miércoles, 4 de septiembre de 2013

De regreso




Después de una ausencia más prolongada de lo prevista regreso con energías renovadas y algunas novedades que iré incorporando al blog. 
La primera es la nueva imagen de la cabecera. Una invitación a leer y compartir un buen café. Pero también a mirar a través de la ventana a otros mundos literarios y dejar pasar la luz diáfana de tantos lugares que iluminan el Buenos Aires 1929. Siempre un enriquecedor intercambio; trueque de historias y emociones, de poemas y vivencias, de crónicas y ensayos, de comentarios y opiniones… 
Pronto comenzaré a publicar e intercalaré relatos con artículos, reseñas, noticias, eventos literarios, culturales y cuanto se relacione con el libro y la literatura. Y también a visitar los espacios amigos
Ha sido un verano de descanso, de paseos, de lecturas, de escritura, de recuperación, de conversación, de familia, de escapadas y por supuesto de momentos sólo con el mar. Un período para reflexionar y perfilar proyectos. Para andar por viejos y nuevos caminos. En ese deambular he ido recogiendo imágenes e historias, coleccionando recuerdos, emociones. Fraguando relatos que un día también andarán por aquí.






Un mar de ilusiones e ideas que ya nadan sobre las olas






De regreso al Buenos Aires 1929 Café Literario


jueves, 25 de julio de 2013

El color de las almendras






«No hay un solo día que no recuerde la noche del naufragio», me soltó de pronto mamá. Sentadas en el viejo pantalán de madera, le había contado la ruptura con Paolo. Que me dolía regresar de nuevo a Florencia y encontrar la casa llena de su ausencia. Cerró el libro de poemas de Cavafis que aún mantenía abierto. La tarde se despedía azul con cirros grises. Siempre taciturna, rompió a hablar en un largo monólogo con la mirada anclada en el horizonte. La tempestad aventaba olas altas como farallones. 
«Tu padre navegaba en los bacaladeros del Norte. Salí a proteger las ventanas y un golpe de viento me arrastró por el jardín, me empujó contra la valla, y rodé por el suelo fangoso. Sola, había librado otros inviernos en esta alejada isla de Whalsay, pero mi espíritu del sur aún no se había adaptado a su aspereza. La tempestad rugía entre dentelladas de relámpagos. Las nubes descargaban agua como toneles reventados. Las ovejas resistían aovilladas junto a la casa. Y la mar atacaba con latigazos de viento y espuma. Cuando por fin pude ponerme de pie vislumbré, entre la lluvia y la niebla, el bailoteo de unas luces en la costa. Eran como estrellas que se hubieran caído al agua. Traté de correr pero la furia del aire me empujaba hacia atrás. Resonó el crujido de una nave despedazada contra las rocas. Siguió una deflagración y aparecieron pequeñas fogatas como islas incendiadas. El olor a algas y salitre se mezcló con el hedor a gasóleo. A empellones alcancé la resbaladiza orilla. Grité pero sólo respondieron el oleaje y la madera que crepitaba en medio de una gran humareda. 
Me adentré en el agua y descubrí a un hombre que flotaba junto a una bengala. Nadé, pero el mar me rechazaba. La marea jugaba a acercarlo y alejarlo. Se perdía en la oscuridad y reaparecía de pronto a más distancia. Las olas me envolvían y cegaban. Agotada, me abandoné para que la corriente me sacara fuera. Fue entonces cuando sentí el golpe de su cuerpo contra mi espalda. Me giré, lo agarré por los hombros y tiré de él hasta sentir las algas y las piedras bajo mis pies.
Le hice vomitar todo el océano que se había tragado. Aunque no pude extraerle aquel que por las noches ahogaría sus sueños de náufrago. Temblando, ensangrentado, y sin apenas ropa conseguí arrastrarlo hasta la casa. Lo sequé, le curé las heridas, y le di comida caliente.  
 Sus ojos, del color de las almendras, venían de contemplar el monstruo que esconde el mar. La piel curtida al sol y a la sal envejecía su rostro hasta los treinta años. Hablaba en un idioma gutural. Me señaló en un mapa el mar Mediterráneo y marcó con una cruz la isla de Paros.  Durante los días que duró la tormenta nos comunicamos por gestos, dibujos y risas. Era un trabajador de una plataforma de petróleo y había salido a pescar con el atrevimiento de quien conoce las Cícladas pero ignora las islas escocesas y el oleaje que las asuela».  
Mamá se quedó en silencio. El mar ya se había tornado rojizo y en el cielo  se acumulaban briznas de nubes parduscas. Nikos se fue en el primer barco que atracó en Whalsay. «Aquí, Irene, el viento y el salitre cicatrizan pronto las heridas», me soltó bajo una llovizna que comenzaba a caer.
Regresamos a la casa. Vi mi rostro en el espejo de la entrada. Y recordé, como una bengala que se prende, cuando Paolo me decía que mis ojos tenían el color de las almendras.



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sábado, 20 de julio de 2013

Despedida de mi ordenador





Primero fue una lluvia de acentos en diagonal. Siguieron líneas de agua en vertical. Y finalmente una pantalla azul con textura de escamas. El ordenador se despidió silencioso y se zambulló en su mar. Después de ocho años toca poner fin a una larga e intensa relación. Conoció mucho más de mí que yo de él pero, al menos, me quedan sus archivos que un amigo salvó antes de sumergirse definitivamente. Echaré de menos sus teclas, el gatito que iniciaba nuestras sesiones y el sonido de las noticias que llegaban. Y a quien me lo regaló decirle que fui muy feliz con él. He iniciado una nueva relación con otro ordenador, será conflictiva al principio y tengo la certeza que menos duradera. Pero estamos en esa deliciosa fase de descubrimiento.
La próxima semana publicaré un nuevo relato y espero ir visitando todos los espacios que tengo sin actualizar. 
Ya estoy navegando por los aires con mi nueva máquina. Vuelo rasante que me hace sentir como en la escena inolvidable de Memorias de África (Out of Africa)






domingo, 12 de mayo de 2013

Desarmando la noche




La mañana que entré en la noche caía una llovizna encendida bajo los rayos de sol. El arco iris se zambullía en el mar y se arqueaba hasta el horizonte. Pero un eclipse cubrió mis días. Y daba igual que inhalara el aroma de las buganvillas o escuchara la algarabía de los niños jugando en los parques. Me perdí en una interminable noche deshabitada, sin estrellas, sin ni siquiera el ulular polvoriento del aire calinoso.
Sostenía un paraguas por el que resbalaba la lluvia y mojaba a Raúl que me miraba amurallado. Él movió varias veces la cabeza mientras me repetía que no, que no podía continuar. Los últimos diez años se derrumbaron como un edificio dinamitado. Y los escombros oscurecieron el día. Vi el agua que discurría como un riachuelo junto a la acera. Pensé, que,  tal vez, era yo que bajaba por la calle diluida. Enmascaré mi perplejidad con un falso «entiendo». Y él se subió el cuello de la chaqueta, se giró, y se alejó con las manos en los bolsillos. Yo también me di la vuelta y me fui en dirección contraria, hundiéndome en la noche.
Dimití del día. Pero cuando la negrura arreció, me fui al frente de batalla. Y recorrí las trincheras del desamar. Al principio fue una lucha desigual, como si en solitario atacara a los guerreros de Xian. Pero poco a poco fui aplicando técnicas de guerrilla. Dinamité recuerdos, destruí fotos, cartas, y otros documentos dolientes. Volé el puente hacia la nostalgia, olvidando canciones y censurando películas. Pero mi avance se detenía siempre ante la imagen de Raúl alejándose de espaldas, bajo la lluvia. Continué nadando en ese mar pedregoso de abandono y ausencia, sin victoria, sin armisticio.
Una tarde, noche para mí, me tropecé con Raúl en una calle estrecha del centrode La Laguna, junto a la iglesia de La Concepción. Me invitó  a un café en el Venezia. Nos sentamos delante de un gondolero que remaba alegre bajo el Ponte Vecchio. Hablamos de lo bien que marchaban nuestras vidas. Raúl me contó su proyecto de dirigir Esperando a Godot, en otoño. Yo envolví mi trabajo en la aduana con papel de celofán. E improvisé los detalles de un próximo viaje a Nueva York. No flanqueamos la línea del pasado ni nos citamos en el futuro. El presente nos inundó entre los canales que colgaban fotografiados por las paredes.
Antes de despedirme le pedí que no se levantara, que permaneciera allí hasta que abandonara el Venezia. Cuando llegué a la puerta del Café, me giré y me despedí levantando la mano.
Me adentré por la calle adoquinada de San Agustín. Las farolas se fueron encendiendo como luces de gas; las estrellas se balanceaban encima los tejados, pero por las esquinas ya se apostaba el amanecer. Ahora, recordaba a Raúl sentado, esperándome.
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miércoles, 17 de abril de 2013

Una maleta llena de relatos




El pasado 10 de abril se presentó el  libro Una maleta llena de relatos en el Bibliocafé, espacio literario y de ocio de Valencia. Un lugar donde comer, ir de tertulia, tomar un buen café o leer, sorbo a sorbo, un libro de los muchos que habitan los anaqueles del local. Novelas, relatos, poemas, ensayos, ocupan las estanterías y bajan a las mesas multiplicando los mundos paralelos, ampliando la red infinita de laberintos que la literatura expande. Idea original y propietario que comparte, José Luis Rodríguez Núñez. Un territorio bajo el imperio de la imaginación pero también de la creación literaria. Donde se celebran cursos, talleres, encuentros y presentaciones de libros. 

domingo, 7 de abril de 2013

Tiempo de mar






Voz de Jorge del Nozal *


Relato premiado en el X Concurso Literario Gonzalo Rojas Pizarro en Lebu (Chile)





*El poeta y pintor Jorge del Nozal que publica y recita su poesía en Duende de poeta tuvo la generosidad y deferencia de hacerme un inmenso regalo y narró desde la profundidad y calidad  de su voz  Tiempo de mar. Gracias Jorge.

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sábado, 23 de marzo de 2013

La décima campanada




Alberto colocó cuidadosamente su camisa blanca en una silla,  junto a los tejanos que se quitó después. Quemó una a una las hojas de su currículo que tan arduamente repartía a diario desde que, un año atrás, lo despidieron del colegio. Recordó la sonrisa de Alba pocos días antes de recibir la carta que le paró el corazón. Miró el reloj y se tendió sobre la cama. Apagó la luz y esperó en la oscuridad el sonido de las campanas de la iglesia de La Concepción. Contó hasta la novena. La muerte le llegaría en la décima, según le aseguró, aquella mañana, una gitana en la Plaza del Adelantado. Las ramas de las palmeras callaron. La lluvia que babeaba por la boca de las gárgolas de La Laguna cesó. Y sobrevino una negrura sorda. Él se adentró ligero por el viejo túnel de los sueños, pero éstos ya se habían marchado. Ni rastro de voces, de historias absurdas o deseadas, de huidas a cámara lenta, de colores intensos, de gritos en silencio. La muerte, comprendió, era ausencia.
Un estruendo metálico lo devolvió a la vida, a esa vida prestada que otros le alquilaban. Corrió a la ventana sin reparar en las radiantes salpicaduras rojizas del amanecer.  Y los vio allí, golpeando con una barra de hierro la puerta de su casa. Venían a desahuciarlo. Bajó las escaleras y esperó a que irrumpieran. Le mostraron documentos judiciales y le hablaron de sentencias por impago. Salió a la calle. Los vecinos lo rodearon, lo arroparon. Se dejó llevar hasta mi casa. Allí permaneció sentado con la mirada perdida en una fotografía en blanco y negro que colgaba de la pared. 
—Irene, me gustaría saber —habló por fin— qué se oculta tras la niebla. 
Me acerqué y observé pequeñas luces moteadas en la imagen. 
—Es una calle iluminada—aventuré. 
—Puede ser un barco que navega ahogado por la neblina en el Mar del Norte. 
—No —insistí—, es una ciudad despertando a la noche. Tal vez solo son velas que arden cubiertas por su propio humo, o antorchas al borde del camino. 
—No Irene, deben ser almas errantes que vagan con faroles en la mano. 
Me acerqué y aspiré su aroma a naranja y madera húmeda,
—Son amantes  furtivos — Y una leve sonrisa se dibujó en su rostro ojeroso y con barba de días. 
Ya debo irme —dijo a última hora de la tarde—. Al parecer a mis cincuenta años tengo una nueva vida y la he de encontrar. 
Antes de que llegara a la puerta me coloqué a su lado.
—¿Y si esperas aquí, conmigo, a que la niebla se vaya?
Volvió junto a la fotografía.
—La décima campana no sonó, aún me queda tiempo.




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jueves, 7 de marzo de 2013

Breve historia de un sueño








A veces los sueños se manifiestan en la noche. Llegan sigilosos y se cuelan en la oscuridad para diluirse en deseos al amanecer. Otros adquieren formas metálicas, ruidos a motor y se elevan al cielo, navegan entre nubes y cuando aterrizan se vuelven Chile.




domingo, 17 de febrero de 2013

El poeta de la emoción*



El pasado febrero viajé desde España Lebu, Chile, para asistir a la entrega de premios del X Concurso Literario Gonzalo Rojas Pizarro. Fueron jornadas de encuentro con amigos, poetas y escritores pero también  un viaje donde conocí y aprendí. 
Con motivo de esta participación, y recibimiento del premio otorgado, he realizado en esta entrada una semblanza del poeta lebulense y he elegido algunos poemas al azar, sin mayor pretensión que el placer de leerlos.





Gonzalo Rojas Pizarro, nace el 20 de diciembre de 1916 en la ciudad chilena de Lebu y fallece en Santiago de Chile el 25 de abril de 2011.
Descendiente de mineros inicia estudios de Derecho que abandona en el tercer año por Pedagogía. Más tarde se licencia en Filología Clásica. Durante su etapa de formación trabajó en el internado Barros Arana en Concepción y participó en la alfabetización de los mineros de Atacama. Entre 1938 y 1941 entra en contacto con el grupo surrealista Mandrágora aunque nunca se consideró surrealista. Y en estos años pasa a ser jefe de redacción de la revista Antártica. De 1946 a 1952 ejerce como profesor en la Universidad de Valparaíso. En 1948 publica La miseria del hombre que tuvo una acogida dispar pero que fue alabado por Gabriela Mistral quien opinó me ha removido, y a trechos, me deja algo parecido al deslumbramiento de lo muy original, de lo realmente inédito. Entre 1952 y 1973 fue profesor de Literatura Chilena y Teoría Literaria en la Universidad de Concepción. Período en el que organiza el I Encuentro de Nacional de Escritores (1958) y el I Encuentro de Escritores Americanos (1960). En 1964 se publica Contra la muerte.

lunes, 21 de enero de 2013

Filtro azul de Felicidad Batista




Agradezco al peruano David Cotos, economista, escritor y un experto y apasionado del cine que me haya invitado a participar en su página web Observando Cine: críticas de películas en la sección cuentos cinéfilos. Es una alegría y un honor.
Les recomiendo vivamente su interesante espacio donde se pueden leer críticas y reseñas de películas. Grandes clásicos, pequeñas joyas que quizá han pasado desapercibidas, cinematografías nacionales, géneros cinematográficos, actores, actrices, directores…, cine independiente, etc. Y con una excelente maquetación fotográfica.
Mi colaboración ha sido con el relato Filtro azul al que pueden acceder pinchando sobre el título y que es mi pequeño homenaje a una película y al cine de autor surgido del grupo de la Nouvelle vague.

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martes, 15 de enero de 2013

Chile nuevamente






La pasada Navidad como un regalo mágico recibí la feliz noticia de que mi cuento Tiempo de mar había obtenido la segunda Mención de Honor del X Concurso Literario Gonzalo Rojas Pizarro, celebrado en Lebu (Chile). Participar en este concurso internacional de reconocida calidad literaria y que lleva el nombre de uno de mis poetas más queridos ya es un gran premio.
La organización del certamen, El Club de Amigos de la Biblioteca Pública Municipal de Lebu que contó con el patrocinio del Gobierno Regional de Bio Bio, y en su nombre el coordinador y Ministro de Fe Jaime Alabarce Magnan, me han invitado a la ceremonia de entrega de premios el próximo 28 de febrero en Lebu. Allí estaremos para compartir agradecimientos y literatura en la ciudad natal del poeta Gonzalo Rojas.
Felicitar al ganador, el valenciano Alejandro Pla, a la primera Mención de Honor Maia M. Blak de Israel y a los 195 participantes.
Agradecer al jurado y a la organización que uno de mis sueños se hiciera realidad.
Dentro de unos días reanudaré la publicación de nuevos relatos.



Playa de Lebu

domingo, 9 de diciembre de 2012

Papá Noel se acerca


Los techos de Bórcor se fueron blanqueando a lo largo de la tarde. Copos de nieve se posaban en las tejas y los verodes apenas asomaban por encima de la capa blanca que empezaba a sepultarlos. Los carámbanos se colgaban de los aleros. Columnas de aromático humo de madera de tea se escapaban por las chimeneas y  se perdían en la negrura de las nubes. Mezclas de olores dulzones rondaban por toda la casa. Permanecía apostada detrás de la ventana, atenta a cualquier luz que pudiera aparecer en el cielo Bórcor. Papá Noel se acercaba en su trineo volador. «¡Dácil!» gritó mamá desde la cocina donde, incansable, preparaba la cena de Nochebuena. Sobre la mesa lucía un pastel de Navidad. Debía llevárselo a la señora Eloísa Valcárcel. «¡Oh, no!» musité ante la imperativa mirada de mamá. No era el momento de contrariarla. Una llamada a Papá Noel y su visita, esa noche, quedaría cancelada. Me ayudó a calzar mis botas rojas de Wellington, me abotonó el abrigo azul, me colocó la capucha, me abrió el paraguas y me dijo que no tardara.
Crucé el jardín dándole patadas a la nieve que se esparcía como azúcar. Siempre le tuve miedo a la gélida anciana. Evitaba pasar por su casa desvencijada y solitaria. Pero un atardecer de otoño oí gemidos en su jardín. Me acerqué de puntillas. Era un esquelético espantapájaros jugando con el viento y, en la huida, tropecé con su mirada de hielo. Era alta, melena blanca y ojos grises que nadaban en un rostro adusto. «Niña ¿qué estás buscando?», me preguntó. No paré de correr hasta llegar a casa sin aliento y sin la cartera de clase. Eloísa Valcárcel la trajo y le contó a mamá que se me había caído, sin más detalles.
Las Wellington rojas se hundían en el suelo blanco y se hacía difícil avanzar. La nieve caía iluminada bajo las farolas y en las cercanías de la plaza mayor, el cielo se cubría de centenares de luces de colores. La callejuela que llevaba a su casa estaba mal alumbrada. Toqué en la puerta con los guantes puestos y deseé que no estuviera. Abrió enseguida. Le tendí el pastel. Me invitó a pasar. Me negué. Insistió. La nieve arreciaba. Entré temblando de frío. Me llevó a la sala que permanecía en penumbra. Muebles viejos, sillones tapizados en tafetán granate y verde, cortinas raídas, ningún adorno de Navidad, ni aromas dulces. Encendió la chimenea y me pidió que me acercara al fuego. La nieve no paraba de caer «¿Me tienes miedo?» me preguntó cuando empecé a sollozar. «Un poco —balbució— pero no lloro por eso, es por Papá Noel que llegará a casa y no me encontrará». «Cuando pare de nevar regresarás con tus padres». Desapareció y al poco rato entró con un enorme arcón polvoriento. Lo abrió. Dentro guardaba un abeto tallado en madera con bolas envueltas en papel amarillento y guirnaldas de colores. Me pidió que la ayudara. Lo sacamos, limpiamos cuidadosamente cada adorno y le colocamos velas que yo encendí una a una. Después extendió un mantel con muérdagos y flores de Pascua. Puso el pastel en el centro, junto a una lata de galletas de jengibre donde niños victorianos patinaban y se deslizaban en trineo. Preparó un chocolate que bebí deseando que no contuviera una pócima maléfica. El tiempo pasaba y fuera se acumulaba la nieve. Terminó sirviendo una sopa improvisada. Cuando recogió los platos la acompañé a la cocina. La nieve cubría el alféizar de la ventana. «Mira hacia el bosque de pinos»,me indicó con la mano. Allí parpadeaba una luz, Papá Noel estaba cerca y aún no había pasado por casa. Di saltos de alegría.
Salimos al jardín, la nevada había cesado. Pasamos junto al espantapájaros convertido en un estilizado muñeco de nieve. Casi volábamos y, en una de las aceras, Eloísa resbaló y cayó de bruces. La ayudé a levantarse mientras reíamos. Cuando llegamos a casa sacó de debajo de su abrigo una muñeca de trapo con unas trenzas pelirrojas de estambre. «Papá Noel la dejó la Navidad que se llevó a mi hija en su trineo». Me besó en la frente y se fue arrastrando la nieve con su abrigo.


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jueves, 4 de octubre de 2012

Pensaré en Lebu



Lebu es la capital de la provincia de Arauco, a 651 kilómetros de Santiago de Chile. Fue fundada el 8 de octubre de 1862 junto  al río que le da nombre.  Su nacimiento está vinculado al inicio de la explotación del carbón que favoreció su rápido desarrollo en el siglo XIX. Junto a la minería, la pesca y el turismo son otras actividades económicas. Es una hermosa ciudad costera en el regazo de un valle que surca el río Lebu rumbo al mar. Aquí nació el gran poeta Gonzalo Rojas.

El Club de Amigos de la Biblioteca de Lebu convocó el I Concurso de Microcuentos Lebu en Pocas Palabras para celebrar el 150 aniversario de su fundación. Se presentaron 115 relatos y el Jurado concedió una Mención Especial a mi cuento Pensaré en Lebu. Estoy feliz y honrada por el premio y agradezco  a los organizadores y al jurado esta distinción. Siempre pensaré en Lebu



jueves, 27 de septiembre de 2012

La visita




Lucila apartó los escasos rizos amarillentos que caían lánguidos sobre su frente. Las venas cruzaban el dorso de la mano como un ramal de ríos turbios, bajo una piel rosácea y acartonada. Durante unos segundos la mantuvo suspendida en el aire, como si fuera a comenzar un discurso, pero la dejó caer sobre el regazo. Yo no disponía de mucho tiempo pero debía esperar a que me hablara. Su lucidez era intermitente. Recibía las visitas, recostada sobre un gran sillón de mimbre, con las piernas apoyadas sobre un escabel. Su cuarto permanecía iluminado por una decena de velas rojas. La anciana, traficante de espíritus desde la pubertad, vivía recluida en el 112 de la Avenida de los Pinos. Empeñada en concertar citas entre los vivos y los del más allá a cambio de una generosa voluntad. Nervioso, aguardé a que Lucila me concediera audiencia. 
Transcurrió la mañana. Por la tarde me entretuve en el jardín. Contemplé la lluvia que caía mansa y se hacía gotas entre lirios y crisantemos. Sólo cuando en el cielo se mezclaron jirones de nubes negros y grises, me mandó llamar. Me senté a su lado. Me quité el sombrero. Sus ojos acuosos y sanguinolentos se clavaron en los míos. 
—Soy Damiano Nicolás. 
—Lo sé. 
—Desde hace un año un espíritu me sigue y quiero saber quién es
—¿Lo ha visto?—me preguntó. 
—No. Tengo que averiguar dónde vivía y contactar con alguien que lo conociera. 
—¿Te ha hecho saber si tiene qué cumplir una vieja promesa?
—No, deseo aclarar una grave confusión. Todo empezó  en el aeropuerto, el día que iba a embarcar para reunirme con mi familia y me retiraron el pasaporte. Mis cuentas corrientes y tarjetas fueron bloqueadas. Mi nombre y mis datos desaparecieron de los registros. Inicié, entonces, un largo peregrinar por ventanillas, oficinas públicas,  registros civiles... Hasta mi escribanía fue clausurada. Hay otro, posiblemente uno de tus clientes, que se ha apropiado de mi identidad. Usted debe saber a quién me refiero. Quizá su mujer haya venido a pedir su intersección para comunicarse con él. 
Lucila sopló las cinco velas que tenía a su lado. La habitación quedó en penumbra. Sus labios amoratados y su rostro  apergaminado relucían en la oscuridad.  Miró hacia el techo como si de allí descendieran sus conocimientos. Suspiró hondo, me apartó el sombrero y sus manos frías estrecharon las mías. 
—Aquí, regresan todos y el 112 de la Avenida de los Pinos —la anciana ya acusaba el paso del tiempo—, es ahora tu residencia.
 —Lucila, usted se equivoca,  esta es la suya.
— Sí, y también, es tu casa desde hace un año.



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lunes, 17 de septiembre de 2012

Nostalgia



Podía cortar los días con un cuchillo y seccionar las horas con un bisturí, pero era incapaz de retener aquellos sonidos. Ni rescatarlos cuando el presente se volvía tedioso.
Un extraño mal afectaba a algunas mujeres de mi familia. Padecíamos el síndrome del olvido fragmentario. Mi abuela recordaba el día de su boda pero no con quién se había casado. La tía Jimena no paraba de preguntar quiénes eran esos niños que correteaban por la casa. Mamá se fue a  América y nunca regresó porque en su mente naufragó el nombre del puerto del que zarpó. Mis hermanas Adela y Bony olvidaban sus amores y cambiaban de amantes en una sucesión interminable.  
Mi pasado huyó por el espejo retrovisor a los treinta años. Conducía por la angosta carretera flanqueada de eucaliptos y flamboyanes encendidos que llevaba a Bórcor. En la radio se coló Nostalgias. La melodía y la letra sonaron como el grito de un bandoneón cuando se abre y cae sin mano que lo sostenga. La memoria desafinó. Las canciones escalaban a mi oído solitarias sin nada ni nadie a quien evocar. No hubo aria, bolero o tango que pudiera enlazar a una mirada, al roce de unos labios, a las sábanas de noches furtivas, secretas o irrepetibles. Un desierto musical empedró mis recuerdos.
Viajé a Nueva York porque era la ciudad donde los ruidos no dormían. Las sirenas de bomberos, policías y ambulancias se mezclaban en un coro que clamaba a distintos ritmos hasta el amanecer. La repetición de cada noche simulaba memoria. Una tarde en Bryant Park leí la noticia de un tratamiento experimental para los aquejados del olvido fragmentario. No tardé en sumarme al proyecto como paciente voluntaria. En las primeras semanas apenas noté mejoría. Encerrada en una habitación escuchaba sin cesar relatos de amores rotos, traiciones y, lo más asombroso, deseos de olvidar. Hasta que en una sesión larga de blues sentí una punzada en el pecho. Luego fue una opresión y días más tarde una insoportable tristeza. Al mes, recostada y con los ojos cerrados el tango irrumpió, me rodeó y sentí sus pasos entrando y saliendo de mi memoria. Entonces sonó Nostalgias y caminé por una calle mojada. Un aire frío arrastraba a la niebla. Las luces de la noche aún nadaban en los charcos. Pasé a su lado. Esperaba a alguien delante del Café de la esquina. Su mirada excavó la mía y los labios prohibidos regresaron para herirme de nuevo. Un instante donde su aroma a tabaco avivó en mi piel aquellas horas clandestinas. Y sentí deseos de refugiarme en su cuerpo como un rescoldo se enciende entre las cenizas. Quise dar la vuelta y romper aquel adiós que nos dimos. Pero al pasado no se regresa, solo se recuerda.
Me había curado del olvido pero padecería para siempre de nostalgia.


Nostalgia es la entrada número cien en el Buenos Aires 1929 Café Literario. Quiero agradecer a todos por su presencia, por sus comentarios o por sus lecturas anónimas que han  permitido que este espacio literario, que nació con una intención muy minoritaria, se haya ampliado y enriquecido.
GRACIAS A TODOS




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martes, 11 de septiembre de 2012

Los colores de la memoria de Edvard Munch


Abrir la primera página de  Edvard Munch: el alma pintada es dar el primer paso por el vestíbulo que conduce a las salas que iremos recorriendo y contemplando la obra, la vida y la evolución constante del  pintor noruego. Es un compacto bastidor sobre el que la autora, Fuensanta Niñirola,  ha extendido un lienzo sobre el que ha trazado con finas pinceladas de historia, literatura, biografía, lugares y paisajes, movimientos y técnicas artísticas el escenario y los interiores de un creador trascendental en el arte de la última centuria, pero también ha dibujado la panorámica de una época convulsa donde bullían y germinaban tendencias, corrientes, autores y artistas con sus crisis, sus luces y sus manchas oscuras. Enmarcado con precisión y amenidad.
Comentó en una entrevista Federico Fellini: me hubiera gustado hacer cine en 1920, haber tenido 20 años entonces. Haber podido aprovechar la época de los pioneros. Este privilegio lo tuvo Edvard  Munch que nació en 1863, momento en el que en París el movimiento impresionista que se está fraguando corta las amarras con el arte academicista y se lanza al mar de la experimentación de  una nueva manera de concebir la pintura tanto conceptual como técnicamente. De estas fuentes primigenias se nutrirá Munch y con mayor hondura, a partir de su primera visita a la capital francesa en 1885, del expresionismo de Van Gogh, Ensor y sobre todo de Gauguin. Coetáneo del puntillismo de Seurat, del expresionismo alemán de Die Brücke y Der Blaue Reiter a quienes influirá, del fauvismo francés, del cubismo, del surrealismo con quien guarda cierta coincidencia onírica. Pero también la literatura ejerce una gran importancia en su obra como Dostoievski, Baudelaire, Mallarmé a quien conoce y retrata o los dramaturgos nórdicos Strinberg e Ibsen. La música baila entre sus colores en algunos de sus lienzos. En palabras de Fuensanta Niñirola, Edvard Munch es un artista independiente, personalísimo; un jinete solitario, una estrella que brilla sola en el firmamento del arte europeo, aunque no exento de influencias y ligazón en su paleta y estilo.
Es un pintor donde vestigios del romanticismo pictórico, ciertas pinceladas del realismo, el impresionismo, el expresionismo y el simbolismo confluyen con otros estilos. Pero es el simbolismo la constante en su obra. En las líneas, la luz, las pinceladas finas o amplias, sueltas o medidas, los colores, el uso del color –apunta Niñirola- es simbólico en Munch por lo que resulta muy subjetivo y a veces difícil de interpretar. Una cara verde sugiere sufrimiento o angustia, mientras que una cara roja simboliza ira o muerte.  Y se advierte claramente en los temas representados: la vida y  la muerte. El erotismo, el sexo, la mujer poseen una dimensión simbólica y metafórica, más que psicológica. Sus obsesiones acentuadas por las crisis nerviosas, agravadas por el alcohol, forman parte de sus cuadros. La autora teje a lo largo de seis capítulos la compleja personalidad del pintor con su producción artística, enfocando miradas y perspectivas desde las que el lector puede ver y admirar  o profundizar en sus cuadros y sus múltiples versiones y series. Intercaladas estratégicamente encontramos fichas que definen movimientos artísticos, técnicas y materiales, la relación artística del pintor con el dramaturgo sueco Strinberg, escritos de Munch extraídos de sus Diarios y  su vinculación con la fotografía.
Pronunciar el apellido Munch es visualizar un Grito angustioso, de un clamoroso silencio que se expande por el lienzo y que resuena como un eco en el interior de quien lo contempla. Es la obra insignia que suele ocultar al gran público una ingente producción de igual o superior intensidad y calidad que Niñirola nos va desvelando paso a paso con rigor y plasticidad. En el desolado panorama bibliográfico de obras que analicen la trayectoria vital y artística de Edvar Munch en nuestro país, este pormenorizado y desmenuzado estudio nos acerca de una manera didáctica y placentera a las claves artísticas y personales del autor atormentado por sus fantasmas familiares y su incapacidad para relacionarse con los demás. Su soledad no derivaba de una marginación social sino fue una elección del propio artista. Él era consciente de que cualquier aceptación implicaba renuncia. Apunta Niñirola, Munch está convencido de que no hay alegría sin dolor, que son dos caras de la misma moneda.
El legado de Munch se centra mayoritariamente en su prolífica obra reunida en gran parte en su Museo de Oslo y en multitud de soportes derivados de las variadas técnicas que empleó desde óleos, litografías, aguafuertes, xilografías, fotografía, etc. y en su influencia en el arte posterior tanto en la pintura como en el cine.  Es el caso del cine expresionista alemán o en ciertas composiciones de Igmar Bergman. Sin olvidar su importante relación con el teatro y la literatura. Y que llega hasta el arte actual. Un ejemplo lo encontramos en el pintor inglés David Hockney (Bradford 1937) que emplea el recurso de la memoria para pintar en su estudio. Munch escribió al respecto un siglo antes: No pinto lo que veo sino lo que vi.
La portada la ilustra Vampyr donde una mujer hunde sus labios en el cuello de un hombre, es un símbolo de lo que este libro ejerce sobre el lector. Extrae su atención apasionada sobre Edvard Munch, su obra y su entorno tan convulso, inestable, cambiante, vanguardista como el propio pintor. Siguiendo la línea pictórica de Munch, la autora traza líneas concéntricas en perspectiva, diagonal o combadas que nos van llevando al núcleo, a la esencia del pintor noruego. Un libro de arte que se lee como una novela.
Fuensanta Niñirola está estrechamente vinculada con el Arte y la Literatura.  Licenciada en Filosofía y Letras y en Bellas Artes, ha trabajado en su obra artística y ha impartido docencia en artes plásticas. Es diseñadora gráfica, ilustradora en papel y medios digitales y crítica literaria. Sus análisis y reseñas bibliográficas aparecen en revistas, portales web  y en su blog La hora azul bajo el seudónimo de Ariodante. Ha publicado relatos en libros colectivos como en El desván de las palabras, Cuento de otoño y otros relatos  y en Nueve relatos y un cadáver.
Datos del libro:
Título: Edvard Munch: el alma pintada
Autora: Fuensanta Niñirola
Editorial:  Ártica, 2012
ISBN: 978-84-938792-3-5
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lunes, 3 de septiembre de 2012

Volverá


La guirnalda de luces que me lanzó Fabián  estuvo a punto de caer sobre la cabeza de la abuela que dormía en la terraza. En un movimiento de malabarista la atrapé pero una bombilla verde acabó rota. Una fina lluvia de partículas atravesadas por la luz de la tarde tintinearon a su alrededor. Abrió los ojos y su mirada ausente se fue al mar. Como un periscopio rastreó la superficie y se ancló a un velero que reverbera en la distancia. ¡Volverá! exclamó y se abandonó en las redes de su sueño. Aún recuerda al abuelo aseguró mi primo al que azucé para que se diera prisa. La inauguración de la casa sería dentro de unas horas y aún quedaban adornos por colocar. Hortensias en los muros, palmeras enanas en los rincones, jarrones de jazmines, orquídeas y esterlicias, y mesas de mármol estratégicamente dispuestas con vistas al océano o en el interior luminoso y acristalado del salón. Las bebidas bajo la temperatura adecuada, los canapés a punto de llegar con un servicio de camareros y mi marido en su despacho revisando sus aburridos pleitos. Presumía que nuestro chalet se construyó gracias a sus dilatadas horas en los tribunales. Como si mi tienda de decoración interior no contribuyera a edificar un sueño ganado al mar. Sí, la idea de domesticar las olas que reptaban por las rocas fue mía. Descubrí desde un barco la cala sin playa y como una aparición divina visioné una cascada de casitas descolgándose por el paisaje escarpado. Sería un nuevo Positano. Mis amigos se rieron de la idea y mi marido levantó la ceja con desdén. Un año después aquel terreno yermo y baldío se fue vistiendo de una arquitectura marinera. Una urbanización que vista desde el mar simulaba un trasatlántico azul y blanco atracado en la roca. A la que añadimos un largo pantalán de hormigón y madera, una pequeña playa de piedras protegida por una escollera y censores que ahuyentaban a las molestas gaviotas.
Los invitados llegaron a la puesta del sol. Sentados o de pie, en corrillo o solitarios y con una copa en la mano contemplamos los rayos rojizos que se fueron zambullendo en el horizonte azulón y grisáceo. La noche entró cuajada de estrellas y decidimos apagar las luces y dejar solo las antorchas. La abuela Celina desde la terraza de su habitación navegaba por sus mares interiores y de vez en cuando gritaba ¡volverá!
Astrud Gilberto silenció el murmullo de las olas deshaciéndose contra la escollera y pronto nos sumimos  en la algarabía de la fiesta. Bailando la conga la casa vibró bajo nuestros pasos. Cuando la música se detuvo la urbanización entera temblaba. Nos miramos intentando averiguar qué ocurría. Un rugido ronco de alimaña herida se propagaba por los cimientos de la edificación. De las tuberías y desagües comenzó a manar una densa espuma. Surtidores de agua salada brotaban de las paredes. Las habitaciones se inundaban como camarotes de un barco que zozobra. Se desató una estampida general, arramblando mobiliario, decoración y plantas. Rompían ventanas, desgarraban puertas y como náufragos sin chalecos salvavidas trepaban por el acantilado. En la desesperación por encontrar la salida y alejarnos cuanto antes del lugar olvidamos a la abuela. Su antorcha aún permanecía encendida en la terraza. Mi marido y yo regresamos en su búsqueda. No fue fácil acceder, el agua entraba en oleaje a su habitación. Tratamos de convencerla pero como un viejo capitán de barco se negaba a abandonar su puesto. Tiramos de ella. Abuela que el agua sube por las grutas submarinas y la urbanización se hunde. Ha vuelto musitó, el mar ha vuelto.
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domingo, 22 de julio de 2012

La maleta



A todos los clientes del Buenos Aires Café Literario 1929.
 Feliz verano y feliz invierno austral.
Nos encontraremos a la vuelta de un descanso.






Los farolillos rojos cuelgan en zigzag del cielo de las calles. Sus vientres de acordeón se iluminan al crepúsculo. Esquivo a paseantes y marineros atareados. Las mesas de la terraza del Café Pirata Amaro están abarrotadas. Giro por la primera transversal por temor a ser reconocida y continuo por la trasera del bar. La maleta va dando saltos en el vaivén de la acera. Si pudiera soltarla la dejaría y correría hasta asegurarme que no me persigue.
Espero verla pasar en el mismo banco en el que hablamos por última vez. La noche en las que las olas morían en los ojos de Julia. Arribaban deshilachadas a su mirada de salitre. La maresía  se anexionaba el muelle y las barcas se mecían bajo una luna rolliza, empachada de luz. Te vas.  Mentí, será lo mejor. Adónde. Volví a mentir, a la otra isla en el barco de las diez. Te despediste de Héctor me preguntó quedamente. No, dije la verdad. Recuerdo, y sentí que iba a empuñar un cuchillo dentado, cuando de niñas jugábamos a descubrir caminos por los alrededores de Bórcor. Ya había introducido el arma y ahora la retorcía. Tú le dabas nombres mitológicos, la ruta de Ítaca y yo románticos, el sendero de los besos robados. En los días de lluvia nos refugiábamos en la casa de mi abuela y nos disfrazábamos con su ropa de juventud. En una ocasión estuvimos una semana sin cruzarnos palabra porque las dos queríamos lucir el mismo vestido de noche. El barco despuntaba por el horizonte. Me refugié en la casa de mi tía Elisa cuando en el Instituto te perdí El Túnel de Sábato y no me atreví a confesártelo. Nos reímos tanto, resistía en silencio su daga dentada, cuando nos perdimos por las calles de Nueva York porque no conocíamos más distancia que la que enlazaba Bórcor con el mar. El ferry ya ha atracado. Antes de partir, el océano se había sentado entre las dos y no nos mirábamos, debes saber que fui yo quien lo seduje. Nunca me enamoré de él pero no pude evitarlo. Compartimos la misma piel, los mismos labios, el mismo deseo y esa fosa abisal engulló nuestra amistad, fueron sus últimas frases. Me alejé arrastrando la maleta. Subí al primer barco de los muchos que abordaría. Durante siete años he trabajado en cruceros sin apenas tocar tierra firme.
Las luces del puerto enmarcan la silueta de Julia. Mencey salta a su lado. Pasea sin Héctor a escasos metros pero no advierte mi presencia.  Se aleja hacia el pantalán donde mi nuevo crucero me espera. Tiro de la valija y la sigo a distancia. Mencey se gira y corre hacia mí. Julia se acerca sorprendida y me  interroga, de regreso a Ítaca. Me sonríe. Suelto la maleta que se desliza por la rampa del paseo marítimo.
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domingo, 8 de julio de 2012

La gasolinera

El amanecer parpadeaba en el horizonte como la línea negra que perfilaban sus ojos. Acuosos, vencidos por la madrugada, se buscaban entre los lunares de herrumbre que se dispersaban por el azogue. Los cirros carmesí enredándose en el bosque al otro lado de la carretera se dibujaban en sus labios que repasaba bajo la luz desgastada que colgaba sobre el espejo. Salió del baño suspendida en los tacones de aguja y se sentó junto a la ventana que daba a los surtidores. Me pidió un café y su edad joven se me hizo incalculable. Encendió un cigarrillo y le advertí que estaba prohibido. Insistió que no había nadie en el local. Dejó escapar el humo y lo apagó. Como cada mañana desde hacía más de un año esperaba la llegada de Ezequiel. El viejo aparcaba la camioneta y entraba cubierto por una gorra azul petróleo con la visera deshilachada. Enjuto y algo desgarbado se sentaba frente a ella. Intercambiaban unas frases apenas audibles y antes de marcharse la mujer abría el bolso y le entregaba un pequeño fajo de billetes. Después de tomarse un café se alejaba en su oxidado auto. Me preguntaba qué relación mantenía el viudo y ya jubilado mecánico de nuestro taller con aquella desconocida. La mujer que todas las noches se situaba al borde de la carretera comarcal y esperaba a los esporádicos clientes que atravesaban esta solitaria ruta.

Una madrugada de enero en la que la escarcha anidada entre las hojas de las acacias caía temblorosa sobre el asfalto me acerqué con una taza de café caliente. Traté de convencerla para que entrara antes de que se congelara. Me sonrió por primera vez bajo la escasa luz que llegaba de la gasolinera. Hace mucho tiempo que estoy helada. Y la deseé más que otros amaneceres y regresé solo al almacén. Me devolvió la taza y me pidió otro expreso. Se sentó donde acostumbraba. Las mesas permanecían vacías. Yo estaba al otro lado de la barra secando y colocando vasos. Ezequiel aparcó delante de los surtidores. Esta vez no se acercó a la mujer. Se dirigió a mí y me pidió unos chocolates. Antes de salir la miró pero la mujer había posado sus ojos en la camioneta. Alguien lo acompañaba pero no pude saber de quién se trataba hasta varios días después.

Desde esa madrugada la desconocida no regresó. Una mañana cuando mi servicio estaba a punto de concluir Ezequiel entró dispuesto a comprar dos cañas de pescar. Pasaría unos días de acampada junto a la laguna de Los Tilos.  Compró provisiones para dos y me ofrecí a llevárselas a la camioneta. Sentía una curiosidad abrasadora. Ya veo que no va solo. Un Ezequiel distendido me presentó a Manuel de apenas diez años. Tenía su custodia hasta que la madre, una sobrina de su mujer,  saliera de prisión.
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