habitaciones de los hoteles donde nos encontrábamos durante aquellos años. Un día me dejó una nota en la recepción que decía: cuando nos volvamos a ver será bajo esa ola que sale del Atlántico y parece suspendida por una glaciación repentina, allí te esperaré. Los aplausos sellaron el concierto. Los músicos se levantaron varias veces, Gabor auscultó, en la oscuridad, los rostros de quienes lo ovacionaban.
La dirección sostenida dejó traslucir la maestría del profesor magiar que condujo la orquesta bajo las olas, sobre el mar por el que navegan las esperanzas a un mundo de oportunidades, de rascacielos iluminando la noche que como faros vigías nos transportan al lenguaje musical de un hombre apasionado. Este párrafo es el único que salvaré para la crónica que enviaré mañana al periódico. Ya es madrugada y Luis me llama desde la cama.

Canarias en la Literatura Universal

Julio Cortázar y el gofio

Lean este comentario bajo sospecha, pues desde que conocí a Julio, disculpen la familiaridad pero son muchos años ya de relación, su mundo, sus mundos, son parte de mi territorio. Y si la objetividad tiene una empecinada tendencia a moverse por las tinieblas, en este texto está desterrada.
Julio Cortázar nació en 1914 en Bruselas como producto del turismo y la diplomacia, según aseguró el propio autor. Cuatro años más tarde se traslada con su familia a Banfield (Buenos Aires). Abandonado por su padre vive, junto a su madre, una tía y su abuela, una infancia convaleciente, de lecturas y primeros escritos. Cursa estudios para maestro y combina la docencia con la creación literaria. Tras obtener una beca se traslada a París en 1951 donde realiza labores como traductor para la Unesco. Alli fallece en 1984.

Dia de las Letras Canarias

Día de las Letras Canarias


El Gobierno de Canarias aprobó la celebración, cada 21 de febrero, del Día de las Letras Canarias. La fecha elegida conmemora el fallecimiento del ilustrado José de Viera y Clavijo en 1813. Se homenajea a autores de las Islas, que se han significado por su valía literaria, cultural e intelectual. Se ha dedicado a José de Viera y Clavijo (2007), Benito Pérez Galdós (2008), Mercedes Pinto (2009), María Rosa Alonso (2010) y Tomás Morales (2011).
Recientemente se sucitó una fuerte polémica cuando el Parlamento de Canarias aprobó, por unanimidad, reconocer el próximo año al científico lanzaroteño Blas Cabrera. El mundo de la literatura ha manifestado su contrariedad pues considera que se trata de un evento para reivindicar las letras canarias, por otro lado, tan denostadas y tan ignoradas. Oportunidad para dar a conocer a la ciudadanía, en general, y a los estudiantes, en particular, la literatura canaria, de importancia universal y de conocimiento ni siquiera local, reducido, en su gran mayoría, a círculos especializados. Todos los honores que se le hagan a Blas Cabrera son merecidos pero no en el marco del Día de las Letras Canarias, restan aún muchos narradores y poetas por sacar del olvido, el abandono, la postergación, el desconocimiento. Confiamos en que el sol de las Islas se abata sobre quienes tienen la obligación de velar por la defensa de la cultura canaria y el 2012, continuemos en la senda de la fiesta de los escritores canarios.

domingo, 13 de febrero de 2011

La noche americana

La canícula de agosto caía implacable sobre la ciudad. Armando caminaba lento y sofocado, como si barriera la acera de lado a lado con su bastón. Entró en el zaguán de casa y me pidió un vaso de agua fría, helada, me suplicó. Me enganché a su brazo y lo acompañé al rincón más fresco del patio, junto a la destiladera cubierta de helechos, por si allí era posible ahuyentar el calor caliginoso de la tarde. Bebió un largo y pausado trago y fue, entonces, cuando me preguntó si el agua era de color azul. No, es transparente, respondí. Sí, ¿pero es azul?, volvió a insistir. El azul, miré al cielo turbio por si encontraba ayuda, es una forma de entender el mundo, de pasar por la vida … Armando arrugó el entrecejo. Sí, toca este trozo de hielo, unido a otros miles, millones de cubos, forma un glaciar, nieve sobre nieve acumulada, pero es eso un paisaje. El azul que tú necesitas y que yo siento, es variable y está dentro, no se ve solo se sufre o produce placer. Cuando Jorge se marchó con mi mejor amiga, los días se volvieron grises y las noches azules. Armando ¿recuerdas el verano que bajé por el Misisipi, desde Chicago a Nueva Orleans y las sesiones de blues a las que asistí por cada ciudad que pasaba? La felicidad se volvió líquida y azul. Las emociones me transportaban en barcos de vapor a garitos repletos de dicha. Sí, porque podía rozar el cielo con la palma de la mano. La mañana que encontraste a tu madre muerta sobre la cama y llegaste a casa dando voces, golpeando la puerta, bajo el desplome de una borrasca de otoño, era del color que crees no conocer aún. Y el primer verso que me hiciste leer, ese que te pareció pasado, yo soy aquel que ayer no más decía el verso azul y la canción profana. Armando sonrió. O cuando me tocaste los pechos por error, según me juraste. Y es azul el sonido que roza la arena, trepa, serpentea por las rocas, entre los callaos, con ese olor a sal marítima. El azul, Armando, no es azul, son muchos azules. Pero si aún albergas alguna duda sobre la tonalidad del color, pronto lo tendrás claro, perdón; Armando arqueó ligeramente la comisura de los labios. Es como si en la noche en la que tú vives, y que tan bien conoces, colocara un dispositivo que te transportara al otro lado de la oscuridad. En las películas antiguas los fotógrafos instalaban un filtro azul delante del objetivo de la cámara para crear una escena nocturna. Es la noche americana. Armando buscó mi mano sobre la mesa, es azul, también es azul.

Los libros invisibles


Amanece en Nueva York y por la Quinta Avenida se aproxima un taxi amarillo que se detiene y del que desciende Audrey Hepburn. Es la primera escena de la película Desayuno con diamantes (Breakfast at Tiffany’s, 1961). Desde una imagen espectacular se ve a la protagonista de espaldas, vestida con un impecable traje negro de noche. El zoom de la cámara la reduce a un plano medio que, en contrapicado, lee el letrero de la joyería Tiffany & CO. Se acerca al escaparate mientras el plano se abre. La cámara la rodea, ya la podemos visionar de perfil, instante en el que abre su bolsa, extrae un cruasán, un vaso de café y comienza a desayunar mientras contempla, a través del cristal, las joyas de la tienda neoyorquina. La banda sonora de la canción Moon River la envuelve.

domingo, 6 de febrero de 2011

Canarias en la Literatura Universal



Nathaniel Hawthorne y Canarias


Escritor estadounidense, se le considera junto a Herman Melville, iniciador de la novela norteamericana. Nació el 4 de julio de 1804 en Salem (Massachussets) y murió el 19 de mayo de 1864. Su vida estuvo dedicada a la literatura que compaginó durante algún tiempo con el trabajo en una comuna, la Granja Brook y como tasador en la Aduana de Boston. Viajó y vivió en Europa. Fue nombrado cónsul en Liverpool por su amigo y, entonces, presidente de los Estados Unidos Franklin Pierce. Articulista, autor de cuentos y novelas, en sus creaciones se refleja una honda preocupación religiosa que deviene del puritanismo que llevaron los colonos a Nueva Inglaterra. La visión del mundo, que supura en sus obras, es profundamente moralista donde analiza el sentimiento de culpa y las consecuencias del pecado. Su primera publicación es una novela gótica Fanshawe (1828). En 1837 ve la luz Historias dos veces contadas, una colección de cuentos. Más tarde escribe La silla del abuelo: relatos para jóvenes (1841). La novela por la que el autor es más conocido es La letra escarlata (1850). Al año siguiente escribe La casa de los siete tejados, otra de sus novelas insignia. Su producción continúa con El libro de las maravillas para chicos y chicas (1852), La estatua de nieve y otros cuentos contados dos veces (1852), La granja de Blithedale (1852), El fauno de mármol (1860), Nuestro viejo hogar (1863). Obras publicadas después de su muerte fueron Septimius Felton o el elixir de la vida, El romance de Dolliver, El secreto del doctor Grimshawe, Cuadernos americanos, Cuadernos ingleses y Cuadernos franceses e italianos.